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Frío.
El cambio en la temperatura resultó ridículo al atravesar el rústico
umbral de piedra; podría compararse a ser arrancado del abrigo de un
lecho tibio para caer de cara sobre un colchón de nieve, pero ni
siquiera eso se aproximaba del todo a lo que los jóvenes sintieron.
El aire parecía haber tomado forma física; pequeñas fieras
invisibles que les mordían la piel sin piedad, arañando y
arrancando.
Hoenn de por sí era un continente cálido, y para aquellos que jamás
se habían aventurado fuera de sus pueblos natales, la sensación
resultaba difícil de tolerar.
A sus espaldas, un golpe sordo irrumpió en el silencio. Se volvieron
automáticamente, y un nubarrón de polvillo les entró en narices y
ojos. Entre carraspeos y ojos entrecerrados, apenas alcanzaron a ver
los últimos vestigios de luz filtrándose en la cueva, antes de que
la abertura por la que entrasen segundos atrás se cerrase
sonoramente.
Oscuridad total.
Ni siquiera se
preguntaron cómo fue que la entrada se había sellado, a todas luces,
sin ningún tipo de interferencia. Habían visto ya demasiado para
cuestionar tales ocurrencias.
Kuro fue el primero en hablar, y su voz no sonó ni tan firme ni tan
casual como pretendía:
-Bueno, ¿alguien va a encender una jodida luz o qué?
Unos pasos, el frufrú de la tela, y una pequeña forma cuadrúpeda
apareció a sus pies, rodeada de un potente chisporroteo, que se
redujo hasta ser tan solo un fulgor amarillento; Mortimer el
Electrike.
La luz reveló pequeñas nubecitas en torno a ellos; el vaho cálido de
sus respiraciones. A sus espaldas, no había la menor señal de que
alguna vez hubo allí una puerta, tan solo las vulgares marcas de la
roca. Y justamente, eso era todo lo que llegaban a ver; roca. Suelo
y paredes fríos y grises, envolviéndolos con indiferencia. Izzy
deslizó la mano sobre el área dónde debería haber estado la salida,
su rictus de incredulidad fácilmente adivinable en la penumbra.
Visto que la débil luz aportada por el can no bastaba para iluminar
la extensión completa de la caverna, Kasen el Torchic fue llamado
afuera, tiritando violentamente, pero encendiendo su suave plumaje
con entusiasmo a la orden de Eichi.
Se quedaron ahí, sin moverse, durante una larga extensión de tiempo,
viendo con aprehensión hacia la oscuridad que el precario resplandor
de los monstruos no llegaba a perforar. Hasta que, como si así lo
hubieran acordado secretamente, los tres jóvenes dieron el primer
paso hacia delante, firme, irreversible. Ya no se podía retroceder.
La cueva no tenía más habitantes que sus propias sombras, danzando
en torno del grupo extrañas y traicioneras. El repetitivo sonido de
sus calzados y el “click” de las garras de Kanna sobre el suelo de
piedra eran, en cierto modo, tranquilizadores.
<Lo que más recuerdo de esos raros, curiosos minutos precedentes
al caos, es como el frío agravaba conforme avanzábamos, hasta el
punto de que evitar que los dientes me castañeasen requería toda mi
concentración. No me fijé en sus rostros, pero estoy seguro de que
Izzy y Eichi estaban en las mismas.
Con los vestigios de curiosidad infantil que todavía me quedaban,
idiotamente me preguntaba; “Deidad del Hielo, ¿eh? ¿Cómo será?”>
Pronto alcanzaron el centro del recinto.
Encima de un gigantesco pedestal blanco, con el tamaño suficiente
para albergar una casa pequeña en él, descansaba una roca de lo más
particular; Medía quizás metro y medio de diámetro, y parecía estar
revestida enteramente en espejos. La escasa luz se reflejaba en los
cristales con tanta potencia, que su blancura resultaba cegadora.
Más que una roca, recordaba a un inmenso diamante.
Con los ojos doloridos y la mente parcialmente entumecida por el
frío –que a esta altura sin duda estaba en los negativos- a Kuro se
le ocurrió que quizás aquello era el tesoro, pero se vio obligado a
descartar la idea cuando el diamante se movió.
Emitiendo un zumbido gentil, con mucha lentitud, la presunta joya
gigante se incorporó sobre dos estacas de cristal, emplazadas en
engranajes de hielo, que hacían las veces de piernas. Un par de
brazos con el grosor de columnas nacieron de sus flancos, y al
frente, en lo que se adivinaba la cabeza del ser, una a una, siete
lucecitas blancas se encendieron fulgurantes, hasta hilvanar una
cruz luminosa. Como remate, cuatro carámbanos de hielo brotaron
violentamente de su espalda, dando la impresión de espinas.
La criatura se elevó unos centímetros, levitando fuera del pedestal
y posándose frente al grupo, envuelta en un vaho tan frío, que las
puntas de los cabellos, pelajes, y plumajes de los aventureros se
cristalizaron al instante.

Como una estatua,
permaneció inmóvil y solemne, proyectando, en lugar de una sombra
funesta y opresiva, un arco de luz purísima, casi etérea, que cubría
en un velo boreal a los jóvenes intrusos. La irradiación de sus
múltiples ojos atravesaba el denso vapor helado como pequeños y
poderosos faros.
Kuro lo vio entonces. Él no era, ni de lejos, una persona culta o
leída, su conocimiento del mundo era vago por decir mucho, y no
tenía mayor campo de expertismo que el de saber dónde se debía
golpear para que duela más y por más tiempo, cómo se debían marcar
los naipes para no alertar a la competencia, y cómo los sonidos del
bosque y las aves eran vitales a la hora de prevenir una emboscada.
Pero incluso él, en toda su burda simpleza, vio inmediatamente la
realidad de lo que estaban enfrentando: Que no era algo de este
mundo.
El ser (¿Monstruo? ¿Dios? ¿Demonio?) alzó uno de sus brazos
como morteros, apuntándolo hacia ellos. Sus movimientos eran
silenciosos y líquidos, como los de una máquina bien aceitada.
Comenzó entonces a emitir una serie de curiosos sonidos; chirridos y
silbidos entrecortados, ecos y repiqueteos que parecían
circundarlos, rebotando en las paredes de piedra, y no podían, por
más imaginación que se tenga, atribuirse a ningún ser vivo conocido.
-Tal… ¿tal vez podamos hablar con él? –Sugirió Eichi. Junto a él,
Kanna temblaba de cabo a rabo, si era de frío o de miedo no podía
saberse. -¿Qué opinas, Izzy, puedes entender algo de lo que dice?
Pero cuando los muchachos se volvieron hacia ella, la chica tiritaba
con tanta o mayor violencia que la Migthyena.
-Es imposible… -Murmuró, con los ojos castaños ligeramente
desorbitados. –No podemos, esto es… Re… Rejii…
Los repiqueteos y pitidos resonaron nuevamente, ahora con mayor
profundidad, y aunque habían bajado un octavo, en cierto modo
resultaban aún más inquietantes.
Entre el trío de garras heladas que remataban su brazo, se formó una
perfecta esfera blanca, tan destellante que resultaba imposible
mirarla directamente.
-Va a… va a atacarnos. –Kuro confirmó lo obvio, la voz entrecortada
por el frío y la impresión.
-Así parece. –Convino Eichi, sacudiéndose la escarcha del cabello.
-Acepto ideas.
-¿Para no morir?
-Para patearte el culo una vez que salgamos de este lugar.
La bola de luz mutó en un relámpago blanco y cegador. Izzy, Kuro, y
Mortimer saltaron a la izquierda, mientras que Kanna y Eichi -con
una flecha entre los dientes y Kasen bajo un brazo- se arrojaron
hacia la derecha. El ataque explotó con estridencia en el punto
dónde se encontraban, dejando en su sitio una bellísima rosa de
hielo.
Perforando la mata de neblina helada, una flecha se abatió justo en
el centro del cuerpo de la criatura, pero en lugar de oír el crujido
del hielo quebrado, el rebote del metal resonó de forma casi
ofensiva en el silencio.
-¿No disparé con la fuerza suficiente? –Preguntó Eichi para si,
aterrizando sobre una rodilla.
Kuro se giró hacia Izzy.
-¡Si sabes algo de esta cosa, dínoslo! ¿De qué manera debemos
atacarlo? ¿Tiene algún punto débil? ¡Cualquier cosa nos sirve! –Le
urgió, pero la chica estaba enmudecida del terror, abrumada por la
situación.
<Por un momento, la admiración que hasta entonces Izzy me había
despertado flaqueó, pero poco tiempo de entrada la batalla, me di
cuenta de que su temor se debía, sencillamente, a que era la única
con el conocimiento y experiencia suficientes para darse cuenta de
lo muy, muy jodidos que estábamos. En cierto modo, debería agradecer
el haber sido lo bastante estúpido como para no tener miedo.>
-¡Daidai! –Invocó Kuro
-¡Momo, vamos!
La pareja de ratoncitos eléctricos afloró de sus Monsterbolas,
pintas bermellones y azules, lado a lado. No parecieron disfrutar
del clima.
-¡Échenle un chispazo a aquel gigante! –Ordenó Kuro, intentando
oírse lo más autoritario posible, pero su voz destilaba urgencia.
-¿Es lo que la bruja dijo, no? Se vuelven casi el doble de fuertes
cuando combinan sus ataques, ¿cierto? ¡Si llaman a una descarga como
la que usaron en el barco, seguro que ese desgraciado lo va a
sentir!
Hubo una pequeña pausa.
-Hey… -Intentó Eichi, reprimiendo un suspiro.
Momo se veía sumamente desinteresado en la crisis que enfrentaban,
frotándose contra la pierna de su amo dichosamente, mientras que
Daidai arqueaba la boca en una fea mueca de asco, aunque Kuro no
pudo adivinar si se debía al vergonzoso comportamiento de su par, o
a la idea de trabajar con él.
Durante ese instante de distracción, Kanna se había deslizado
junto al golem de hielo, y con las garras aferradas a ambos flancos
de su pierna, la mascaba con furiosas y frenéticas dentelladas.
Hacía tan solo unos segundos estaba aterrada, pero el simple hecho
de ver un ataque apuntado hacia Eichi la había hecho perder todo
control, y cargar como una fiera enloquecida. El destello
blanquecino del hielo se reflejaba en sus irises inyectados en
sangre.
El titán aparentemente no gustó mucho del asalto, pero tampoco dio
muestra de sufrirlo; sacudió levemente la pierna, y al no desistir
el can, procedió a abrir sus tres dedos justo sobre su cabeza. La
Migthyena saltó hacia atrás con presteza, pero fue atrapada en una
certera ráfaga de aire congelado, que la propulsó con violencia
hacia los entrenadores, cubriéndolos a todos en un manto de granizo.
Inesperadamente, antes de que la bestia de sombra impactara sobre la
roca, Momo el Minum surgió tras ella, impulsándose con ambas manos
en el lomo de su compañera para abrirse paso entre el viento helado.
La electricidad crujía ruidosamente a su alrededor.
Su diminuto cuerpito se adhirió al gélido brazo de la Deidad del
Hielo, y justo cuando iba a liberar el poder congregado, el enorme
ser aporreó brutalmente ambos brazos entre si, triturando al roedor
entre ellos.
El eco del golpe rebotó varias veces en las paredes de roca.
-Mo… ¡¡Momo!! –Gritó Eichi alarmado, a sabiendas de que no había
forma de que, con un cuerpo tan ligero y huesos tan frágiles, el
Minum haya podido resistir. -¡Kasen, no me falles!
El pollito de flama cargó de cabeza hacia su desproporcionadamente
grande rival, impeliéndose con sus patas escamosas, pero sus garras
resbalaron en un parche de hielo, y se fue de pico al piso. Intentó
atropelladamente levantarse, pero algo le hizo sombra;
Daidai acababa de saltar por sobre su cabeza y, con los dientes
apretados, estalló en un arranque de velocidad, dejando un rastro
que asemejaba un fucilazo.
Para
sorpresa de todos, el ataque rápido no tomó al titán desprevenido;
en el mismo instante en que brincó, ya la tenía perfectamente
encañonada. Momo yacía a los pies de su atacante, insignificante e
inerte. Los ojillos oscuros de la Plusle se abrieron en forma
desmesurada, y sin prefacio, desapareció entre la brillantez de un
rayo de hielo. El ataque dibujó a su paso un sendero congelado sobre
el suelo, cual sombra sólida.
Cuando el destello se disipó, el ratón eléctrico, cautivo dentro de
un hermoso cristal, cayó como un peso muerto, justo junto al Minum.
Los siete puntos de luz que –aparentemente- representaban los ojos
del Regice, se apagaron y encendieron un par de veces, y luego clavó
la puntiaguda pierna sobre el bloque de hielo, partiéndolo, junto al
Pokemon que contenía, en decenas de pedazos.
La mutilación fue contemplada por todos los ojos en la cueva, y un
rugido de furia perforó el breve momento de silencio como un puñal.
Desenfundando y con los músculos haciendo explosión, Kurogaki corría
hacia la deidad, olvidando por completo el frío despiadado, y bueno,
su muerte segura.
-¡No, Kuro, espera! –Bramó Eichi -¡¡Detenlo!!
El acto de suicido <¡De coraje, maldición, coraje!> fue
interrumpido al sentir el moreno una repentina presión entre los
omóplatos, y sin comerla ni beberla, estaba derrapando con toda la
cara por el suelo adoquinado. Kanna se erguía sobre su espalda,
jadeante y cubierta de escarcha.
Regice se enfocó en el desmadejado dúo, emitiendo nuevamente esos
chirridos artificiales, y les apuntó con el brazo izquierdo. El
ataque difería de los anteriores; una bomba toda de energía
eléctrica, chasqueaba con tal violencia que la rosa de hielo se
quebró por la mitad.
Sin embargo, no consiguió lanzarla.
Una poderosa corriente eléctrica lo circundaba de pies a cabeza, y,
para sorpresa de todos, Daidai la Plusle estaba asida con uñas y
dientes de la segunda, entregando cada voltio que corría por su
cuerpo.
-Da… ¿pero có… -El inentendible balbuceo de Kuro se detuvo al
dirigir la vista inmediatamente hacia los fragmentos congelados de
su Pokemon, dónde no encontró más que una cáscara vacía.
-¿…Substituto?
Quedándose eventualmente sin baterías, Daidai se dejó caer de cabeza
a los pies del Regice, aunque Kuro no encontró una razón lógica para
tamaña temeridad, puesto que el golem no pareció sufrir daño
considerable de su ataque y se veía más que dispuesto a aplastarla.
Eichi pronto comprendió sus intenciones:
-No es tan ruda como quiere parecer. –Dedujo.
La sonrisa murió en sus labios cuando el gigante de hielo sacudió un
bestial martillazo al ratón en plena caída, estampándolo contra el
granizo, que salió propulsado hacia las alturas como agua de un
geiser.
Daidai se retorcía en el suelo, con las manitas sujetándose la
maltratada cabeza.
Regice, inamovible, levantó un pie.
-¡Demonios, Keiken! –Llamó Kuro.
-Eso no será necesario.
En un parpadeo, pudieron ver como un entrevere amarillo, rojo, y
azul rodaba a salvo del nuevo intento de aplastamiento. Momo se
incorporó, tembloroso, pero con la mirada tan neutra y desinteresada
como siempre.
A Daidai no le hizo ninguna gracia que el rescatado terminara siendo
el rescatador, pero tenía cosas más importantes en las que pensar de
momento. Como salvar su vida.
Esta vez, el titán empleó ambas manos para la formación de su ataque
helado, en cuyo interior se acumulaba un poder aún mayor que el
anterior. Ninguno de los dos roedores, con tendones y músculos en
sus límites, tenía la capacidad para evadir el asalto, y sin
embargo, se produjo otro escape milagroso;
Mortimer, actuando por su cuenta, les sacudió un potente ataque
rápido por detrás, enviándolos rebotando y rodando una docena de
metros, hasta ser frenados bruscamente por el doloroso abrazo de una
pared. Si bien la táctica podía verse excesivamente violenta, lo
cierto era que les había salvado el pellejo, a juzgar por la
desmesurada zanja congelada que el rayo de hielo surcó en la cueva.
El Electrike, preservándose a si mismo por los pelos, se encontraba
peligrosamente cerca de la amenaza, por lo que optó por descartar
cualquier posibilidad de ataque y retroceder a toda prisa. Endureció
los músculos para la zancada, pero entonces aquel dolor regresó; Los
huesos de la pata que Rikishi había destrozado en Petalburg aún no
soldaban, y a duras penas el perro del relámpago pudo contener el
aullido de agonía que trepó por su garganta, un ojo estrujado con
fuerza.
-¡¡Izzy, Mortimer necesita tu ayuda, reacciona!! –Gritó Eichi,
asiéndola por los hombros.
De pronto, el Regice alzó los brazos hacia el cielorraso, como en un
rezo antiguo y pagano, y el suelo vomitó un arrollo circular de
rocas, con símbolos y runas ilegibles grabadas en ellas. Lo
envolvían con movimientos lentos y misteriosos.
Ninguno de los Pokemon era tan rápido como para salvar al can a
tiempo, retirarlo parecía la única opción.
-¡¡Despierta, maldita sea, ese perro tuyo va a quedar hecho puré!!
–Exclamó Kuro con exasperación.
La deidad descendió sus brazos de cristal hacia Mortimer, y las
rocas, siguiendo la muda orden, se apiñaron vehementemente sobre él,
como cuervos sobre carroña.
El ladrido de dolor e impotencia fue ahogado inmediatamente por el
estruendoso ruido del derrumbe.
Izzy parpadeó repetidas veces, con el rostro pálido de frío y miedo.
-Mo-Mortimer…
Kuro rechinó las mandíbulas; Por un momento deseó que Izzy fuera un
hombre, para poder darle un buen puñetazo. En lugar de eso, inhaló
profundamente, y se pasó una mano por el rostro, limpiándoselo de
suciedad. Se había raspado mucho la nariz y la frente, y la piel en
la mejilla derecha se le había levantado dolorosamente, pero aún así
debía agradecérselo al saco sarnoso, ya que estaría durmiendo dentro
de un cubo de hielo sin su interferencia.
Llamó a Keiken el Meditite a pelear.
La disciplinada criatura se permitió un gesto inicial de sorpresa,
pero inmediatamente recuperó la serenidad, y regaló a su prodigioso
oponente una profunda reverencia.
Kasen se sacudió la escarcha de las plumas, y (esta vez teniendo
cuidado de dónde pisaba) re-asumió lo más parecido a una postura de
lucha. Kanna jadeaba con pesadez; el impacto del viento helado le
había mermado las fuerzas mucho más de lo que inicialmente
pareciera, y en cierto modo sentía sus movimientos más patosos y
lentos, como si sus músculos reaccionaran con retraso a las órdenes
de su cerebro.
-De
acuerdo, Keiken, si le ganas a este te perdono por dejarte moler a
golpes por tu colega sobrealimentado, ¿eh? –Animó Kuro dándole una
palmada, sin la menor idea de que estaba acaparando una mirada
asesina mucho peor que cualquiera que de sus rivales. -Ahora,
atacarlo de cerca es peligroso, ¡así que usa Mente Calma y luego
Confusión!
Keiken obedeció a regañadientes, cerrando los ojos para potenciar
sus habilidades especiales.
Pero Regice tenía otros planes.
-¡Kasen, Kanna, cúbranlo!
El Torchic inhaló hondo y escupió una metralleta de ascuas, pero
debido a la distancia que los separaba, al conectar el ataque había
perdido vigor, y la deidad lo bloqueó con una mano, sin mayor
consecuencia que un ramo de listones de humo escurriéndose entre sus
dedos.
Eichi entrecerró los ojos grisverdosos, aún más llamativos en la
palidez nívea de su piel.
-El fuego funciona. –Dedujo, -Pero necesitamos más potencia.
Siguiendo sus instintos naturales de depredador, Kanna galopó
silenciosamente, buscando la misma pierna que hubiera atacado con
anterioridad, pero recibió una feroz patada en las costillas, y con
los pulmones vacíos, fue a estrellarse de morro contra el montón de
rocas bajo las que Mortimer yacía.
-¡Hazlo ahora Keiken, Confusión!
El monstruo luchador abrió los ojos, pupilas ocultas por un fuego
garzo y sobrenatural. Contrario a lo ocurrido en su pelea con
Rikishi, el empuje de la Mente Calma le facilitó el dominio su
poder, y apresar a su gigantesco rival entre los lazos psíquicos fue
fácil.
Lo que ninguno de ellos esperaba fue que éste los deshiciera con un
simple movimiento de muñeca.
-Ese ataque potenciado… no le hizo ni cosquillas… -Murmuró Kuro,
helado hasta los huesos.
-No solo eso… -Dijo Eichi en voz baja. –Desde el comienzo de la
pelea… no se ha movido ni un solo paso.
El Regice expulsó un nuevo Electro Cañón, en este caso, con Keiken y
Kuro como blancos. Sin embargo, dos ataques pasaron junto a sendas
orejas del muchacho; un disparo de barro y un Psico-rayo arcoiris,
colisionando ferozmente con la esfera magnética y anulándola en
medio de una ruidosa explosión.
Oliver el Marshtomp y Lady Marian la Kecleon emergieron a los
flancos de Kuro, hasta adelantarse junto a Keiken.
-Lo están haciendo mal, idiotas. –Regañó Izzy marchando hacia el
frente, la energía y decisión renovados en su voz. –Los ataques
especiales no van a servir contra este.
Miró hacia la pila de piedras, como si sus ojos castaños pudieran
ver al Electrike a través de ellas. –Mortimer, lo siento mucho… pero
gracias a ti he despertado.
-Oye…
-Está bien, un ataque como ese no es mortal. –Aseguró, y luego alzó
la mirada hacia la mítica criatura helada.
-Rejiice, o Regice, uno de los Pocket Monsters de los que se hablan
en las leyendas, leí sobre él. Resultó ser real a fin de cuentas…
-Entonces esa cosa… ¿de verdad es un Pokemon? –Preguntó Kuro, viendo
a la forma cristalina con incredulidad.
-Se dice que él y dos de sus iguales fueron sellados hace cientos de
años por los humanos en cuevas como esta, dispersas en varios puntos
de Hoenn… pero que esté relacionado con el mapa y el tesoro…
-Vaya, seguro que si lo contamos en Oldale nadie nos creería.
–Fantaseó Eichi con entusiasmo.
-Podemos vencerlo. –Aseguró Izzy. –He analizado todas sus reacciones
y defensas ante los diferentes ataques, y estoy segura; con lo que
tenemos derrotarlo no es imposible.
-¿Pero?
-No es imposible, pero el tamaño de esa posibilidad…
-Suficiente información, –Cortó Kuro, aporreando un puño frío contra
la palma de la mano. –¡Si puede hacerse, entonces vamos a patearle
ese culo congelado de una vez!
Izzy tomó aire; esto sería largo.
-Sal, Long John.
El Lairon bramó con fiereza, dando un intimidante pisotón al suelo.
Sus ojos oscuros y parcos se clavaron en el Regice sin ningún temor.
-Long John y Keiken serán nuestras armas principales en esta
batalla. –Explicó, dando un golpecito con los nudillos a la cabeza
herrada de su bestia. –Él es resistente a sus ataques más fuertes y
puede al mismo tiempo hacerle un daño considerable, el único
problema es su lentitud. Keiken es mucho más vulnerable, pero creo
que sus ataques luchadores son la clave para dañarlo de verdad.
-¿Y que hay de Kasen? –Sugirió Eichi, -Su técnica de ascuas también
es efectiva, ¿o no?
Izzy dirigió a la avecilla una mirada un tanto despectiva.
-Sus ataques de fuego son muy débiles para resultar realmente
útiles, acabaría necesitando que lo salven y dándonos problemas a
todos.
-¿Y nosotros? ¿Nosotros qué? –Irrumpió Kuro, sin notar la mirada de
rabia y frustración en el pollito. –Si consigo acercarme lo
suficiente, seguro puedo cortarlo con mis Hirameku.
-Olvídalo, el hielo que forma su cuerpo no es ordinario, no hay
manera de que puedas lastimarlo con esos juguetes, ni hablar de mi
bo de madera.
-Mis flechas tampoco son efectivas…
Guardaron silencio un instante.
-Los demás Pokemon que puedan pelear –Continuó Izzy, paseando la
mirada por Kasen, Oliver, y Lady Marian. –Tendrán que ser los
señuelos. Su trabajo será mantener los ataques alejados de los otros
dos, para que puedan arremeter libremente. Sé que suena terrible y
que los riesgos son muy elevados, pero después de pensarlo no veo
otra forma en la que podamos ganar.
-Si Izzy dice que esa es la mejor manera, entonces seguramente lo
es. –Dijo Eichi con despreocupación. –Da todo lo que tengas, Kasen,
y no tengas miedo. Estaré detrás de ti, pase lo que pase, ¿de
acuerdo?
El Torchic asintió con decisión, determinado a no fallar. Debía
hacer esto bien y demostrarle a Eichi, a todos… pase lo que pase.
Se prepararon.
-Muy bien, Cubito, –Declaró Kuro, sonriendo con malicia y tronándose
los nudillos. –Round dos.
Keiken y Long John se lanzaron juntos a la carrera, con el primero
sacándole terreno rápidamente y levantando vapor frío a su paso. El
Meditite cerró los ojos sin dejar de correr, visualizando a su
oponente en su ojo mental, en un intento de leerle los pensamientos
para asegurar su próximo golpe. Una explosión a su lado quebró su
concentración, y al mirar un borrón azulado era estampado
salvajemente contra el techo de piedra, dejando un rastro de agua
congelada tras él.
-El pistoletazo no pudo ni siquiera demorarlo... –Dijo Izzy sin
sorpresa, viendo a Oliver precipitarse con pesadez, el lado
izquierdo de la cabeza inmerso en un trozo de cristal helado.
El Meditite saltó sobre la cabeza de Regice, sujetándose
diestramente de uno de los picos helados en su espalda para frenar
la inercia. Midió el ángulo, y le atizó un sonoro puñetazo en la
nuca.
Todos esperaron a que la deidad cayera, a que oscilara en su sitio,
a que dé al menos una simple, una mísera muestra de dolor. Pero
esperaron en vano.
Las garras del Pokemon legendario rozaron la cabeza de Keiken, y el
rayo de hielo estaba ya a medio formar. Sería un espectáculo
sangriento.
¡CRACK!
La enorme masa de la criatura se inclinó abruptamente hacia la
derecha, producto del formidable ataque de Garra de Metal sacudido
por Long John. Con la zarpa incrustada en la pierna atacada por
Kanna, le desgarró varios trozos en medio de un destello de acero.
Izzy no dejó pasar la oportunidad;
-¡Esa pierna! ¡No puede levitar por más de unos segundos, si
atacamos esa pierna no podrá sostenerse!
Lady Marian, momentáneamente ocupada tratando de liberar a Oliver
del hielo, apareció junto a Kasen en dos saltitos, se llevó las
manos a ambas sienes y unió su rayo psíquico a la ráfaga de brazas
del ave de fuego. Marshtomp, tambaleante y manteniéndose erguido
apenas, colaboró con el mejor disparo de lodo que pudo, para luego
caer de rodillas.
Alarmado, Long John a duras penas consiguió apartarse del Regice
antes de que la trinidad colisionara estruendosamente sobre su
pierna. Una pequeña y ardiente onda expansiva abofeteó a todos los
presentes, sacudiéndoles la nieve de cabellos y pelajes.
El chirrido agudo y lastimero de la leyenda reverberó en la cueva, y
los aventureros aguardaron inmóviles a ver los resultados de sus
esfuerzos. Tras disiparse la humareda, sus ojos se iluminaron; La
Deidad del Hielo se derrumbaba hacia delante sin remedio, con un
enorme agujero en dónde antes estaba la zona inferior de su pierna.
Keiken saltó de regreso con sus colegas, hincado sobre una rodilla.
Al verlo caer, Kuro reprimió el impulso de dar una voltereta en el
aire. Eso no iría nada bien con su imagen.
-Será mejor que lo acabemos ahora que podemos, o podría darnos más
problemas. –Razonó, más interesado en la idea de desquitarse por
todas las dificultades ocasionadas, que en algo relacionado con la
practicidad.
-Espera. –Izzy se adelantó, enfrentando a la deidad caída. Habló con
su voz enérgica y característica autoridad: -Has perdido. No puedes
levantarte y pelear, reconoce tu derrota y déjanos salir, prometo
que no volveremos a invadir tus dominios y podrás dormir en paz.
Silencio.
Regice levantó unos centímetros la parte superior de su cuerpo, lo
suficiente para dejar ver las siete luces místicas encenderse y
apagarse rápidamente, formando diversos patrones.
Por un momento pareció que estaba considerando las palabras de la
muchacha.
Pero en un movimiento fluido, alzó una mano y le disparó un rayo de
hielo.
Nadie atinó a moverse, ni siquiera tuvieron tiempo de pensar en lo
estúpida que había sido la idea, la luz que se disponía a tragarse a
Izzy también había dejado en blanco las mentes de todos los demás.
Todas, exceptuando la de
un Marshtomp, que sacando fuerzas de sepa dios dónde, saltó
ciegamente frente al ataque.
BAM.
La prisión congelada golpeó al suelo con un ruido seco,
aterrizando frente a la chica.
Izzy buscó en los ojos abiertos de Oliver, tratando de ver algo, una
señal de vida. No la encontró. Movió los labios azulados y
temblorosos, pero no salió de ellos palabra alguna.
Nuevos crujidos se hicieron oír, y se demoraron varios segundos en
darse cuenta de que provenían del Regice; En el hueco de su pierna,
escamas y costras de hielo se acumulaban velozmente, solidificándose
y alargando paulatinamente la cercenada extremidad, hasta que pronto
la pierna había recuperado una forma que, aunque más tosca y
grosera, era similar en sus dimensiones a la que poseyera antes del
ataque.
Lenta y parsimoniosamente, la leyenda levitó hasta enderezarse, sin
muestra alguna de fatiga o dolor, con el mismo resplandor místico
que destilaba en el primer momento en que lo vieron.
-Me equivoqué… -Susurró Izzy con la voz entrecortada, cabello
ocultándole el rostro y una mano apoyada en el bloque de cristal que
encerraba a Oliver. –No es posible… no es posible ganar.
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