Capítulo 18:  Deidad del Hielo - Pt. 1
 
 

Frío. El cambio en la temperatura resultó ridículo al atravesar el rústico umbral de piedra; podría compararse a ser arrancado del abrigo de un lecho tibio para caer de cara sobre un colchón de nieve, pero ni siquiera eso se aproximaba del todo a lo que los jóvenes sintieron. El aire parecía haber tomado forma física; pequeñas fieras invisibles que les mordían la piel sin piedad, arañando y arrancando.
Hoenn de por sí era un continente cálido, y para aquellos que jamás se habían aventurado fuera de sus pueblos natales, la sensación resultaba difícil de tolerar.

A sus espaldas, un golpe sordo irrumpió en el silencio. Se volvieron automáticamente, y un nubarrón de polvillo les entró en narices y ojos. Entre carraspeos y ojos entrecerrados, apenas alcanzaron a ver los últimos vestigios de luz filtrándose en la cueva, antes de que la abertura por la que entrasen segundos atrás se cerrase sonoramente.

Oscuridad total.

Ni siquiera se preguntaron cómo fue que la entrada se había sellado, a todas luces, sin ningún tipo de interferencia. Habían visto ya demasiado para cuestionar tales ocurrencias.
Kuro fue el primero en hablar, y su voz no sonó ni tan firme ni tan casual como pretendía:
-Bueno, ¿alguien va a encender una jodida luz o qué?
Unos pasos, el frufrú de la tela, y una pequeña forma cuadrúpeda apareció a sus pies, rodeada de un potente chisporroteo, que se redujo hasta ser tan solo un fulgor amarillento; Mortimer el Electrike.
La luz reveló pequeñas nubecitas en torno a ellos; el vaho cálido de sus respiraciones. A sus espaldas, no había la menor señal de que alguna vez hubo allí una puerta, tan solo las vulgares marcas de la roca. Y justamente, eso era todo lo que llegaban a ver; roca. Suelo y paredes fríos y grises, envolviéndolos con indiferencia. Izzy deslizó la mano sobre el área dónde debería haber estado la salida, su rictus de incredulidad fácilmente adivinable en la penumbra.
Visto que la débil luz aportada por el can no bastaba para iluminar la extensión completa de la caverna, Kasen el Torchic fue llamado afuera, tiritando violentamente, pero encendiendo su suave plumaje con entusiasmo a la orden de Eichi.

Se quedaron ahí, sin moverse, durante una larga extensión de tiempo, viendo con aprehensión hacia la oscuridad que el precario resplandor de los monstruos no llegaba a perforar. Hasta que, como si así lo hubieran acordado secretamente, los tres jóvenes dieron el primer paso hacia delante, firme, irreversible. Ya no se podía retroceder.
La cueva no tenía más habitantes que sus propias sombras, danzando en torno del grupo extrañas y traicioneras. El repetitivo sonido de sus calzados y el “click” de las garras de Kanna sobre el suelo de piedra eran, en cierto modo, tranquilizadores.

<Lo que más recuerdo de esos raros, curiosos minutos precedentes al caos, es como el frío agravaba conforme avanzábamos, hasta el punto de que evitar que los dientes me castañeasen requería toda mi concentración. No me fijé en sus rostros, pero estoy seguro de que Izzy y Eichi estaban en las mismas.
Con los vestigios de curiosidad infantil que todavía me quedaban, idiotamente me preguntaba; “Deidad del Hielo, ¿eh? ¿Cómo será?”>

Pronto alcanzaron el centro del recinto.
Encima de un gigantesco pedestal blanco, con el tamaño suficiente para albergar una casa pequeña en él, descansaba una roca de lo más particular; Medía quizás metro y medio de diámetro, y parecía estar revestida enteramente en espejos. La escasa luz se reflejaba en los cristales con tanta potencia, que su blancura resultaba cegadora. Más que una roca, recordaba a un inmenso diamante.
Con los ojos doloridos y la mente parcialmente entumecida por el frío –que a esta altura sin duda estaba en los negativos- a Kuro se le ocurrió que quizás aquello era el tesoro, pero se vio obligado a descartar la idea cuando el diamante se movió.

Emitiendo un zumbido gentil, con mucha lentitud, la presunta joya gigante se incorporó sobre dos estacas de cristal, emplazadas en engranajes de hielo, que hacían las veces de piernas. Un par de brazos con el grosor de columnas nacieron de sus flancos, y al frente, en lo que se adivinaba la cabeza del ser, una a una, siete lucecitas blancas se encendieron fulgurantes, hasta hilvanar una cruz luminosa. Como remate, cuatro carámbanos de hielo brotaron violentamente de su espalda, dando la impresión de espinas.
La criatura se elevó unos centímetros, levitando fuera del pedestal y posándose frente al grupo, envuelta en un vaho tan frío, que las puntas de los cabellos, pelajes, y plumajes de los aventureros se cristalizaron al instante.

Como una estatua, permaneció inmóvil y solemne, proyectando, en lugar de una sombra funesta y opresiva, un arco de luz purísima, casi etérea, que cubría en un velo boreal a los jóvenes intrusos. La irradiación de sus múltiples ojos atravesaba el denso vapor helado como pequeños y poderosos faros.

Kuro lo vio entonces. Él no era, ni de lejos, una persona culta o leída, su conocimiento del mundo era vago por decir mucho, y no tenía mayor campo de expertismo que el de saber dónde se debía golpear para que duela más y por más tiempo, cómo se debían marcar los naipes para no alertar a la competencia, y cómo los sonidos del bosque y las aves eran vitales a la hora de prevenir una emboscada. Pero incluso él, en toda su burda simpleza, vio inmediatamente la realidad de lo que estaban enfrentando: Que no era algo de este mundo.

El ser (¿Monstruo? ¿Dios? ¿Demonio?) alzó uno de sus brazos como morteros, apuntándolo hacia ellos. Sus movimientos eran silenciosos y líquidos, como los de una máquina bien aceitada. Comenzó entonces a emitir una serie de curiosos sonidos; chirridos y silbidos entrecortados, ecos y repiqueteos que parecían circundarlos, rebotando en las paredes de piedra, y no podían, por más imaginación que se tenga, atribuirse a ningún ser vivo conocido.

-Tal… ¿tal vez podamos hablar con él? –Sugirió Eichi. Junto a él, Kanna temblaba de cabo a rabo, si era de frío o de miedo no podía saberse. -¿Qué opinas, Izzy, puedes entender algo de lo que dice?
Pero cuando los muchachos se volvieron hacia ella, la chica tiritaba con tanta o mayor violencia que la Migthyena.
-Es imposible… -Murmuró, con los ojos castaños ligeramente desorbitados. –No podemos, esto es… Re… Rejii…
Los repiqueteos y pitidos resonaron nuevamente, ahora con mayor profundidad, y aunque habían bajado un octavo, en cierto modo resultaban aún más inquietantes.
Entre el trío de garras heladas que remataban su brazo, se formó una perfecta esfera blanca, tan destellante que resultaba imposible mirarla directamente.
-Va a… va a atacarnos. –Kuro confirmó lo obvio, la voz entrecortada por el frío y la impresión.
-Así parece. –Convino Eichi, sacudiéndose la escarcha del cabello.
-Acepto ideas.
-¿Para no morir?
-Para patearte el culo una vez que salgamos de este lugar.
La bola de luz mutó en un relámpago blanco y cegador. Izzy, Kuro, y Mortimer saltaron a la izquierda, mientras que Kanna y Eichi -con una flecha entre los dientes y Kasen bajo un brazo- se arrojaron hacia la derecha. El ataque explotó con estridencia en el punto dónde se encontraban, dejando en su sitio una bellísima rosa de hielo.
Perforando la mata de neblina helada, una flecha se abatió justo en el centro del cuerpo de la criatura, pero en lugar de oír el crujido del hielo quebrado, el rebote del metal resonó de forma casi ofensiva en el silencio.
-¿No disparé con la fuerza suficiente? –Preguntó Eichi para si, aterrizando sobre una rodilla.
Kuro se giró hacia Izzy.
-¡Si sabes algo de esta cosa, dínoslo! ¿De qué manera debemos atacarlo? ¿Tiene algún punto débil? ¡Cualquier cosa nos sirve! –Le urgió, pero la chica estaba enmudecida del terror, abrumada por la situación.

<Por un momento, la admiración que hasta entonces Izzy me había despertado flaqueó, pero poco tiempo de entrada la batalla, me di cuenta de que su temor se debía, sencillamente, a que era la única con el conocimiento y experiencia suficientes para darse cuenta de lo muy, muy jodidos que estábamos. En cierto modo, debería agradecer el haber sido lo bastante estúpido como para no tener miedo.>

-¡Daidai! –Invocó Kuro
-¡Momo, vamos!
La pareja de ratoncitos eléctricos afloró de sus Monsterbolas, pintas bermellones y azules, lado a lado. No parecieron disfrutar del clima.
-¡Échenle un chispazo a aquel gigante! –Ordenó Kuro, intentando oírse lo más autoritario posible, pero su voz destilaba urgencia. -¿Es lo que la bruja dijo, no? Se vuelven casi el doble de fuertes cuando combinan sus ataques, ¿cierto? ¡Si llaman a una descarga como la que usaron en el barco, seguro que ese desgraciado lo va a sentir!
Hubo una pequeña pausa.
-Hey… -Intentó Eichi, reprimiendo un suspiro.
Momo se veía sumamente desinteresado en la crisis que enfrentaban, frotándose contra la pierna de su amo dichosamente, mientras que Daidai arqueaba la boca en una fea mueca de asco, aunque Kuro no pudo adivinar si se debía al vergonzoso comportamiento de su par, o a la idea de trabajar con él.

Durante ese instante de distracción, Kanna se había deslizado junto al golem de hielo, y con las garras aferradas a ambos flancos de su pierna, la mascaba con furiosas y frenéticas dentelladas.
Hacía tan solo unos segundos estaba aterrada, pero el simple hecho de ver un ataque apuntado hacia Eichi la había hecho perder todo control, y cargar como una fiera enloquecida. El destello blanquecino del hielo se reflejaba en sus irises inyectados en sangre.
El titán aparentemente no gustó mucho del asalto, pero tampoco dio muestra de sufrirlo; sacudió levemente la pierna, y al no desistir el can, procedió a abrir sus tres dedos justo sobre su cabeza. La Migthyena saltó hacia atrás con presteza, pero fue atrapada en una certera ráfaga de aire congelado, que la propulsó con violencia hacia los entrenadores, cubriéndolos a todos en un manto de granizo.
Inesperadamente, antes de que la bestia de sombra impactara sobre la roca, Momo el Minum surgió tras ella, impulsándose con ambas manos en el lomo de su compañera para abrirse paso entre el viento helado. La electricidad crujía ruidosamente a su alrededor.
Su diminuto cuerpito se adhirió al gélido brazo de la Deidad del Hielo, y justo cuando iba a liberar el poder congregado, el enorme ser aporreó brutalmente ambos brazos entre si, triturando al roedor entre ellos.
El eco del golpe rebotó varias veces en las paredes de roca.
-Mo… ¡¡Momo!! –Gritó Eichi alarmado, a sabiendas de que no había forma de que, con un cuerpo tan ligero y huesos tan frágiles, el Minum haya podido resistir. -¡Kasen, no me falles!
El pollito de flama cargó de cabeza hacia su desproporcionadamente grande rival, impeliéndose con sus patas escamosas, pero sus garras resbalaron en un parche de hielo, y se fue de pico al piso. Intentó atropelladamente levantarse, pero algo le hizo sombra;
Daidai acababa de saltar por sobre su cabeza y, con los dientes apretados, estalló en un arranque de velocidad, dejando un rastro que asemejaba un fucilazo.

Para sorpresa de todos, el ataque rápido no tomó al titán desprevenido; en el mismo instante en que brincó, ya la tenía perfectamente encañonada. Momo yacía a los pies de su atacante, insignificante e inerte. Los ojillos oscuros de la Plusle se abrieron en forma desmesurada, y sin prefacio, desapareció entre la brillantez de un rayo de hielo. El ataque dibujó a su paso un sendero congelado sobre el suelo, cual sombra sólida.
Cuando el destello se disipó, el ratón eléctrico, cautivo dentro de un hermoso cristal, cayó como un peso muerto, justo junto al Minum.
Los siete puntos de luz que –aparentemente- representaban los ojos del Regice, se apagaron y encendieron un par de veces, y luego clavó la puntiaguda pierna sobre el bloque de hielo, partiéndolo, junto al Pokemon que contenía, en decenas de pedazos.

La mutilación fue contemplada por todos los ojos en la cueva, y un rugido de furia perforó el breve momento de silencio como un puñal.
Desenfundando y con los músculos haciendo explosión, Kurogaki corría hacia la deidad, olvidando por completo el frío despiadado, y bueno, su muerte segura.
-¡No, Kuro, espera! –Bramó Eichi -¡¡Detenlo!!
El acto de suicido <¡De coraje, maldición, coraje!> fue interrumpido al sentir el moreno una repentina presión entre los omóplatos, y sin comerla ni beberla, estaba derrapando con toda la cara por el suelo adoquinado. Kanna se erguía sobre su espalda, jadeante y cubierta de escarcha.

Regice se enfocó en el desmadejado dúo, emitiendo nuevamente esos chirridos artificiales, y les apuntó con el brazo izquierdo. El ataque difería de los anteriores; una bomba toda de energía eléctrica, chasqueaba con tal violencia que la rosa de hielo se quebró por la mitad.
Sin embargo, no consiguió lanzarla.
Una poderosa corriente eléctrica lo circundaba de pies a cabeza, y, para sorpresa de todos, Daidai la Plusle estaba asida con uñas y dientes de la segunda, entregando cada voltio que corría por su cuerpo.
-Da… ¿pero có… -El inentendible balbuceo de Kuro se detuvo al dirigir la vista inmediatamente hacia los fragmentos congelados de su Pokemon, dónde no encontró más que una cáscara vacía. -¿…Substituto?
Quedándose eventualmente sin baterías, Daidai se dejó caer de cabeza a los pies del Regice, aunque Kuro no encontró una razón lógica para tamaña temeridad, puesto que el golem no pareció sufrir daño considerable de su ataque y se veía más que dispuesto a aplastarla.
Eichi pronto comprendió sus intenciones:
-No es tan ruda como quiere parecer. –Dedujo.
La sonrisa murió en sus labios cuando el gigante de hielo sacudió un bestial martillazo al ratón en plena caída, estampándolo contra el granizo, que salió propulsado hacia las alturas como agua de un geiser.
Daidai se retorcía en el suelo, con las manitas sujetándose la maltratada cabeza.
Regice, inamovible, levantó un pie.
-¡Demonios, Keiken! –Llamó Kuro.
-Eso no será necesario.
En un parpadeo, pudieron ver como un entrevere amarillo, rojo, y azul rodaba a salvo del nuevo intento de aplastamiento. Momo se incorporó, tembloroso, pero con la mirada tan neutra y desinteresada como siempre.
A Daidai no le hizo ninguna gracia que el rescatado terminara siendo el rescatador, pero tenía cosas más importantes en las que pensar de momento. Como salvar su vida.
Esta vez, el titán empleó ambas manos para la formación de su ataque helado, en cuyo interior se acumulaba un poder aún mayor que el anterior. Ninguno de los dos roedores, con tendones y músculos en sus límites, tenía la capacidad para evadir el asalto, y sin embargo, se produjo otro escape milagroso;
Mortimer, actuando por su cuenta, les sacudió un potente ataque rápido por detrás, enviándolos rebotando y rodando una docena de metros, hasta ser frenados bruscamente por el doloroso abrazo de una pared. Si bien la táctica podía verse  excesivamente violenta, lo cierto era que les había salvado el pellejo, a juzgar por la desmesurada zanja congelada que el rayo de hielo surcó en la cueva.

El Electrike, preservándose a si mismo por los pelos, se encontraba peligrosamente cerca de la amenaza, por lo que optó por descartar cualquier posibilidad de ataque y retroceder a toda prisa. Endureció los músculos para la zancada, pero entonces aquel dolor regresó; Los huesos de la pata que Rikishi había destrozado en Petalburg aún no soldaban, y a duras penas el perro del relámpago pudo contener el aullido de agonía que trepó por su garganta, un ojo estrujado con fuerza.
-¡¡Izzy, Mortimer necesita tu ayuda, reacciona!! –Gritó Eichi, asiéndola por los hombros.
De pronto, el Regice alzó los brazos hacia el cielorraso, como en un rezo antiguo y pagano, y el suelo vomitó un arrollo circular de rocas, con símbolos y runas ilegibles grabadas en ellas. Lo envolvían con movimientos lentos y misteriosos.
Ninguno de los Pokemon era tan rápido como para salvar al can a tiempo, retirarlo parecía la única opción.
-¡¡Despierta, maldita sea, ese perro tuyo va a quedar hecho puré!! –Exclamó Kuro con exasperación.
La deidad descendió sus brazos de cristal hacia Mortimer, y las rocas, siguiendo la muda orden, se apiñaron vehementemente sobre él, como cuervos sobre carroña.
El ladrido de dolor e impotencia fue ahogado inmediatamente por el estruendoso ruido del derrumbe.
Izzy parpadeó repetidas veces, con el rostro pálido de frío y miedo.
-Mo-Mortimer…
Kuro rechinó las mandíbulas; Por un momento deseó que Izzy fuera un hombre, para poder darle un buen puñetazo. En lugar de eso, inhaló profundamente, y se pasó una mano por el rostro, limpiándoselo de suciedad. Se había raspado mucho la nariz y la frente, y la piel en la mejilla derecha se le había levantado dolorosamente, pero aún así debía agradecérselo al saco sarnoso, ya que estaría durmiendo dentro de un cubo de hielo sin su interferencia.

Llamó a Keiken el Meditite a pelear.
La disciplinada criatura se permitió un gesto inicial de sorpresa, pero inmediatamente recuperó la serenidad, y regaló a su prodigioso oponente una profunda reverencia.
Kasen se sacudió la escarcha de las plumas, y (esta vez teniendo cuidado de dónde pisaba) re-asumió lo más parecido a una postura de lucha. Kanna jadeaba con pesadez; el impacto del viento helado le había mermado las fuerzas mucho más de lo que inicialmente pareciera, y en cierto modo sentía sus movimientos más patosos y lentos, como si sus músculos reaccionaran con retraso a las órdenes de su cerebro.

-De acuerdo, Keiken, si le ganas a este te perdono por dejarte moler a golpes por tu colega sobrealimentado, ¿eh? –Animó Kuro dándole una palmada, sin la menor idea de que estaba acaparando una mirada asesina mucho peor que cualquiera que de sus rivales. -Ahora, atacarlo de cerca es peligroso, ¡así que usa Mente Calma y luego Confusión!
Keiken obedeció a regañadientes, cerrando los ojos para potenciar sus habilidades especiales.
Pero Regice tenía otros planes.
-¡Kasen, Kanna, cúbranlo!
El Torchic inhaló hondo y escupió una metralleta de ascuas, pero debido a la distancia que los separaba, al conectar el ataque había perdido vigor, y la deidad lo bloqueó con una mano, sin mayor consecuencia que un ramo de listones de humo escurriéndose entre sus dedos.
Eichi entrecerró los ojos grisverdosos, aún más llamativos en la palidez nívea de su piel.
-El fuego funciona. –Dedujo, -Pero necesitamos más potencia.
Siguiendo sus instintos naturales de depredador, Kanna galopó silenciosamente, buscando la misma pierna que hubiera atacado con anterioridad, pero recibió una feroz patada en las costillas, y con los pulmones vacíos, fue a estrellarse de morro contra el montón de rocas bajo las que Mortimer yacía.
-¡Hazlo ahora Keiken, Confusión!
El monstruo luchador abrió los ojos, pupilas ocultas por un fuego garzo y sobrenatural. Contrario a lo ocurrido en su pelea con Rikishi, el empuje de la Mente Calma le facilitó el dominio su poder, y apresar a su gigantesco rival entre los lazos psíquicos fue fácil.
Lo que ninguno de ellos esperaba fue que éste los deshiciera con un simple movimiento de muñeca.
-Ese ataque potenciado… no le hizo ni cosquillas… -Murmuró Kuro, helado hasta los huesos.
-No solo eso… -Dijo Eichi en voz baja. –Desde el comienzo de la pelea… no se ha movido ni un solo paso.

El Regice expulsó un nuevo Electro Cañón, en este caso, con Keiken y Kuro como blancos. Sin embargo, dos ataques pasaron junto a sendas orejas del muchacho; un disparo de barro y un Psico-rayo arcoiris, colisionando ferozmente con la esfera magnética y anulándola en medio de una ruidosa explosión.
Oliver el Marshtomp y Lady Marian la Kecleon emergieron a los flancos de Kuro, hasta adelantarse junto a Keiken.
-Lo están haciendo mal, idiotas. –Regañó Izzy marchando hacia el frente, la energía y decisión renovados en su voz. –Los ataques especiales no van a servir contra este.
Miró hacia la pila de piedras, como si sus ojos castaños pudieran ver al Electrike a través de ellas. –Mortimer, lo siento mucho… pero gracias a ti he despertado.
-Oye…
-Está bien, un ataque como ese no es mortal. –Aseguró, y luego alzó la mirada hacia la mítica criatura helada.
-Rejiice, o Regice, uno de los Pocket Monsters de los que se hablan en las leyendas, leí sobre él. Resultó ser real a fin de cuentas…
-Entonces esa cosa… ¿de verdad es un Pokemon? –Preguntó Kuro, viendo a la forma cristalina con incredulidad.
-Se dice que él y dos de sus iguales fueron sellados hace cientos de años por los humanos en cuevas como esta, dispersas en varios puntos de Hoenn… pero que esté relacionado con el mapa y el tesoro…
-Vaya, seguro que si lo contamos en Oldale nadie nos creería. –Fantaseó Eichi con entusiasmo.
-Podemos vencerlo. –Aseguró Izzy. –He analizado todas sus reacciones y defensas ante los diferentes ataques, y estoy segura; con lo que tenemos derrotarlo no es imposible.
-¿Pero?
-No es imposible, pero el tamaño de esa posibilidad…  
-Suficiente información, –Cortó Kuro, aporreando un puño frío contra la palma de la mano. –¡Si puede hacerse, entonces vamos a patearle ese culo congelado de una vez!

Izzy tomó aire; esto sería largo.
-Sal, Long John.
El Lairon bramó con fiereza, dando un intimidante pisotón al suelo. Sus ojos oscuros y parcos se clavaron en el Regice sin ningún temor.
-Long John y Keiken serán nuestras armas principales en esta batalla. –Explicó, dando un golpecito con los nudillos a la cabeza herrada de su bestia. –Él es resistente a sus ataques más fuertes y puede al mismo tiempo hacerle un daño considerable, el único problema es su lentitud. Keiken es mucho más vulnerable, pero creo que sus ataques luchadores son la clave para dañarlo de verdad.  
-¿Y que hay de Kasen? –Sugirió Eichi, -Su técnica de ascuas también es efectiva, ¿o no?
Izzy dirigió a la avecilla una mirada un tanto despectiva.
-Sus ataques de fuego son muy débiles para resultar realmente útiles, acabaría necesitando que lo salven y dándonos problemas a todos.
-¿Y nosotros? ¿Nosotros qué? –Irrumpió Kuro, sin notar la mirada de rabia y frustración en el pollito. –Si consigo acercarme lo suficiente, seguro puedo cortarlo con mis Hirameku.
-Olvídalo, el hielo que forma su cuerpo no es ordinario, no hay manera de que puedas lastimarlo con esos juguetes, ni hablar de mi bo de madera.
-Mis flechas tampoco son efectivas…
Guardaron silencio un instante.
-Los demás Pokemon que puedan pelear –Continuó Izzy, paseando la mirada por Kasen, Oliver, y Lady Marian. –Tendrán que ser los señuelos. Su trabajo será mantener los ataques alejados de los otros dos, para que puedan arremeter libremente. Sé que suena terrible y que los riesgos son muy elevados, pero después de pensarlo no veo otra forma en la que podamos ganar.
-Si Izzy dice que esa es la mejor manera, entonces seguramente lo es. –Dijo Eichi con despreocupación. –Da todo lo que tengas, Kasen, y no tengas miedo. Estaré detrás de ti, pase lo que pase, ¿de acuerdo?
El Torchic asintió con decisión, determinado a no fallar. Debía hacer esto bien y demostrarle a Eichi, a todos… pase lo que pase.

Se prepararon.
-Muy bien, Cubito, –Declaró Kuro, sonriendo con malicia y tronándose los nudillos. –Round dos.
Keiken y Long John se lanzaron juntos a la carrera, con el primero sacándole terreno rápidamente y levantando vapor frío a su paso. El Meditite cerró los ojos sin dejar de correr, visualizando a su oponente en su ojo mental, en un intento de leerle los pensamientos para asegurar su próximo golpe. Una explosión a su lado quebró su concentración, y al mirar un borrón azulado era estampado salvajemente contra el techo de piedra, dejando un rastro de agua congelada tras él.
-El pistoletazo no pudo ni siquiera demorarlo... –Dijo Izzy sin sorpresa, viendo a Oliver precipitarse con pesadez, el lado izquierdo de la cabeza inmerso en un trozo de cristal helado.
El Meditite saltó sobre la cabeza de Regice, sujetándose diestramente de uno de los picos helados en su espalda para frenar la inercia. Midió el ángulo, y le atizó un sonoro puñetazo en la nuca.
Todos esperaron a que la deidad cayera, a que oscilara en su sitio, a que dé al menos una simple, una mísera muestra de dolor. Pero esperaron en vano.
Las garras del Pokemon legendario rozaron la cabeza de Keiken, y el rayo de hielo estaba ya a medio formar. Sería un espectáculo sangriento.

¡CRACK!

La enorme masa de la criatura se inclinó abruptamente hacia la derecha, producto del formidable ataque de Garra de Metal sacudido por Long John. Con la zarpa incrustada en la pierna atacada por Kanna, le desgarró varios trozos en medio de un destello de acero.
Izzy no dejó pasar la oportunidad;
-¡Esa pierna! ¡No puede levitar por más de unos segundos, si atacamos esa pierna no podrá sostenerse!
Lady Marian, momentáneamente ocupada tratando de liberar a Oliver del hielo, apareció junto a Kasen en dos saltitos, se llevó las manos a ambas sienes y unió su rayo psíquico a la ráfaga de brazas del ave de fuego. Marshtomp, tambaleante y manteniéndose erguido apenas, colaboró con el mejor disparo de lodo que pudo, para luego caer de rodillas.
Alarmado, Long John a duras penas consiguió apartarse del Regice antes de que la trinidad colisionara estruendosamente sobre su pierna. Una pequeña y ardiente onda expansiva abofeteó a todos los presentes, sacudiéndoles la nieve de cabellos y pelajes.
El chirrido agudo y lastimero de la leyenda reverberó en la cueva, y los aventureros  aguardaron inmóviles a ver los resultados de sus esfuerzos. Tras disiparse la humareda, sus ojos se iluminaron; La Deidad del Hielo se derrumbaba hacia delante sin remedio, con un enorme agujero en dónde antes estaba la zona inferior de su pierna.
Keiken saltó de regreso con sus colegas, hincado sobre una rodilla.

Al verlo caer, Kuro reprimió el impulso de dar una voltereta en el aire. Eso no iría nada bien con su imagen.
-Será mejor que lo acabemos ahora que podemos, o podría darnos más problemas. –Razonó, más interesado en la idea de desquitarse por todas las dificultades ocasionadas, que en algo relacionado con la practicidad. 
-Espera. –Izzy se adelantó, enfrentando a la deidad caída. Habló con su voz enérgica y característica autoridad: -Has perdido. No puedes levantarte y pelear, reconoce tu derrota y déjanos salir, prometo que no volveremos a invadir tus dominios y podrás dormir en paz.
Silencio.
Regice levantó unos centímetros la parte superior de su cuerpo, lo suficiente para dejar ver las siete luces místicas encenderse y apagarse rápidamente, formando diversos patrones.
Por un momento pareció que estaba considerando las palabras de la muchacha.
Pero en un movimiento fluido, alzó una mano y le disparó un rayo de hielo.

Nadie atinó a moverse, ni siquiera tuvieron tiempo de pensar en lo estúpida que había sido la idea, la luz que se disponía a tragarse a Izzy también había dejado en blanco las mentes de todos los demás.

Todas, exceptuando la de un Marshtomp, que sacando fuerzas de sepa dios dónde, saltó ciegamente frente al ataque.
BAM.
La prisión congelada golpeó al suelo con un ruido seco, aterrizando frente a la chica.
Izzy buscó en los ojos abiertos de Oliver, tratando de ver algo, una señal de vida. No la encontró. Movió los labios azulados y temblorosos, pero no salió de ellos palabra alguna.

Nuevos crujidos se hicieron oír, y se demoraron varios segundos en darse cuenta de que provenían del Regice; En el hueco de su pierna, escamas y costras de hielo se acumulaban velozmente, solidificándose y alargando paulatinamente la cercenada extremidad, hasta que pronto la pierna había recuperado una forma que, aunque más tosca y grosera, era similar en sus dimensiones a la que poseyera antes del ataque.
Lenta y parsimoniosamente, la leyenda levitó hasta enderezarse, sin muestra alguna de fatiga o dolor, con el mismo resplandor místico que destilaba en el primer momento en que lo vieron.

-Me equivoqué… -Susurró Izzy con la voz entrecortada, cabello ocultándole el rostro y una mano apoyada en el bloque de cristal que encerraba a Oliver. –No es posible… no es posible ganar.
 
 

Continuará...

 

Ficha Técnica #5
¡Hanae!

 

 

 
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