Capítulo 20:  Deidad del Hielo - Final
 
 

El odio, el odio, el odio,
blanco, negro, amarillo
¿Lo conocéis vosotros?
¿Conocéis la impotencia
del ardiente desprecio?
La necesidad de la mutilación
y del espanto ¿Conocéis
vosotros los abismos abiertos
sobre la cal de los fracasos
y las humillaciones?

~ Oscar Portela

Durante un instante, Hasaki lo miró directo a los ojos, silencioso y sin parpadear. Su mirada desconcertante era un espejo de su primer encuentro, esa noche aciaga en el bosque de Oldale. Kuro se sintió perturbado en los cimientos mismos de su ser, incapaz de quebrar el hipnótico contacto visual. Nada había cambiado.

No duró mucho, la conexión se interrumpió al saltar la mangosta como un disparo. Aquel breve periodo sobre el brazo del Regice había sido suficiente para entumecerle las patas, y una costra de hielo se las había arreglado para treparle sobre un pie.
La Deidad de Hielo giró en redondo hacia su nuevo retador, olvidados Eichi, Izzy, y Kasen. Éste último tuvo un blanco perfecto de la espalda del titán, pero sabiamente, prefirió preservar sus parcas energías para mantener con vida a la joven pareja.
Hasaki observó al Regice largamente, examinándolo con desidia. Como si enfrentar una criatura mitológica a temperaturas subpolares fuera algo de todos los días.

Aún en toda su desorientación a causa de la avanzada hipotermia, Kuro consideró esto extraño; diferente al Hasaki usual. Se había acostumbrado a que ni bien salir de su confinamiento, se lanzase cual ave de presa sobre la cosa más fuerte a su alcance, mientras mayores las posibilidades de morir tanto mejor.
Pero ahora, casi le pareció que tras sus ojos se estaba llevando a cabo una sistemática selección de la estrategia de ataque más adecuada. ¿Sería esto indicio de la dificultad que esta batalla presentaría? ¿Se sentiría humillado por su apabullante derrota frente a Rikishi, y tomaba medidas para no volver a fallar? ¿O se trataba de algo más? Aquellas acometidas automáticas y en apariencia ciegas, salvajes, ¿podría ser que en verdad hayan estado calculadas, basadas en una confianza absoluta? Sólo podía hacer estimaciones… ¿Cómo podía haberse, con total seguridad, jactado ante Eichi de entender a esta bestia? ¿Y si había errado en todas sus suposiciones?

Regresó de su introspección a tiempo para ver como el Zangoose hería con sus garras a un puñado de enemigos invisibles, girando con estocadas y tajos conectados entre si con una gracia cuasi-divina, como guiados por el viento. Sus evoluciones aumentaron en velocidad y violencia, y al completar el baile pareció desbordar de una nueva y terrible energía.
El Regice, ardiendo dentro de su hálito azulado, no esperó; alzó las manos hacia el cielorraso e invocó una ventisca de proporciones monstruosas. El suelo ondeó al paso del ataque, levantándose como si un gigante hubiese dado un pisotón con todas sus fuerzas. Kasen se aferró con toda su vida a los dos entrenadores que protegía, y Kuro se sintió en el aire, sin peso, y tan solo cuando acabó de deslizarse sobre su espalda a través del hielo, cubierto de granizo de pies a cabeza, se dio cuenta de que al menos una parte del ataque lo había atrapado, pese a la distancia que los separaba.
Que haya desplegado una técnica de semejante magnitud después de todo el daño que le habían hecho no tenía ni pies ni cabeza. En lugar de debilitarse, casi parecía… casi parecía como si se hubiera fortalecido después del asalto de Eichi, y además podía ver perfectamente, como si el único propósito de esos “ojos” fuese el de contener su verdadera fuerza… ¿un sello…?
Sentándose, comenzó a buscar algo con la mirada, algo… ¿qué era?
Hasaki no estaba, todo lo que había frente a sus ojos era el derruido campo de batalla, despedazándose en medio de un silencio de muerte. Un montículo de hielo comenzó a desmoronarse, y sorpresivamente, el Zangoose apareció bajo la cobertura helada, intacto. Un tenue resplandor color ahumado lamía su pelaje y se reflejaba en sus ojos, y ambos brazos se extendían hacia el frente, como sosteniendo una pared invisible. Kuro desconocía la técnica, pero de alguna forma, había logrado recibir el mordisco mortal de la tormenta, y no sufrir ni un rasguño.

Sin demora, salió disparado hacia el frente, dejando con sus garras posteriores sendas zanjas en el hielo. “¿Un ataque directo? Demasiado simple”
Las palabras no acabaron de formarse en la mente de Kuro cuando una bala hecha toda de energía eléctrica colisionó sobre la mangosta, volando el área circundante en miles de pedazos.
De entre la nube de fragmentos cristalinos surgió el Zangoose hacia las alturas, dejando en el aire un sendero del vaho congelado adherido a su piel. Con una zarpa en alto, cordones de luz se enroscaron sobre cada una de sus garras, y nada parecía interponerse entre su mortífera trayectoria y el cuerpo cristalino del Regice.
-¡NO! –Gritó Kuro, leyendo el movimiento del golem en el instante en que el rayo de hielo se tragó la distancia que separaba a Hasaki de la deidad.
La columna de luz pasó junto al flanco izquierdo de la fiera, sin tocarla.
Parpadeando repetidamente, Kuro no podía entender la súbita falla de puntería; ¿Podía ser que Hasaki haya medido el contraataque desde el momento en que se lanzó a la carga? En medio de una batalla en condiciones tan terribles como estas… No, tuvo que ser una coincidencia, pura casualidad lo que le salvó.
La mangosta ganó la espalda del Regice, clavando las patas en el hielo y con la Garra Brutal a instantes de cercenar al titán.
-Ganó. –Musitó Kuro, sin estar seguro de si la palabra había o no dejado sus labios temblorosos.

ZRACK.

Una estaca congelada surgió bajo los pies de Hasaki, quien, con el momentum de su ataque empujándolo hacia adelante, fue incapaz de esquivar lo suficientemente rápido; Kuro creyó ver un salpicón de sangre al saltar el Zangoose hacia atrás. Un trozo de carne del tamaño de un puño había quedado adherido a la púa de cristal, pero Hasaki no se inmutó, encendiendo sus garras de nuevo, su mirada impasible sin dejar la espalda de la deidad, quien presionaba ambas manos sobre el suelo. En semejante posición, Kuro sabía que no habría una mejor oportunidad para terminar la pelea, y Hasaki también.
Pero la bestia saltó hacia atrás nuevamente, y luego una vez más, esquivando apenas la súbita erupción de espinas heladas.

<Ese es el punto en el que el combate se desdibuja en mi memoria, les ruego perdonen mi inexactitud. Aún ahora no puedo recordar todos los detalles; la escena aparecía y desaparecía de mi mundo, trayendo o llevándose todo sonido (vidrios, truenos, ¿una tormenta de vidrios?) o color (blanco, puro blanco, un destello rojo de cuando en cuando). De a momentos sentía una reconfortante calidez, pero otros tantos la realidad me golpeaba la nariz, y veía a Hasaki escapando de un auténtico océano de púas de hielo, que se alzaba y cubría sin piedad la extensión de la cueva. No estaba seguro de si era o no una alucinación, pero el grotesco agujero en la pierna derecha del Zangoose era un recordatorio del muy real evento de hacía segundos atrás. Lo vi correr a velocidad de vértigo sobre las paredes, sin reparar en nada más que lo que estaba frente a sus ojos, perseguido incesantemente por las dagas heladas que cortaban sus talones.
Me pregunté, sin alterarme, cómo acabaría aquello. Como si fuera algo completamente ajeno a mi.>

Con la pierna en ese estado, Hasaki ya no podía continuar eludiendo semejante ataque por más tiempo. El vapor de su respiración agitada era destrozado por el filo del hielo. Miró por el rabillo del ojo la posición del Regice y, sin una sola variación en sus facciones, viró su carrera en un agudísimo ángulo, haciéndose un profundo tajo a lo largo de un brazo con un pico de hielo que surgió en ese instante.
Una roca golpeó el rostro de Kuro, o eso creyó el muchacho, hasta ver que la roca era granate y Hasaki se alejaba de él como una exhalación, enfilando directo hacia la Deidad del Hielo. “Esta roca… ¿sangre? ¿Sangre congelada?”
-Ha… -Lentamente cayó en la cuenta de lo que ocurría; Hasaki iba de cabeza a un ataque suicida. Con los ojos color avellana captando cada detalle, vio como a espaldas del Zangoose se levantaba furioso un ejército de espadas de hielo, y adelante, con una mano sobre el suelo y la otra apuntando a la mangosta, el amo del invierno, Regice disparaba.

“¿Qué pretendía?” –pensó Kuro, apretando los ojos a causa de la brillantez. –“¿Creyó que llegaría a asestarle un golpe antes de ser alcanzado por el rayo? Con esa herida en la pierna, de verdad creyó… una falla de cálculo semejante… ¿de verdad ese Hasaki, que sólo vive para pelear, pudo cometer semejante error?

Y repentinamente, lleno de una seguridad que no comprendía, Kurogaki abrió los ojos, y sus labios cuarteados y pálidos se torcieron en una sonrisa tan triunfal como irónica.

<De alguna forma, coordiné mi lengua para pronunciar tres palabras, que rasparon mi garganta y emergieron como un siseo entrecortado:>

-Hi… hijo de puta.

Hasaki se deslizaba de espaldas bajo el monumental rayo de hielo, que quemó las puntas de los pelos de sus orejas y cabeza. El ataque impactó contra la pared –a metros de Kuro- y torció hacia el techo, formando un inmenso y puntiagudo bucle de hielo. Su garra izquierda, por tercera vez, se cargaba de una luz concentrada y mortal. Patinando hacia el Regice sin control y rebasándolo, enterró la zarpa restante en una de las estacas de hielo, y como quien se sujeta a un poste para cambiar de dirección, dio un giro en U con una rapidez tan relampagueante que Kuro solo vio una traza roja en medio del albor.

¡¡¡CRASH!!!

Hasaki aterrizó sobre sus cuatro patas, derrapando salvajemente de espaldas al Regice, hasta que, enterrando las garras en el hielo, giró los tobillos bruscamente para dar la cara a su enemigo, irguiéndose. La mayor parte de su piel estaba parcialmente congelada, asemejando un helado alfiletero.
Envuelto en vapor, el Regice echaba en falta el tercio superior derecho de su cuerpo, brazo incluido.
La cuchillada había sido brutal, tanto así que trocitos resplandecientes de la deidad aún chispeaban alrededor de los combatientes, como una lluvia de diamantes.
Kuro, sentado débilmente cerca de la base del espectacular arco cristalino formado por el último ataque del Regice, miró en los ojos del Zangoose, y por segunda vez lo vio. Igual que la noche en que se conocieron, aquello que él descartó como una mera visión, lejos de fríos, esos ojos repletos de una pasión abrumadora. Al tiempo que su pecho subía y bajaba con furia, su mirada estaba en llamas, ardiendo sin control a causa del desenfreno de la batalla.

Kasen el Combusken alzó la cabeza, tosiendo con dificultad. Con la espalda encorvada y una inesperada delicadeza, sacudió el granizo y la nieve de los cuerpos de Eichi e Izzy, asegurándose de que se encontrasen a salvo. La muchacha soltó un pequeño quejido.
Al entrar las plumas anaranjadas en su campo visual, Kuro reaccionó, tratando de incorporarse.
-M-mierda.  
Detuvo todo movimiento al notar que algo andaba decididamente mal: Hasaki no se movía. Su pierna sana estaba recubierta por una finísima capa de cristal transparente, y el Pokemon blanco no podía hacerla reaccionar. Había perdido completamente la sensación de ella, y con la restante con músculos destrozados, su movilidad se había reducido dramáticamente.
¿Cuándo lo hizo? Debió ser… si, en el momento en que Hasaki atacó, dejando su cuerpo desprotegido. Para una criatura con un dominio tan absoluto sobre su elemento, incluso si su velocidad fuese mucho menor, no hay duda de que sería cap-
Sus pensamientos se cortaron al ver como la deidad se abalanzaba sobre él, no Hasaki, ÉL. Sus piernas como joyas flotaban en el aire, y había algo blanco en su brazo extendido, pero solo pudo verlo en un parpadeo. Y la pared a su lado explotó como azotada por un trueno.
Kuro atinó a protegerse el rostro, pero su reacción fue muy lenta, como si sus brazos fueran de plomo, por lo que fragmentos de hielo le cortaron la piel.
Durante varios segundos no se movió, petrificado, sintiendo la presencia congelante de la sobrenatural criatura a un par de metros de distancia.
Sintió entonces un siseo ahogado, líquido, y abrió los ojos, levantando la cabeza.
Junto a él se alzaba en sus más de dos metros de altura la Deidad del Hielo. Con su único brazo, trituraba a Hasaki contra la pared, hundiéndolo más y más dentro de la roca. Las pupilas del Zangoose, cuyos ojos parecían a punto de salírseles de las orbitas, se veían desenfocadas y opacas, y su hocico era un amasijo ensangrentado. La inmensa garra del Regice apresaba desde el estómago hasta la garganta, y presionaba con creciente fortaleza, haciendo caso omiso de su propia atroz mutilación.
Kuro, atontando, quieto aún contra la pared, observó con la mente en blanco durante un tiempo indefinido, segundos, o quizás minutos, hasta que escuchó un claro crujido de huesos, reverberando en el silencio ominoso de la cueva. Una obscena cantidad de sangre cayó sobre el lado sin destrozar de la cabeza del Regice, salpicando con un repugnante “splat” y congelándose al instante. La cabeza del Zangoose pendía inmóvil sobre el brazo de la deidad, goteando rojo del hocico.
Lo había machacado por dentro. Los huesos de su pecho seguramente perforarían un pulmón, y moriría en minutos.

Fue como si, estando encerrado en un cuarto en tinieblas, lleno de aire estático y estancado, alguien hubiese abierto una ventana inmensa, y un vigoroso vendaval azotase el ser entero del muchacho.
Abrió los ojos avellana de par en par, y su mente, antes inconexa y adormilada, comenzó a trabajar a enardecida velocidad. Aunque el Regice parecía ignorar completamente su presencia (¿tal vez su temperatura corporal era tan baja que no podía detectarla?), ya había comprobado que sus Hirameku no podían dañarlo de la forma normal. Atacarlo nuevamente sería inútil.
Miró a su alrededor lentamente, contemplando el prácticamente irreconocible campo de batalla. Su mirada se detuvo sobre el arco de hielo, que nacía a los pies del Golem y trepaba por la pared hasta alcanzar las alturas, curvándose en un filoso rizo.
Se puso de pie.
¿Tal vez..?
El Regice siguió sin dar muestras de reconocer su existencia, ocupado aplastando al inconciente (¿o muerto?) Hasaki. Kuro dio un paso, mientras sus ojos recorrían el arco congelado de principio a fin con frenética rapidez, su mente y corazón galopando.  
Dio otro paso, y otro más, entumecidas, sus piernas temblaban con una mezcla de emociones difícil de catalogar.

<Era una estupidez, era una estupidez pero… >

Izzy levantó la cabeza lentamente, sin estar segura de su relación con el techo o el suelo. Se sentía mareada y con nauseas, sin mencionar el agudo dolor en su espalda y el frío que mordía sus huesos. No ayudó la situación que lo primero que vio fue la cara de un pollo gigante, frunciéndole el ceño como si lo hubiera ofendido personalmente.
Su estado de confusión fue sorpresivamente corto, y pronto arregló sus ideas y recuerdos de la situación. Eichi estaba a su lado, ceniciento y con una horrible expresión de dolor. Al menos estaba vivo.
-El idiota. –Balbuceó a nadie en particular. –El Rejii… qué…
Giró la cabeza tan rápido que le tronaron los huesos (y multiplicó todos sus dolores). No demoró en detectar a la colosal figura del Regice, haciendo lo que a esa distancia parecía… si, estaba matando al Zangoose de Kuro. ¿Dónde…?
Su mirada subió lentamente.
-Oh… bloody hell.

Kuro pendía de un témpano a varios metros de altura, sujeto con una de sus espadas, enterrada hasta la empuñadura en el hielo. Sus botas resbalaban incesantemente sobre la pulcra superficie, tratando de conseguir un agarre sólido.
Bajo su sombra, el Regice se veía mucho más pequeño.
-Esto es una idiotez. –Farfulló el joven en voz alta, respirando alocadamente. Se sorprendió de que sus palabras hayan logrado salir, pese a la tumefacción intensa en su tracto respiratorio.
Miró hacia abajo rápidamente. La Deidad del Hielo seguía haciendo de Hasaki un peludo decorado en la pared. La mayor parte de su pelaje estaba tinto en sangre, el líquido resbalando lentamente por los dedos puntiagudos de la entidad helada, hasta solidificarse del todo.
No había tiempo.
Tragó saliva, pero solo logró que una piedra acabase atascada en su garganta.
¿Funcionaría?
Juntando cuanta energía le quedaba, gritó con todas sus fuerzas:

-¡HASAKIIIII! ¡A TU DERECHA, CUCHILLADA A TU DERECHA!

Honestamente no creyó que fuera a resultar.

No tenía ninguna razón para pensar lo contrario; como era conocimiento popular, Hasaki quería matarlo, del mismo modo en que quería matar todo lo que tenga la desgracia de reflejarse en sus ojos. Y a su vez, Kuro quería deshacerse de Hasaki. O en su defecto dejar que se pudra dentro de su monster bola por el resto de sus días.

¿Por qué entonces?
¿Por qué levantó la cabeza?
¿Por qué, cuando sus ojos negros se conectaron con los suyos, sintió una indescriptible sensación de fuerza, de algo… de que había algo irrompible que los conectaba?
Todo sucedió atronadoramente rápido, vio a la mangosta prensando los dientes ensangrentados, al Regice soltando una serie de espantosos chirridos de alarma, y al brazo tembloroso de Hasaki fortalecerse, y seccionar, envuelto en un débil halo blanco, el tronco del arco helado de cuyo extremo pendía Kuro.
Cri-crack.
La colisión disparó un estallido comparable a millones y millones de copas de cristal destrozándose al tiempo. La cueva entera se sacudió con una violencia sin precedentes, y muchos otros témpanos mas pequeños cayeron en diferentes puntos del recinto, sumándose a la música del caos.
Izzy contemplaba la escena muda de impresión, sin acabar de registrar del todo la acción. ¿Kuro había…?

Entre el vaho congelado y los blancoazules escombros clavados en el suelo, Regice seguía firme sobre sus dos pies, como una columna. Aferrando sus armas gemelas Hirameku en sus manos llenas de cortes y heridas, Kuro se agazapaba sobre su cabeza, con las wakizashi embebidas en ella hasta la mitad de la hoja.
Abrumado por el tortuoso frío y extenuación y heridas y, maldita sea, tantas cosas, el chico luchaba por mantenerse conciente.
¿Había terminado, verdad?
Se le heló la sangre en las venas cuando sintió al Regice moverse ligeramente bajo sus pies.
-No, -suplicó. –¡No, no! ¡MUERE! ¡EL CIELO DE LOS CUBITOS TE ESPERA, DESGRACIADO!
No podía… ya no podía…
¡BAM!
Sintió un doloroso impacto en sus brazos, que lo zamarreó entero, seguido de un profundo crujido bajo sus pies.
Abrió un ojo, y solo vio una masa de pelo congelado y sucio, prácticamente tocando su rostro.
Hasaki estaba parado sobre las empuñaduras de las Hirameku, dándole la espalda, sus brazos pendían inertes a sus flancos.
Kuro bajó la mirada, cansada, tan cansada, hasta sus espadas.
Con el impacto de la patada, Hasaki las había hundido completamente dentro de la cabeza de la deidad, incluyendo un trozo del mango.
Sin emitir sonido ni volverse, el Zangoose se derrumbó, cayendo hacia delante con un ruido sordo.
Extinguidas finalmente las flamas azulinas que envolvían su cuerpo, El Regice, o lo que quedaba de él, soltando un último, pavoroso silbido, cayó sobre su espalda, y con él Kuro.

En un lugar que los jóvenes sentían a miles de kilómetros de distancia, se escuchó un ruido ronco de piedra arrastrada. Gutural y sombrío, traía consigo una promesa de luz y calor cuya existencia casi habían olvidado.
Kuro, postrado de espaldas entre los escombros y con las piernas todavía sobre los restos del Regice, los brazos extendidos en cruz, estaba tan quieto que se podría haber dado por muerto, pero sus ojos, curiosamente lúcidos, permanecían fijos en el cielorraso.
Pronto la cabeza de Izzy bloqueó su panorama, asomándose desde atrás. Lo miraba con duda, como si estuviera a punto de picarlo con un palo para asegurarse de que no estuviera descomponiéndose.
Se mantuvieron inmóviles unos segundos.
-Hey. –Saludó Kuro.
Izzy suspiró.

Con extrema lentitud, como si temiera que los rayos del sol fuesen a esfumarse entre sus dedos como una ilusión, Kuro emergió al mundo exterior, cargando a Eichi en su espalda. En su mano libre sujetaba la agrietada garra de Hasaki, arrastrándolo por la grava como a un saco de papas.
Cegado por el resplandor, vio danzar lunares de todos los colores frente a sus ojos.
Cada uno de sus pequeños y oscilantes pasos consumía cualquier energía que podía llegar a conservar. El cuerpo inanimado de Hasaki se deslizaba con lentitud sobre la arena ardiente, alejándose más y más de aquel infierno congelado.
Dejando caer los párpados, Kuro echó la cabeza hacia atrás, sintiendo la tibieza del sol sobre su piel, recordándole de partes de su cuerpo que se habían borrado de su memoria. Muy despacio, comenzó a sentir las puntas de sus dedos, su nariz, sus orejas, sus pies. Nunca se sintió tan inmensamente agradecido por la existencia del sol.
-No pu- la voz rasgada de Izzy se cortó, y la chica se echó un brazo pálido sobre los ojos. Kuro adivinó la sensación de ahogo al confrontar el atroz cambio de temperatura. –No pude encontrarla –Continuó, cojeando hasta él. –Conseguí resguardar a todos los Pokemon en sus pokebolas, pero no vi ninguna de color negro.
-Y ellos… ¿el estado de todos?
La chica titubeó. O tal vez estaba demasiado cansada para responder de inmediato.
-No lo sé. –Murmuró.  
-Uh… -Eichi se movió ligeramente. –Tu… tus hombros son muy huesudos.  
Kuro lo dejó caer sin ceremonia.
-Ow, siempre igual de cruel, tch…  -Protestó el castaño sin levantarse, apoyando la espalda contra las piernas de su amigo. Su voz se oía débil pero despreocupada, arrastrando las palabras como le era costumbre. –Bueno... parece que no fue una mañana tan mala, al final. Miren que precioso clima.
-Oh, cierra la boca. –replicaron Kuro e Izzy en sincronía.
Eichi sonrió lentamente, mirada oculta por la húmeda cabellera castaña.
-He… hehe, igual… esto es igual que la última vez, ¿recuerdan? En Petalburg, ha… ¡hahaha! –con los hombros temblorosos, Eichi soltó una carcajada, sin contenerse.
Izzy soltó un pequeño “pfft” y se cubrió la boca, la arruga de sus ojos traicionando su risa. En cuando a Kuro… dependiendo del ángulo en que se lo mirase, pareciera que torció las comisuras de sus labios, un poquito.
Los tres permanecieron en confortable silencio, con los rayos del sol derramándose sobre sus cabezas y goteando nieve derretida lentamente de sus cabellos, pestañas, y prendas. Sus heridas comenzaron a escocer, y particularmente en el caso de Kuro, cuyo brazo había sido lacerado despiadadamente por trozos de hielo, el dolor pronto aseguraría ser implacable. Por no mencionar el posible daño interno en Izzy, la herida en la cabeza de Eichi, y las posibles secuelas de la hipotermia.
Se oyó un coro de aves marinas, probablemente Kyamome, planeando alto sobre la isla. El cielo no tenía ni una sola nube echando a perder su perfección azul.
Pero estaban vivos, ¿verdad?

-Heeee, ¿no te dije, neesan? ¿No te dije que lo lograrían después de todo?

Los párpados de Kuro se dispararon hacia arriba, pupilas contrayéndose, irises casi ambarinos bajo el sol, como los de un lobo. Todo su cuerpo se endureció como una piedra, y sintió en la sangre ese frío familiar… tan familiar…

A quizás una decena de metros de ellos, cuatro personas se encontraban asentadas en sendos peñascos.

Cuatro siluetas oscuras, el sol resaltando sus contornos como un aura.

Cuatro capas negras ondeando en el viento con vigor.

Una de las figuras era claramente femenina, esbelta, con el cabello azul revuelto enmarcando su rostro, y a partir de la nuca, prensado en blancos listones, formando una cola que alcanzaba su diminuta cintura.
Estaba de pie con facilidad sobre la roca imposiblemente puntiaguda, con los brazos cruzados detrás de la cabeza y un rictus de vulgar irritación frunciendo su pequeña nariz.
-Pero mira el estado de estos infelices, parece que se fueran a morir acá mismo. Cualquier retardado podría ver que el Rejii les dio la tunda de sus miserables vidas, ¿qué habríamos hecho si el mapa se perdía ahí dentro? ¿No pensaste en eso, eh, Ryo? Pero claro, tú nunca piensas, así que…
-Ah… Jun-san… no deberías… -Intercedió una vocecita con timidez. Provenía de la figura más pequeña, cuya oscura capucha ocultaba la mayoría de sus facciones. Estaba concentrada en sus propios pies, que oscilaban peligrosamente en el pico de piedra contiguo; no parecía tener muy buen equilibrio. El sol resaltaba un lado de su rostro, iluminando un par de mechones rosados.
La cuarta silueta era también la mayor; un hombre de porte imponente y silencioso. De dimensiones colosales, un arma sobresalía tras su cabeza encapuchada, y vista de lejos casi parecía una extensión de la persona.

-Ningún problema, ningún problema, todo salió bien al final, como yo predije, ¿lo ves? –Canturreó jocosamente el dueño de la primera voz, sonriendo con desparpajo y apoyando un brazo perezosamente sobre su pierna, que pisaba una roca más alta. Su capa negra revoloteaba tras él como un par de alas demoníacas.
Era un muchacho de quizás la misma estatura de Kuro, aunque sus hombros eran más estrechos y sus rasgos más suaves. Del mismo modo que la chica del vocabulario cuestionable, tanto su cabello como sus ojos eran de exactamente el mismo azul; al igual que el océano, los rayos del sol resaltaban en ellos infinidad de matices. Una katana de fina empuñadura envuelta en dragones asomaba de su cintura.
Redujo su sonrisa y guió su mirada hacia Kuro, cuyos ojos libres de toda luz, pupilas casi invisibles, eran una visión potencialmente paralizante.
Pero no para él.

-Ha pasado mucho tiempo, Takei Kurogaki-san… ¿o debería decir “Perro Negro” Takei?

 

 

Continuará...

 

 

 

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