Capítulo 21:  Al Infierno un Poco (Sacrificios)
 
 

Es él.”

Mientras hablaban, estaban ya tan solo a pasos de la extraña pareja. Se cruzaron. En una fracción de segundo, Kuro vio gruesos mechones de cabello azul asomar de la capucha de la figura más alta, y una sombra del mismo color en sus ojos.

“¡¡Es él!!”

Con gran lentitud, como si le costara trabajo apartarse de sus ojos, la mirada animal de Kuro viajó hacia el manto negro que flameaba a espaldas del alegre joven.
No tuvo ninguna duda.

-Parece que el Rejiiaisu les hizo un buen numerito, por la apariencia que tienen. –Comentó, contemplando el cuadro de los malheridos entrenadores como quien observa con vaga desaprobación los restos de un catastrófico accidente. –Y yo que pensaba divertirme un poco… qué aburrido. –Rezongó. Sus vivaces ojos índigo siguieron el brazo de Kuro hasta alcanzar su mano, que aún sujetaba la peluda muñeca de Hasaki.
Se detuvo, aguzando la vista sobre el maltrecho Zangoose, que yacía de cara a la arena.
Por un instante pareció perplejo, los ojos entrecerrados, y luego irrumpió en una ruidosa carcajada.
-¡Qué les parece! ¡Los dioses deben estar desternillándose en este momento! ¡No hay duda de que el destino existe después de todo, no hay duda! –Exclamó cuando pudo controlarse, secándose las lágrimas de las pestañas.
-¿Podemos dejarnos de estupideces y llevarnos el mapa de una maldita vez? –Inquirió la muchacha de cabello largo –llamada Jun- con malhumor.
-Ah… disculpen pero, ¿Quiénes son ustedes? –Preguntó Eichi, ya de pie (si bien inestable) y avanzando precavido hacia los forasteros, una mano rascando endeblemente la nuca castaña. –De algún modo me resultan familiares y estoy seguro de que este es un momento muy importante, pero… um… ¿podrían dejarnos por hoy? No es el mejor momento y… -Un diminuto chorro de sangre emergió de su pálida mejilla, salpicando sobre su cuello y hombro.

Con su cien casi tocando la nariz de Eichi, la chica Jun estaba parada frente a él, mirándolo de soslayo, sus ojos capturando a los del joven. Parecía una exhalación, pero realmente estaba ahí. Jugueteaba con un diminuto cuchillo entre los dedos, moviéndolos a mareante rapidez.
-Oye… no es buena idea interrumpirnos, ¿sabes?
Su mirada, su postura, todo en ella gritaba peligro. Daba la impresión de un gran felino cazador, como un tigre, camuflado perfectamente dentro de una envoltura de piel humana.
-“I-imposible, esa velocidad” –Alarmada, Izzy llevó instintivamente una mano hacia su castigado bo. –“¿Cómo lo hizo? Estas personas… parece que tienen un asunto con estos dos. ¡El mapa! Lo mencionaron; ¿Nos estaban esperando? ¿Caímos en una trampa? ¡¿Quiénes son?!”
Normalmente no lo habría hecho; provocar una pelea en sus condiciones actuales era una idiotez digna de Kuro, pero por un instante, el grito de sus instintos de supervivencia –todavía en carne viva a causa de la batalla con el Regice- ahogó la razón, tan absoluta era la amenaza de muerte que los extraños destilaban. Tragándose el angustioso dolor en las costillas, Izzy empuñó su arma y la blandió, con admirable agilidad para sus músculos entumecidos, sobre la joven frente a Eichi. El rígido bastón pareció curvarse por el envión, pero se detuvo repentinamente antes de completar el arco, salvándose la coronilla de la chica de un golpe brutal, al tiempo que una sombra imponente le bloqueaba a Izzy la preciada luz del sol.
El extremo del bo había sido capturado entre enormes dedos, llenos de arañazos y cicatrices. La figura encapuchada a quien pertenecían haló del arma y con un vuelco se ubicó detrás de Izzy, capturándola entre el palo y su mano restante, que se cerró, como una tenaza, sobre el delgado cuello de la muchacha.
-No te muevas. –Dijo una horrible voz ronca, cosquilleándole la nuca.

Izzy se congeló, descartando a velocidad de vértigo diferentes maneras de zafarse. Todavía tenía una mano libre, tal vez…
Los dedos del encapuchado presionaron sobre su cerviz con rigidez.
-¡Gah!
-Tan fácil como el de un pajarillo… –Dijo la voz, mitad gruñido, mitad murmullo.
-“S-se me acercó sin que lo note… este tipo…” -Los pensamientos de Izzy se nublaron durante un momento, la sangre bullía en su cerebro, y sin embargo, notó algo tremendamente familiar en su captor.
Entreabrió un ojo e intentó mirar por el rabillo. Algo grande y puntiagudo reposaba en la espalda del hombre, firmemente envuelto. Un orbe rojo sangre, carente por completo de vida asomó, paralizante, desde debajo de la capucha, inmovilizándola.
-¡Tú! –Logró soltar, aunque fue casi un siseo.  
-¿Oh? –El muchacho de la katana (la joven lo había llamado Ryo) alzó la cabeza con interés. -¿Acaso se conocen de una ocasión pasada, Murai?
Al oír el nombre, los tres pares de ojos de los infortunados viajeros -incluso los de Kuro- se abrieron al tiempo, un flash de imágenes de la batalla de Petalburg desfilando ante ellos.
Por un momento dio la impresión de que el mercenario no le respondería. No se movió, y su ojo escarlata continuó calando a Izzy, como las cuencas de una calavera que siguen al explorador de un extremo al otro de la habitación.
-Jamás los había visto. –Contestó finalmente, apretando la mano un poco más fuerte.

Perfectamente compuesto, Eichi sostenía la mirada de Jun, lleno de envidiable serenidad. Ambos se midieron silenciosamente, azul reflejado en aceituna, sin ceder. El cuchillito giraba armoniosamente ente los dedos de la joven, tan rápido que a simple vista era sólo una argolla de plata. Finalmente cerró la mano, frenando abruptamente su malabar.
-Vaya, –Concedió finalmente. –Como imaginé, parece que eres el más interesante del trío de imbéciles.
Eichi sonrió cansinamente.
-Lo cierto es, señorita, así como estoy ahora, estoy demasiado exhausto como para huir espantado o gritar. –Confesó –Pero tengo muchas ganas de hacerlo, créame.
Jun soltó una rotunda risotada, discrepante con lo femenino de su apariencia.
-¡Lo sabía! Me agradas, después de todo… -Apoyada sobre una cadera, lanzó el cuchillo al aire y cuando lo atrapó, con un movimiento relampagueante, la hoja  estaba presionada justo debajo de la oreja izquierda de Eichi. Giró la cabeza hacia él, y su voz se convirtió en un peligroso ronroneo, su aliento acariciándole el rostro. -¿Jugamos?
-Suena tentador en verdad, um… –Comenzó Eichi, maravillándose de cómo su piel había empezado a generar sudor cuando minutos atrás estaba congelándose. El cuerpo humano era algo muy misterioso en verdad.
-Shirohama Jun. –Se presentó.
-Jun-san. Bueno, quisiera darle las gracias primero, si no le importa.
La chica alzó las cejas, sin disimular su confusión. Sus labios se torcieron inmediatamente en una expresión de impaciencia; parecía irritada por el simple hecho de no comprender.
-No había podido reconocerla, porque estaba oscuro y estaba encapuchada, pero ahora estoy seguro. –Explicó. –Esa noche en Oldale, cuando su acompañante iba a desenfundar para partir a mi amigo al medio… fue usted quien lo detuvo, ¿verdad?
Jun parpadeó un par de veces, su sorpresa transparente resultando casi infantil.
-Darme las gracias, ¿eh? –Repitió, con voz neutra, rodando las palabras en su lengua lentamente. –Dime una cosa… después de eso, ¿qué crees que hicimos?
-¿Eh?
-Te lo diré; después de eso, y por el simple hecho de que uno de ellos le chocó el hombro, Ryo mató a una docena de hombres. Porque le impedí matar a tu amigo, sencillamente intentando evitar llamar la atención innecesariamente, toda esa gente pagó el precio. ¿Qué te parece? –Respondió, sonriendo con un destello extraño en los ojos. –Para que tu amigo viva, otra docena de personas tuvo que morir. ¿Me lo agradeces? Pues, de nada, de nada.
La chica pareció deleitarse en el silencio que siguió a su declaración, una luz impía daba vida a su rostro.
-Pero a mi… esas otras personas no me importan. –la voz de Eichi surgió con franqueza. –Es Kuro quién es mi amigo, no ellos.
Jun pareció dar un traspié mental por un momento, sin palabras, pero no tardó en componerse.
-¡Interesante en verdad! ¿pero sabes? ese sujeto, ¿Kuro cierto? -Sus ojos azules encontraron al mencionado, quien no se había movido un centímetro desde su llegada, ni siquiera ante la visión de sus compañeros bajo amenaza de muerte. –Habría sido mejor para él haber muerto esa noche.

Ligero como si sus huesos fueran los de un ave, Ryo aterrizó frente a Kuro, su capa de viaje ondulando varios segundos sobre él, como una nube de tormenta.
Con una soltura absoluta, asemejando alguien acercándose a saludar a un viejo amigo en la otra calle, se enderezó y caminó hacia el debilitado joven –que seguía inmóvil-. Un tintineo metálico acompañaba sus pasos.
El viento sopló con violencia, silbando entre los dos y enredándose entre sus cabellos. Se oía el gañir de las olas cercanas.  
Miró a los ojos de Kuro, inexpresivos, y ladeó ligeramente la cabeza, en una expresión de curiosidad, como un científico examinando un raro y elusivo espécimen.
-¿Y bien? –Preguntó, con un aire de impaciencia. -¿Cuándo piensas atacar? ¿Es que no puedes? ¿O estás asustado? O tal vez impactado por lo regio de mi estampa, es eso, ¿verdad?
No se oyó sonido alguno, salvo el de las gotas de hielo derretido cayendo del cabello de Kuro y salpicando sobre la arena.
Al no obtener respuesta, su buen humor pareció estropearse.
Despacio, sus labios se curvaron en una sonrisa de indecente satisfacción.
-No eres como ella.

Fue como si algo en su interior hubiera hecho explosión; y ni siquiera estaba conciente de lo que hacía en realidad, con sus ojos fijos en algún punto indefinido, pupilas temblorosas. El brazo de Hasaki golpeó el suelo, y como un autómata, Kuro desenfundó. O al menos, eso fue lo que intentó hacer. La acción fue un fracaso; Su brazo sangrante y lacerado no respondió fuera de un imperceptible temblor de sus dedos. En alguna habitación apartada de su mente, lejos del voraz incendio que la consumía, Kuro se preguntó porqué su brazo pendía inútilmente de su cuerpo y se rehusaba a obedecerlo.
El otro brazo –que sujetaba anteriormente al Zangoose- tuvo mejor suerte; aferró la empuñadura y la hoja ya estaba rasgando el aire marino, reflejando el sol en su superficie, pero se pausó a mitad de viaje.
Ryo había cerrado la distancia entre ellos y le sujetaba el brazo, presionando el bíceps con las yemas de los dedos, tan fuerte que la mano de Kuro lo traicionó, perdiendo todo ímpetu y abandonando su Hirameku, que se deslizó lentamente dentro de su vaina. Los dedos estaban enterrados en el músculo como colmillos, llegando incluso hasta el braquial y cortando la corriente sanguínea.
-¿Lo ves? Ese es el espíritu que quería ver, solo necesitabas un poco de incentivo –Aprobó el joven.
Los ojos de Ryo rezumaban burla, y teniéndolos a tan solo centímetros de los suyos  (casi podía oírlo susurrando “si, yo lo hice yo la maté qué vas a hacer, nada, no puedes hacer nada no vas a hacer nada, no lo hiciste antes no lo harás ahora, débil, débil, débil”), Kuro pronto se sintió perder el control; consumirse en las llamas blancas negras y amarillas, su vista vedada por un tul de odio.  
Muy tranquilo, Ryo extendió la mano libre por encima de los hombros de Kuro, y desenfundó una de las wakizashi. La sujetó con expertismo, girándola y examinándola con ojo profesional.
-No está mal. –Declaró. –El acero es muy bueno, ya no las hacen así.
Volvió a envainar, y alzó la mirada hacia Kuro, justo a tiempo para ver una masa azul estrellarse contra su rostro.
Normalmente, un cabezazo con esa violencia habría quebrado fácilmente el frágil cartílago de una nariz, y habría sangre salpicando por todas partes.
La mano que sujetaba el brazo de Kuro, sin embargo, no perdió un ápice de presión.
-¡Ouch! ¿Qué pasa contigo? –Protestó el muchacho, frunciendo las cejas y sujetándose el puente de la nariz con la mano libre. Se veía intacta. –Estaba elogiando tus armas ¿y así me respondes? Con un trato semejante cualquiera se ofendería. –Durante un corto periodo pareció enojado, pero cual niño, la sonrisa volvió a su rostro con vivaz rapidez. -Pero está bien, está bien, no soy rencoroso.

Giró la muñeca, y, halando hacia atrás en un movimiento fluido, como si fuera algo de rutina, le dislocó el hombro a Kuro, por cuya frente resbalaba sangre tibia y espesa.
-¡UGH!
-Ahora ya estamos a mano, sin rencores, ¿de acuerdo?
Satisfecho con su trabajo, Ryo comenzó a hurgar dentro de su capa, sin prisa. Kuro jadeaba, tratando de controlar el dolor. La sangre se ramificaba entre sus cejas y párpados.
-Ya sé lo que estás pensando. –Dijo el joven, mirando hacia el cielo mientras continuaba en su búsqueda del objeto perdido. –“Si tan solo no tuviera estas heridas” Algo así, ¿verdad? Que conveniente para ti sería usar esa excusa, pero la realidad es –Hizo una pausa en su exploración, -aún si estuvieras en óptimas condiciones, la situación sería la misma.
Finalmente obtuvo resultados; sacó una pequeña alforja llena de hojitas secas, color tierra. Se llevó unas pocas a la boca y comenzó a mascar con aire reflexivo.
-Tal vez hayas sido el perro más grande en aquel charco en el que vivías, Kurogaki-san. –Dijo, ojeando un trozo de cuero cilíndrico que asomaba del cinto de Kuro, parcialmente oculto entre su ropa. –Pero este mundo… - Sonrió nuevamente, y tomó el contenedor con lentitud, a todas luces saboreando la impotencia de Kuro. -está lleno de dragones.
Lo abrió, y sacó de él un añoso trozo de pergamino enrollado.
-Oh, aquí está, aquí está. –Suspiró, extendiéndolo, sus dedos tenían un toque casi reverencial. –Que alivio que no lo hayan dañado, neesan me habría matado, sin duda, no sabes el miedo que da cuando está enojada… aunque cuándo está de buen humor también asusta.
Lo recorrió rápidamente con la mirada, y pronto sus ojos se iluminaron.
-¿Ya podemos cortarles las cabezas e irnos? –Se quejó Jun, todavía con el cuchillito bajo la oreja de Eichi.
Ryo pareció pensativo, y luego le habló a Kuro, ignorando a su hermana.
-Sabes, al principio tenía mis dudas. Quiero decir (y espero que no te ofendas, Kurogaki-san) para empezar ya es inusual que personas de su origen hayan logrado activar el mapa, y aún más que hayan conseguido encontrar quien lo traduzca. El hecho de que hayan descifrado el texto en Futharken y superado las pruebas es una hazaña sorprendente en si misma. Y ni hablar de combatir y derrotar al Regice, una de las tres Deidades, con poderes que se rumorean van más allá de lo terrenal. –Mascó las hojitas en silencio durante un momento, como si estuviera mascando, al mismo tiempo, sus palabras. –Nuestro plan consistía en esperar a que nos liberen de la carga de lidiar con algo tan peligroso, luego los mataríamos a los tres aquí, recuperaríamos el mapa, y continuaríamos felizmente con la búsqueda del tesoro, olvidándonos del hecho de que ustedes siquiera existieron. ¿Suena bien, verdad? ¿Verdad que si? Pero, ya ves… he decidido cambiar el plan.
-¡Ryo! -Protestó la joven del largo cabello azul.
-Lo hicieron tan bien que, honestamente, ¿por qué deshacernos de ustedes, cuando pueden seguir haciendo el trabajo pesado por nosotros? Es una gran idea, ¿no crees? Dejamos que ustedes pugnen con todos estos fastidiosos acertijos y batallas, y nosotros cosechamos la recompensa. Me parece que es lo menos que podrían hacer para compensarnos luego de habernos quitado el mapa y hacernos perder tanto tiempo rastreándolos. Fue una auténtica molestia, ¿lo sabías? realmente me irritó, perdimos muchos potenciales clientes por su culpa, mucho dinero.

-El… el Regice… es la tercera vez que lo mencionan.
Ryo alzó la cabeza, dirigiendo la mirada hacia la voz; era la de Izzy, atrapada entre su propia arma y las despiadadas zarpas de Murai, quien como el tronco sombrío de un árbol, permanecía inmóvil e imperturbable.
Un par de metros más atrás, casi oculta en su sombra, se encontraba la figura más pequeña del grupo de encapuchados. Parecía concentrada más que nada en su enorme compañero de armas, como si quisiera asegurarse… como si temiera…
Izzy tenía la cabeza gacha y los ojos entrecerrados por el dolor, pero en lo hondo de sus irises pardos, había una chispa de inteligencia.
-Aún si tradujeron el mapa… c-con tan solo la información en runo, es imposible deducir que la criatura que habitaba dentro de esta cueva era, efectivamente, el legendario Regice. Tampoco pudieron leer la inscripción en la pared de piedra, pues para acceder a ella necesité raspar la roca con un cuchillo.
Se detuvo un instante, tratando a duras penas de recuperar el oxigeno que había perdido durante su tirada.
Alzó ligeramente la cabeza.
-Quién… ¿Quién les dio esa información? 

-Izzy… eres increíble… -Murmuró Eichi, con una sonrisa de admiración. –Aún en una situación sin salida como esta, estás intentando conseguir información.
-¿Hmm? ¿Qué dices? ¿Que puedo quedarme con esta oreja tuya como recuerdo? ¡Qué amable de tu parte! –Exclamó Jun en voz muy alta, colocándose la mano cerca del oído en una burda mímica de sordera. El azul de sus ojos chispeaba con malevolencia.
-Ah… eso no fue lo que dije…
Se oyó el sonido de un aplauso, lento y perezoso.
-Tu amiga es muy astuta, Kurogaki-san. –Elogió Ryo. –Elizabeth Bryce, ¿verdad? Escuché los rumores… pero volviendo a lo que te comentaba, ¡alégrate! Pues decidí que puedes vivir para ver un amanecer más.
Kuro escuchaba la voz distorsionada. Todo lo que podía ver era el contorno retorcido, borroso de sus propias botas, y una pequeña mancha de sangre junto a ellas, ensuciando la arena. El líquido resaltaba como una mancha de tinta en una blanca hoja de papel.
-Sin embargo… -Continuó el joven. –Realmente, tres personas son demasiadas para esta tarea; No queremos que te distraigas. ¿Tú eres quien activó el mapa, verdad?
Como si fuera un rostro completamente diferente, su sonrisa se extendió en forma grotesca, su blanca dentadura perfectamente visible, labios extendidos de oreja a oreja. Movió la mirada, demónica, primero hacia Jun, y luego hacia Murai.
La muchacha suspiró, molesta, y se acomodó un mechón de cabello extraviado tras una oreja.
-Ya era hora. –Retiró el cuchillo de su peligrosa posición, para reponerlo inmediatamente unos pocos centímetros más abajo, justo sobre el pulso palpitante de su víctima. –Fue divertido, um…
-Eichi. –El joven sonrió, cansado.
Jun sonrió, y ella también, por un momento, pareció cansada.

-“Esto también es como en Petalburg” –Pensó Eichi, dirigiendo la vista hacia el mar, más allá de su futura verdugo. –“Pero… esta vez, nadie vendrá a salvarnos, ¿verdad?”. 

Sin soltarla, Murai relajó su postura, e Izzy pensó, con amargura, que en un mundo en el que no sintiera como si sus piernas fueran de papel, no le habría costado tanto escapar.
Dando un paso indeciso, Hanae extendió la mano hacia su compañero, como si quisiera sujetarlo, impedir lo que estaba por ocurrir… pero traicionada por la duda y la cobardía, la mano cayó, y los pequeños pies se inmovilizaron en la arena. Ojos enormes, imposiblemente pálidos, comenzaron a llenarse de lágrimas, fijos en el suelo.
Fue sólo un instante, pero las miradas de Kuro y Murai se encontraron. El primero temblaba de pies a cabeza, esta vez de auténtico miedo, separó los labios como si fuera a hablarle, a suplicarle, pero no salió de ellos sonido alguno. La expresión, o mejor dicho, la falta de ésta en el rostro encapuchado de Murai ya le había dado su respuesta:
Caía el telón, y no había nada que pudiera hacer para postergarlo.

Tanto Eichi como Izzy dejaron caer los párpados, uno tranquilo, la otra con una mueca de rabia e impotencia en los labios.

Así terminaba su aventura.

-¡Ah! –Exclamó Ryo de pronto, llevándose una mano a la cabeza y dejando de masticar. –He, lo siento, Kurogaki-san, debes pensar que soy un monstruo. Hagamos esto; como soy una persona razonable, te dejaré elegir, ¿de acuerdo? Así sólo tú tendrás la responsabilidad de tu destino y el de tus camaradas. No sería justo que me culpes de esto también a mi, ¿o si?
Kuro giró la cabeza mecánicamente de regreso hacia Ryo. En su rostro, en lo hundido de sus ojos se esbozaba una fina mezcla del más hondo resentimiento, y la zozobra, la desesperanza más terrible. El Kuro anterior a la aparición de los cuatro encapuchados había desaparecido, como un minúsculo barquito en medio de una tormenta. Sus facciones eran casi irreconocibles.
-Estas son tus opciones, escucha con atención, ¿si? ¡Número uno! –Y al decirlo alzó un índice frente a la nariz de Kuro. –Te regreso el mapa, das media vuelta y te marchas. Tus amigos morirían, pero tú seguirías vivo para vengarlos en otra ocasión. Suena bien, ¿no?
Esperó unos segundos, probablemente para ver si Kuro hacía algún comentario, pero puesto que no fue así, continuó, un poco molesto.
-¡Y mi favorita personal, la número dos! –Hizo una pausa para verlo directo a los ojos, su sonrisa tan amplia y vehemente que parecía que en cualquier momento iba a romper en carcajadas. Saboreó cada palabra, estudiando con detalle la reacción de Kuro. –Te arrodillas en el suelo dónde estás. Si lo haces, puedo perdonar a tus amigos. Claro, también es posible de que los mate de igual modo, pero… existe la chance de que vivan. Hay, además, la posibilidad de que te mate también a ti. Una muerte llena de vergüenza, definitivamente.
De nuevo, dejó correr varios segundos de silencio.
-Podrías humillarte de esa forma, y tus amigos podrían morir pese a todo. O podrías marcharte y salvar tu honor… ¿difícil elección, eh? ¡Oh! Y cualquier otra cosa que hagas fuera de esas dos, terminará en mi gente matando a tus compañeros. –Agregó, con burlona severidad. -¿Entonces, qué eliges?

Para Kuro, incluso en su mente hirviente y parcialmente devorada por las llamas, la elección no era difícil; entre el confuso océano de sus pensamientos, matar a estos desgraciados era como una vela incandescente en medio de la oscuridad, que resaltaba por sobre todo lo demás. Su única guía. Debía vivir, vivir para matarlos. Para eso había Datsura sacrificado su vida, ¿verdad? ¡Para darle esa oportunidad! Eichi… Eichi sabía en lo que se estaba meti
endo cuando decidió acompañarlo, ¡lo sabía! ¡Izzy también! ¡Él no los obligó a seguirlo! ¿Entonces por qué? ¿Por qué no se daba la vuelta? ¡¿Por qué?!

El contacto de una mano cálida en su muñeca le impidió seguir retorciéndose, y Yuki lo puso de pie fácilmente. Su cabello era una viva pinta rojiza encendiendo el interminable mosaico ceniciento de Oldale.
-¿Eres un hombre, no? -Le dijo –Pues levanta la cabeza.


Apretó los dientes con tanta fuerza que casi los sintió quebrar.

-¡Lo más importante es seguir viva! ¡Si muero, nunca podré… -Cerró los ojos con fuerza, bloqueando imágenes de Cress en el suelo, dejando un rastro de sangre con los dedos sobre el pálido rostro de Clytie…

-No bajaré la cabeza ante nada ni nadie, ni siquiera este cubo de hielo legendario, ¡¡Con estas Hirameku, maldito sea su filo, cortaré todo lo que se ponga en mi camino!!

Eichi no pareció muy satisfecho, y le echó una mirada inquisitiva.
-No entiendo muy bien… -dijo en voz baja, y después agregó: -¿Crees que… yo también pueda encontrar algo así?
Kuro le dio un manotazo en la parte de atrás de la cabeza.
-¡Por supuesto que si! ¿Qué estupideces estás diciendo? –dijo con impaciencia.

-¿Eres un hombre, no? -Le dijo –Pues levanta la cabeza.

-¡¿QUIERES MORIR?! –le gritó –DIME, ¡¿ACASO QUIERES MORIR?! ¡¿ES QUE NO TIENES UN OBJETIVO?! ¡¿NO TIENES ALGO QUE DEBES HACER?!

-¡No entiendes nada! –gritó la mujer, colérica -¡Eres tan necio como lo fue tu padre! ¡HAY SACRIFICIOS QUE DEBEN HACERSE, SIN IMPORTAR CUANTO DUELA!

Tump.

Las rodillas de Kuro impactaron contra el suelo arenoso.

Todos y cada uno de los presentes, incluso Eichi, y especialmente Izzy, lo miraron boquiabiertos, el total asombro traslúcido en sus facciones.

-¡¿Qué demonios estás haciendo, Kuro?! –Bramó Eichi, su súbita explosión, en contraste con su control demostrado anteriormente, resultando tan inesperada como la acción de su amigo. Jun estuvo a punto de retroceder, sobresaltada. -¡¡Levántate!! ¡¡LEVANTATE Y VETE!!
Pero Kuro no se levantó, las manos heridas sobre la arena y la cabeza gacha.
Inmóvil, casi parecía que Ryo estuviera esperando a que el muchacho cambiase de idea y se ponga de pie, pero finalmente escupió el tabaco y se acercó, lento y silencioso. Su sombra envolvió la figura de Kuro como un manto.
-Me decepcionas. –Le dijo. –Pensé que esa mujer era más importante para ti.
Kuro no se movió.
-Hehe, realmente… no eres como ella.
Ni siquiera se movió cuando sintió a su odiado enemigo inclinarse junto a él, y susurrarle, casi amorosamente:
-Cuando deslicé la hoja de esta Asagiri sobre su garganta, nunca dejó de mirarme a los ojos, y no flaqueó ni siquiera ante el rostro de la muerte… era una mujer admirable. Apuesto a que estaría muy decepcionada de ti, ¿eh?
Kuro se estremecía sin control, las uñas hundidas en la arena. Sentía su audición bloqueada por un pilar de llamas rugientes, quería… quería matar, quería verter su sangre, dibujar con ella, esparcirla sobre su rostro, sobre su ropa, beberla… quería…
-Definitivamente no temblaría patéticamente como lo estás haciendo tú ahora, Kurogaki-san. Y sin duda no estaría postrada a mis pies, aunque… bueno, considerando que era una ramera…
No pudo controlarlo; levantó la cabeza como un perro herido bajo la zarpa del oso, moribundo, pero dominado por sus instintos, tratando de dar la última dentellada.
La sonrisa de Ryo era casi palpable y, despreocupado, pisó la cabeza de su adversario, hundiéndola hasta regresarla a su posición anterior.
-No te dije que podías levantarte, Kurogaki-san.
-Cruel… -Murmuró Hanae, mechones de cabello rosado ocultando su mirada. Sus manos en puños, cubiertas por gruesos guantes, temblaban. –Eres cruel, Ryo-san…

-¿Por qué haces esto? –le preguntó Ryo a Kuro, apoyando todo su peso en la pierna sobre su cabeza. La bandana azul, sucia y rotosa, se deslizó hasta el suelo. –No está bien negar tu propia naturaleza, ¿lo sabías? Te esfuerzas tanto, pero en el fondo has de saber bien quien eres realmente… me bastó con una sola mirada a tus ojos para darme cuenta; eres el mismo tipo de persona que yo. Solo quieres satisfacer tus necesidades, tus deseos, ansías matarme más que nada. Tu primer impulso fue el de huir y dejar a tus amigos atrás, ¿o lo niegas? ¿Por qué fuiste en contra de ese impulso, que es tu verdadero yo, la estrella que debería guiar tu vida? ¿Por qué te niegas a ti mismo? Sabes que sólo acabarás con una brutal decepción, estrellándote contra el muro de la realidad, cuando veas que, no importa cuánto lo intentes, no podrás cambiar eso. -Kuro sintió un agudo dolor en la mano derecha; Ryo había clavado el tacón de su bota restante sobre la mano cubierta por el lino negro, y la movió como si estuviera aplastando a un insecto, o apagando un cigarrillo.  
-Tarde o temprano, Kurogaki-san, verás que tengo razón. La naturaleza humana no es algo que puedas cambiar, y cuando llegue ese momento… -Acercó el rostro al oído de Kuro -estaré ahí para verte caer.

Un rugido descomunal resonó en el cielo, tan fuerte que los jóvenes casi esperaron que empiece a llover.
-¡Oh, Geryon! ¡Y Hanabi también! Llegan tarde, ¿en qué estaban perdiendo el tiempo?
Ausente, como en otro mundo, Kuro sintió la presión desaparecer, y oyó un golpecito a su lado; el mapa. Los pasos de Ryo se alejaban.
-Ryo, ¿qué demonios haces? ¿por qué estamos dejando el maldito mapa a estos idiotas?
El grupo de mercenarios estaba reunido junto a una pareja de enormes bestias aladas. Una de ellas no les era del todo desconocida; se trataba del Tropius que tan cerca había estado de enviarlos con sus ancestros en Petalburg. Se dejaba mimar mansamente por la niña encapuchada.
La criatura restante era aún mayor, y mucho más espectacular; un dragón de colosales dimensiones, cuerpo largo y cabeza pesadillesca, sus escamas resplandecían bajo el sol. Junto a los humanos en ese pequeño islote perdido, parecía un ser surgido de un libro de cuentos, un producto de fábula.  

Ryo montó sobre él con una expresión de honesta alegría, sujetándose de las escamas sobre su ojo con una mano y casi deslizándose por su cuello. Jun le siguió, notablemente menos entusiasta.
Educadamente, Hanabi el Tropius se inclinó, permitiendo subir a la pareja restante.
Era hora de la partida.

Kuro levantó la cabeza, y Ryo se volvió hacia él.

Por un segundo, algo incierto recorrió sus ojos azules.

Kuro sonreía.

No era una sonrisa alegre, feliz, sino una sonrisa pequeña y torva, privada. Apenas una curvatura de labios, sus ojos vidriosos abiertos como si quisieran grabar a fuego la imagen ante ellos. Sonreía, y Eichi lo miraba con un dolor indescriptible, con las manos caídas, resignadas. Sonreía, y Jun, repentinamente alarmada, sujetó los hombros de su hermano, girándolo hacia ella.
-Matémoslo ahora Ryo, ¡matémoslo ahora! Matémoslo y tomemos el mapa. Ese sujeto… ¡no es necesario dejarlo vivo!
El muchacho volvió su atención nuevamente hacia tierra, hacia los desgastados entrenadores, hacia Kuro.
-No… quiero descubrir… -Y él, también, se encontró con una sonrisa adornando su rostro. -que tan feroz puede volverse su mordida.
Y levantando arena en remolinos dorados, las fieras voladoras despegaron, desapareciendo entre la brillantez cegadora del sol.

 

 

Continuará...

 

 

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