Capítulo 22:  Conviértete en mi Espada
 
 

Está tibio.

Kuro lo sintió en su frente.
Era una calidez familiar, y se apoderó de él la nostalgia, teñida de olor a desinfectante y humo negro de algún pobre estofado que prolongó su estancia en el fuego.
¿Podría ser…?
Aves piando letárgicamente al atardecer, un tablón de madera lleno de lienzo en rollo y quemaduras de cigarrillo.
¿Podría ser…?
Abriendo los ojos y con una exclamación ahogada en su garganta, Kuro levantó la cabeza bruscamente, un brazo extendido, tratando de atrapar esa tibieza, esa porción de bienestar.
Su mano solo capturó aire, y en lugar de los colores familiares de su vieja casa en Oldale, se vio rodeado de riscos y arena, sombras pardas y doradas.

De pie junto a él se encontraba una figura ajena a su memoria, una niña muy pequeña, no mayor de siete u ocho años. Su rasgo más llamativo era su abundante cabellera rubia y enrulada, que ensombrecía parte de su rostro. Iluminada gentilmente por el sol, el viento danzaba en torno a su silueta, caracoleando y enrollándose alrededor de sus manos y cabello, dándole una cualidad surrealista.

Kuro se llevó una mano sobre los ojos, entornándolos en un intento de enfocarla mejor entre la brillantez del sol.
Vestía un precioso vestidito en broderie, de un amarillo pálido y viejo, del cual aún caía arena; era evidente que hasta el repentino movimiento del muchacho, la niña se encontraba sentada a su lado. De pronto parecía sólida, real.
¿Habría sido su mano lo que había sentido sobre la frente segundos atrás?

Calmando su furiosa respiración, fue sacudido casi físicamente al caer en la cuenta: No era la primera vez que veía a esta niña.

Esa terrible pesadilla que lo acometió en aquel carruaje… si, podía verlo, justo al finalizar la batalla de Petalburg… estaba seguro, en medio de la oscuridad sofocante, en ese sendero de hierba húmeda, ¡había visto una niña con el cabello rubio! ¿Sería un fantasma? ¿O una alucinación? ¿Acaso se encontraba en el infierno?

<Era de esperarse que, con los recientes acontecimientos, mi mente no se encontrase en el mejor de los estados en aquel momento. O al menos esa es mi excusa para lo que dije segundos después.>

-Es… ¿es esto un sueño?
Y si lo era, ¿qué importaba? ¿Qué importaba ahora? ¿Una niña rubia en un sueño? Tal vez así era mejor…  Su mente y su corazón eran un revoltijo, y si bien no podía recordar la razón, sentía… como si hubiese perdido algo de sumo valor. ¿Qué era? No… era mejor no pensar en eso, mejor descansar y olvidar… -Sus ojos color avellana, durante este inconexo torrente de pensamientos, se habían apagado paulatinamente, exhaustos, indiferentes.
-Vaya, quedó peor de lo que imaginé. –Comentó una voz joven y perezosa, arrastrando las palabras como un fardo.
Al igual que tantas veces, fue la voz de Eichi la que le devolvió los pies a la tierra. El convaleciente giró la cabeza con brutal rapidez, la vida regresando a su mirada, y sintió como si alguien se dedicase a batir un coctel dentro de su cráneo.
Recostado contra un tabique de piedra como si todo estuviera bien en el mundo, Eichi empleó su mejor voz señorial:
-Dichosa la hora en la que decidió unírsenos, gentil caballero.
Queriendo asegurarse de que era real, Kuro lo inspeccionó como mejor pudo con el sol y el encandilador dolor de cabeza. Tenía un espeso vendaje apretándole el cabello castaño a la frente, bolsas grisáceas debajo de los ojos, y el rostro y las manos tan atiborradas de heridas –la mayoría ya secas- que era difícil distinguir el color de su piel.
¿Por qué Eichi estaba…? Abrió los ojos como platos cuando la memoria de los hechos del día (¿del día? ¿Podía ser que el sol no cayese después de que todo hubiese cambiado tanto?) se apiñaron sobre su cerebro, clavándosele como un millar de alfileres. Se vio a si mismo, postrado sobre la arena, humillado y patético.

Así que eso era…

-¡¡Dónd-- –Gritó Kuro alarmado, pupilas contraídas, apoyándose en una mano para ponerse de pie velozmente, pero tanto la frase como la acción llegaron a un abrupto final cuando soltó un grito de agonía; El brazo sobre el cual había intentado impulsarse colapsó bajo su peso, y temblaba como si tuviera vida propia. Estaba vendado desde el hombro hasta las puntas mismas de los dedos.
-Se han ido, se han ido. –Lo tranquilizó Eichi, leyéndolo acertadamente. –No deberías moverte todavía, aunque supongo que tratándose de ti…

-Me costó mucho reparar ese brazo tuyo. –Se oyó, súbitamente, la vocecita de la niña rubia. –Si vuelves a estropearlo no esperes mi ayuda, ¿entiendes? Había en su manera de hablar un tinte de arrogancia y severidad inusual, en discordia con alguien de tan corta edad.
Kuro volvió a girar la cabeza, esta vez hacia ella, haciendo gala, como siempre, de los modales más refinados de Hoenn:
-¡¿Quién demonios eres tú?! -La pregunta murió en sus labios cuando sus ojos conectaron con los de la niña: Cautivantes e inhumanos, eran dorados como los de un león, enormes y consumidores, completamente fuera de lugar en el pequeño y redondeado rostro de la jovencita.
Ninguna persona podía tener ojos como esos. No eran normales. No eran humanos. Por alguna razón, perdido en los orbes de oro, Kuro pensó en dioses y bestias mitológicas más viejas que el tiempo mismo, como… como…
-Como el Regice, ¿verdad? –Interceptó la pequeña.
Kuro se sujetó la cabeza con la única mano que podía, los ojos aún más abiertos, si tal cosa era posible.
-C.. ¿Cómo los has…
-Eres un libro abierto. No puedo leer los pensamientos, pero salta a la vista la manera en la que tu cabeza funciona. Para alguien que ha convivido e interactuado con seres humanos durante generaciones, sus mentes se vuelven muy predecibles. –Hizo una pausa, y una sonrisita burlona se dibujó en sus labios. –Y la tuya no es precisamente compleja.
-Si, ¿verdad? –Convino Eichi, riendo de buena gana. –Yo siempre se lo digo.
-¡Ya basta, maldita sea! –Interrumpió Kuro, perdiendo la paciencia en tiempo record. -¡Quiero respuestas, mocosa!  
La niña no contrajo su sonrisa, mirándolo con condescendencia, como si el niño fuera él. Kuro pensó que, tumbado en el suelo y cubierto de vendas no se veía precisamente amenazador, pero no iba a flaquear ante alguien de la mitad de su estatura, demonios. Se dio cuenta de que no vestía más que los harapientos pantalones, y la bandana azul, aún más rotosa si tal cosa era posible, amarrada al brazo bueno.

-De acuerdo, empezaré a responder, no queremos que el joven Kurogaki tenga una rabieta, ¿verdad? –Comenzó la chiquilla, sacudiéndose la arena de la falda. Sin duda sabiendo que la visión de sus extraños ojos estaba inquietando a su escucha, le dio la espalda, dejando que la brisa juegue con sus bucles dorados.  
–Pasaron tres días desde que combatieron contra el Regice y contra… ellos. Tres días bastante arduos para mí, puesto que tuve que encargarme sola de todos ustedes, prácticamente moribundos.  
Se hizo silencio, y se podía ver en los ojos de Kuro que, una vez más, estaba rememorando los últimos instantes del fatídico encuentro.
-Fui yo quien te atendió a ti y a tus amigos. Traté sus heridas e incluso las de sus Pocket Monsters. No están perfectos, pero creo que hice un trabajo muy profesional, si se me permite decirlo. –Estaba asintiendo con la cabeza, llena de auto aprobación, cuando se interrumpió al percibir que Kuro tanteaba con disimulada desesperación el suelo junto a él. –Oh, el mapa está a salvo, no te preocupes.
Para enfatizar sus palabras, Eichi enseñó el rollo de pergamino amarillento, moviéndolo como si estuviera llamando la atención de un perro con un hueso.  
-… En cuanto a mí. –Continuó ella, y se volvió parcialmente, un ojo dorado clavándose en Kuro. El muchacho contuvo la respiración. -Bueno, si deseas saber quien soy, puedes descubrirlo fácilmente leyendo la inscripción en el mapa.
-¿Eh?
Eichi hizo un ademán de arrojárselo a Kuro, pero, tomándolo por sorpresa, éste comenzó a recitar:

“Si tienes tus ojos sobre este mapa, tu sangre ha sido elegida.
El Tesoro del Dios de los Cielos aguarda a los valerosos y los fuertes de corazón.
Solo podrán tocar el Oro Santo aquellos que superen las pruebas de las tres Deidades que han despertado de su sueño de mil lunas.
Sin la ayuda de las Tres Guías, Tres guardianes destinados a seguir y proteger a los viaje…

Se frenó en seco, mirando a la niña rubia como si fuera la primera vez que posaba sus ojos en ella.
Abrió la boca, pero no salió de ella palabra alguna. Volvió a mirar el mapa, aferrándolo con fuerza, y luego a la niña. Repitió esta acción al menos tres veces.
-Debe ser una broma. –Concluyó.
-No-o -Canturreó Eichi. –Estaba seguro de que ibas a tardar al menos diez minutos más en darte cuenta, tu experiencia de casi muerte te hizo más listo, Kuro.
-Quieres decir… esta niña es…
-Correcto. –Confirmó la pequeña. Se irguió en todo su digno metro diez y alisó su vestido. Compuso su expresión en una de solemnidad y declaró, con una pequeña reverencia:
–Mi nombre es Maureen, pero pueden llamarme Lady Maureen. Soy una de las Tres Guías, es un placer conocerlos.

<Hora de la reacción predecible>

-¡¡Pfffft!!
Eichi y la niña se miraron entre si.
-¿O sea que esta chiquilla es una entidad de cientos de años? ¿Un guardián místico?
-Es una manera de decirlo, si. –Replicó Maureen con su vocecita aguda y rostro austero.
Aguardaron varios minutos a que Kuro controlase su risa sardónica, apoyado sobre sus lastimados codos y con la cabeza hacia atrás.  
Eichi lo observaba sereno, jugueteando con un puñado de arena.
-Haha… ha… Eichi, tú no le crees, ¿verdad?
El joven castaño continuó dejando que la arena se deslice por entre sus dedos.
-No veo un motivo para no hacerlo.
La mueca de burla de Kuro murió rápidamente.
-¿Cuándo vas a dejar de ser tan crédulo? ¡Ya no somos niños! Es solo una mocosa, sin duda la hija de un pescador que se extravió y está gastándonos una broma, ¿qué no ves que su historia no tiene pies ni cabeza?
-¿Entonces por qué estamos vivos?
-Eso…  
-Si no tiene pies ni cabeza, ¿Cómo sobrevivimos entonces? ¿O crees que, en el estado en que nos encontrábamos, tú especialmente, hubiéramos sido capaces de recuperarnos hasta este punto en solo tres días? Eso tampoco tiene pies ni cabeza, ¿no crees?
Kuro abrió la boca, pero se frenó antes de hablar, prestando atención a su propio cuerpo; si bien su brazo estaba inutilizado y su cabeza en agonía, el dolor en sus músculos se asemejaba al de la recuperación de un mal resfriado. Después de la severidad del daño que había recibido, que las consecuencias fuesen tan menores definitivamente no era normal.
-De acuerdo. –Concedió. –Si eres una de esas tres guías o lo que sean (cuya existencia dudo) entonces demuéstralo; seguramente debes tener algún poder especial, ¿o no? Haz explotar una roca o algo así.
Enrollando un bucle rubio en su pequeño dedo, Maureen pareció, por primera vez, insegura.
-No puedo hacer eso.
Kuro miró a Eichi con expresión de triunfo.
-Empleé casi todas mis fuerzas en restaurarlos en la mayor medida posible, y sus Pocket Monsters también consumieron mucho de mi energía. –Se excusó, y remplazando su incomodad por arrogancia, agregó: -Deberías agradecerlo en lugar de cuestionarme.
-¡¡No jodas con nosotros!! –Vociferó Kuro, poniéndose de pie con toda la firmeza de una porción de budín. Entrecerró los ojos avellana y se dirigió, algo inestable, hacia la pequeña, quien no mostró la menor preocupación o sorpresa ante la súbita explosión del joven.
-Kuro… -Comenzó Eichi.
-Se me ocurre una gran idea. –Siseó el muchacho, acercándose hasta que su sombra cubrió a Maureen por completo. Solo sus ojos dorados resaltaban, fijos en los de Kuro. –Si eres una criatura mítica entonces el puñetazo de un simple humano como yo no debería poder tocarte, ¿verdad?
-¡Kuro!
La niña no respondió, solo continuó mirándolo inexpresivamente.
-Haz lo que te plazca. –Dijo finalmente.
Eichi se puso de pie con una agilidad pasmosa, sobre todo para alguien en sus condiciones, pero resultó ser innecesario; Kuro había dado media vuelta, gruñendo por lo bajo como un animal:
-No he caído tan bajo aún, Eichi, despreocúpate. Rogar a mi mayor enemigo y golpear a una niña son dos cosas muy distintas.
Su amigo no replicó, inmóvil, y con esa curiosa expresión muy parecida a la tristeza.

Kuro miró a su alrededor y descubrió la silueta silenciosa y aciaga de La Parca recortándose sobre la línea del océano, rodeada de riscos. Una capa de pintura color fuego parecía derramarse sobre ella; el sol se retiraba, soñoliento.  
Junto a su improvisado lecho, descubrió la pañoleta roja que siempre llevaba sobre sus hombros prolijamente doblada, con sus wakizashi descansando sobre ella, y dos Monsterbolas yaciendo a su lado.
Se volvió rápidamente, solo para oír la respuesta a la pregunta que aún no empezaba a formular:
-Esa bestia tuya vive; aunque fatalmente debilitada. Las heridas que sufrió eran de una severidad tal que conseguí salvar su vida, pero poco más. Tu compañero me dijo que esa nueva chuchería… esa esfera de transporte que le pertenece se extravió, por lo que hemos tenido que restringir sus movimientos. Además… -Kuro, quien escuchaba el reporte con poco interés, alzó la cabeza ahora. –Entiendo que las circunstancias hayan sido apremiantes, pero ha sido una imprudencia enviarlo a combatir en esas condiciones; no me explico como consiguió sobrevivir.
-¿Condiciones? –Repitió Kuro, extrañado y huraño. -¿Qué condiciones?
-¿Quieres decir que no lo has notado? –Exclamó Maureen, azorada. –Tu incompetencia supera aún mis expectativas.
-¡Vete con tus padres, mocosa!
-No me explico como ese Zangoose ha logrado dar pelea, cuando lleva casi tres meses sin probar bocado.  
Kuro dio un respingo.
-… ¿Eh?
A decir verdad, la idea nunca se le había cruzado por la mente; Keiken y Momo limpiaban algo de sus sobras de vez en cuando, pero Hasaki… no recordaba haberlo visto alimentarse jamás.
-Es cierto que los Pocket Monsters conservan la mayoría de su energía dentro de sus esferas, similar al estado de hibernación, pero pasado cierto tiempo incluso así necesitan nutrientes para sustentarse y reponer daño de luchas pasadas, y esa bestia ha estado en más de un combate, ¿o no?
En sucesión, Kuro hizo un veloz recuento de las batallas en las que el Zangoose había participado desde la noche de su captura; los Guraenas, el espectro y Rikishi en Petalburg, y finalmente el Regice. Y todo eso fue…
-¿Co… cómo es posible?
-No lo sé. –Admitió Maureen, sacudiendo ligeramente la cabeza. –Lo único que sé es… ese Zangoose debió haber entrado al combate con el Rejiice estando ya al límite de sus fuerzas.

El joven aventurero recordó entonces algo inusual en su comportamiento durante la batalla:

Se había acostumbrado a que ni bien salir de su confinamiento, se lanzase cual ave de presa sobre la cosa más fuerte a su alcance, mientras mayores las posibilidades de morir tanto mejor.
Pero ahora, casi le pareció que tras sus ojos se estaba llevando a cabo una sistemática selección de la estrategia de ataque más adecuada.

-Desde luego… fue por eso que tomó tantas precauciones… -Pensó Kuro en voz alta, para luego sacudir la cabeza con obstinación. –Pero, no es como hubiera tenido otra opción, ¿o si? si Hasaki no luchaba, todos íbamos a morir. ¿Y por qué debería ocuparme de la salud de esa fiera infernal? ¿Qué no ha intentado matarnos en cada oportunidad que se le presentó? ¿No resulta risible que tenga que ofrecerle cuidados como a un niño desvalido? ¿Qué obligación tengo yo con ese animal? –Se justificó, claramente agitado.
Eichi volvió a recostarse, sin replicar; sabía bien que tras las duras palabras de su amigo se llevaba a cabo una feroz, tormentosa lucha interna.
-No importa cuanto odies usarla, a un arma destinada a mantenerte vivo se le debe cuidar el filo y la hoja. –Comentó la pequeña Maureen, como quien no quiere la cosa.
Kuro una vez más ojeó los alrededores, siendo cortado el hilo de sus pensamientos al notar la ausencia de una voz reprochante. Miró a Eichi y preguntó, muy lentamente:
-¿Dónde está Izzy?
-La muchacha se encuentra a salvo. –Respondió Maureen.
-¿Entonces…

Kuro lo recordó de inmediato:

-Antes de entrar, tengo algo que decir. –Anunció Izzy, tanto su voz como sus ojos eran tan fríos como el aire a su alrededor. –Pase lo que pase después de esta batalla… voy a seguir por mi cuenta.

-¿Acaso… realmente se ha… ?
No necesitó oír la respuesta; la sola visión del semblante de su amigo le había dicho todo lo que tenía que saber.
¿Pero cómo? La Parca estaba permanentemente dañada, e incluso si no lo estuviera, podía verla mecerse pacíficamente no muy lejos de ellos. No había forma en que pudiese dejar la isla, ¿a menos que haya encontrado una segunda embarcación y pedido a su tripulación viajar en ella? No parecía algo descabellado, y si era así sería imposible saber hacia donde se dirigía; Izzy nunca había mencionado tener un destino en particular.
Kuro apretó los dientes; ¿qué importaba? Ella podía hacer lo que le plazca, ya había traducido el mapa, no la necesitaban más. Examinó a Eichi por debajo de las pestañas; continuaba revolviendo la arena, pero su boca era una línea recta y apretada.
Maureen observó a Kuro maldecir largamente por lo bajo y recoger sus Monsterbolas.
-¿A dónde vas? –Le preguntó, viendo como comenzaba a alejarse.
-Pescar. –Replicó con sequedad, enfilando hacia la costa.
-Sigues sin creerme, ¿verdad?
Kuro continuó caminando, ignorando a la pequeña.
-Aún cuando has visto la prueba con tus propios ojos.
Hundiendo el pie descalzo en la arena, el muchacho se detuvo de un tirón.
-¿De qué estás hablando, mocosa? –Replicó, pretendiendo desinterés.
-Bueno, no espero gratitud de alguien como tú, pero he de decir, aquel día tiempo atrás, ha sido un esfuerzo importante el que tuve que hacer para salvarlos a ambos, niños irresponsables, y evitar a la vez que me vieran. Pensé que todo saldría perfectamente pero aún así… tú, Takei Kurogaki, me viste.
Confuso, Kuro se preguntó si estaría hablando del sueño, pero no… no había forma en qué…
-Ese Zangoose no fue nada fácil de distraer, pero el olor de la sangre de los Mightyenas disimuló mi presencia, por eso…
Kuro dejó de escucharla, puesto que a su mente acudió un remolino de memorias rápidas y violentas.

Apenas saliendo de Oldale con Eichi, cuando fueron atacados por la jauría hambrienta de Guraenas, luego de que Hasaki acabase con ellas, el Zangoose estaba a punto de atacarlos y entonces… y entonces… ¡un resplandor! Algo extraño había ocurrido ese día, un destello como un pequeño sol había surgido de la nada, distrayendo a Hasaki lo suficiente como para salvar sus vidas. Y justo después de eso… si, ahora lo recordaba, después de eso, fue tan solo un instante pero, ¡había visto la silueta de una niña! ¿Sería? No… saltar a una conclusión así era muy apresurado; pudo haber sido cualquier otra cosa, otra persona, o incluso su imaginación. Sus ojos habían sido afectados por la luz. Y sin embargo… ¿por qué, en el fondo de su corazón, tenía la certeza de que efectivamente, se trataba de ella?

Se volvió lentamente hacia la jovencita, mirándola con ojos muy abiertos.

Ella sonrió ligeramente y le dio la espalda.

-Vete ya, está oscureciendo y los peces van a marcharse.
-¿Por qué? –Preguntó Kuro tras un instante de silencio. -¿Por qué te ocultaste de nosotros? ¿Por qué tanto trabajo en prevenir un encuentro directo? ¿Y por qué ahora...?
-Las reglas han sido rotas.
-¿Qué?
-No se supone que ustedes y nosotros entremos en contacto. No se supone que ustedes y nosotros hablemos, todo lo que ocurrió hace tres días, y en especial lo que está ocurriendo ahora, no se suponía que ocurriese.
-Entonces esas reglas... ¿por qué las has roto? –Preguntó Eichi, quien pese a su ensimismamiento, no había dejado de prestar atención al intercambio.
-No fui yo quien las rompió primero. –Dijo duramente, y su mirada de oro se alejó, extraviándose en el recuerdo de alguien ajeno a ellos y su mundo. –Otra persona… alguien como yo, ha intervenido e inclinado la balanza en su contra, y a favor de sus propios intereses.
-¿Te refieres a una segunda Guía? –Infirió Kuro.
-¿Ha sido la persona que dio información sobre el Regice a ese sujeto Ryo y su grupo?
Maureen giró violentamente la cabeza hacia Eichi, con una expresión de auténtica sorpresa en sus rasgos infantiles.
-Ya veo… -Dijo, con una pequeña sonrisa dibujándose en sus labios. –Eres listo después de todo.
-Fue Izzy quien lo descubrió… yo solo estoy repitiéndolo. –Replicó el muchacho con voz ausente.
-Hm.
Tras unos segundos, los dos jóvenes aguardaron a que la niña ahondara en su explicación, pero esta parecía ahora huraña y taciturna, con las manitas detrás de la espalda y los ojos brillando entre sus cejas fruncidas.

Cuando Kuro regresó de su excursión de pesca, con los pantalones enrollados hasta las rodillas y arrastrando un puñado de peces enganchados por la boca a un alambre, el sol habíase puesto hacía ya varias horas.
Pensó en emplear la ayuda de Keiken y Daidai para acabar antes, pero al liberarlos de sus esferas los vio tan francamente debilitados y mustios que decidió hacerlo solo. Si bien pescar el sustento del día era una práctica muy común para él, el cuerpo le dolía y le palpitaba entero. Quizás el ejercicio había sido excesivo para sus abusados músculos, pero sentía ahora la mente limpia. Más limpia de la que la había tenido en mucho tiempo.

Sabía bien lo que tenía que hacer.

Y ahora avanzaba silencioso hacia un área apartada de la isla, llevando en una cubeta oxidada el fruto de su labor, más allá del campamento y de La Parca, más allá de los reflejos lunares sobre el océano.
Lo vio inmóvil, postrado contra la fría pared de un peñasco y con la cabeza caída sobre el pecho. Alrededor de ambas muñecas tenía enrolladas, como sendas serpientes, cadenas oscuras y sin brillo, cuidadosamente atadas, enganchadas, y clavadas a la roca. Ésta presentaba líneas hundidas y resquebrajadas en torno al metal, lo que indicaba numerosos y violentos tironeos.
Kuro se paró a distancia prudencial de la bestia, tratando de advertir las heridas que recordaba en la oscuridad, pero no consiguió ver nada.
Sus orejas largas y empenachadas no se movieron ni siquiera cuando apoyó, con deliberado estrépito, el balde sobre el suelo rocoso. ¿Estaría muerto?
-Hey.
Pausa.
-Te traje comida.
No hubo reacción.
Kuro midió la situación durante unos segundos, y finalmente se acercó un poco más, sujetando en la mano sana un gordo pescado.

<Si, esa fue una idea estúpida.>

La cadenas, hasta entonces mudas, estallaron en un escandaloso concierto metálico. El movimiento fue casi demasiado para que sus ojos sigan, pero de algún modo Kuro logró reaccionar antes de perder un ojo, apartando el rostro de la fulminante estocada. Hasaki atacó con la zarpa restante, pero detuvo el brazo justo ante la nariz del muchacho; la cadena no le impedía avanzar un milímetro más, y vibraba y rechinaba furiosamente en protesta.

Por un instante Kuro se debatió entre el impulso de retroceder presa del pánico, y luego, mucho más poderoso, el de arrojar el maldito pescado al suelo, desenfundar y acabar con todo aquello de una vez. Pero su mano se apartó de la empuñadura y sujetó la garra extendida del Zangoose, ensartando en ella el pescado como si de un pincho gigante se tratase.
Los ojos de la bestia no cambiaron en lo más mínimo; lo miraban inflexibles y desinteresados a través de sus blancas pestañas. Sin emoción alguna, como si su repentino y salvaje ataque fuese una reacción tan natural como respirar. Kuro presionó las mandíbulas; ¿Realmente se trataba de una bestia sin conciencia? Keiken y Daidai, los Pokemon de Eichi y los de Izzy… ¿Por qué era tan diferente a ellos? Durante el combate contra el mastodonte, y luego contra el Regice… ¿Podría ser que había pensado demasiado? ¿Qué tal si todo había sido casualidad? ¿Pero era posible, en verdad, que la naturaleza haya dado origen a un ser que no busque más que la sangre? ¿O acaso…

¿O acaso le había ocurrido algo?

-Come. –Ordenó.
Hasaki no se movió, con el pescado goteando de sus zarpas.
Un haz de luz de luna, cual foco blanquecino y pálido, cayó sobre ellos, y Kuro pudo apreciar el alcance total del daño sufrido por el Zangoose; Un vendaje empapado en sangre le apretaba desde el cuello a la zona toráxica, con tanta fuerza que se sorprendía de que pudiera respirar. Otro le envolvía la pierna –sin disimular del todo el agujero dejado por el ataque del Regice- con igual presión.
No era precisamente esquelético, pero se podía ver como los huesos de sus hombros y cabeza sobresalían entre el pelaje sucio y enmarañado.
Era un completo desastre.
Si fuera un Pokemon salvaje… ¿habría llegado a una condición tan lamentable?
-¡Come, maldita sea!
Al no obtener reacción, pateó un puñado de tierra hacia el Zangoose, y se sentó, ofuscado, contra una roca.

Quizás debió hacerlo con menos fuerza, porque el movimiento le dolió bastante. Una pequeña sonrisa amarga extendió sus labios; Si Hasaki tenía un aspecto tan terrible… ¿cómo se vería él mismo? A decir verdad no tuvo el valor de mirar su reflejo en el agua, pero imaginaba que debía de ser una visión francamente espantosa.
Movió el brazo sano en forma experimental, esperando que le doliera. Recordaba bien como ese brazo había sido dislocado por él… tenía que admitir que esa mocosa era buena reparando cosas.
Soltó una risita irónica, en voz baja, y súbitamente, estrelló su puño contra la piedra en la que se apoyaba; su rostro transfigurado por la rabia, retorcido fuera de cualquier reconocimiento.

No podía ganar. 

La diferencia entre su habilidad y la de ese sujeto era abismal, incluso de no haberse encontrado paralizado por las heridas, sabía bien que no habría sido mayor amenaza para él que un niño indefenso. Sus movimientos ligeros y carentes de duda, que manejaban la vida y la muerte de lo que tocaban con indiferencia… si, le recordaba mucho a Hasaki.
¿Qué podía hacer ahora? ¿Cómo podía competir con semejante fuerza asesina? Ni siquiera lo había visto pelear de verdad, y aún así estaba convencido de que nunca… ni en mil años…

-Un perro y un dragón, ¿eh? –Murmuró para si mismo.

Necesitaba entrenar. Necesitaba, para poder siquiera tener una chance, adquirir esa misma fuerza, esa misma aura de omnipotencia. Soltó una nueva risa de amargura ante semejante idea; ¿cómo él, quien luchaba para salir a flote hasta en las más mediocres peleas callejeras, podía alcanzar tan inhumano poder? No, entrenar no bastaría. Necesitaría cambiar. Algo en él… todo en él. Así como estaba ahora… 

Miró una vez más hacia Hasaki; la mangosta no se había movido, y seguía mirándolo sin emitir sonido, y aunque la oscuridad le impidiera confirmarlo, Kuro estaba seguro: sin parpadear. El pez aún pendía tristemente de su garra.

-No me jacto de entender qué pasa por esa cabeza tuya. –Dijo de pronto. –Pero sé que no quieres estar donde estás. A decir verdad, yo tampoco te quiero aquí. Ciertamente sería un alivio si murieras ahora mismo, una preocupación menos para mí. Quieres irte, ¿verdad? Extraer cuanto placer puedas de tu estancia aquí, matar hasta saciarte, y largarte a buscar nuevos combates. ¿Me equivoco? Que un contendiente inferior como yo te dé de tirones a la correa te saca de quicio, ¿verdad? Te humilla, te enferma. Pues a mi me enferma verte. Me enferma esa estúpida cara tuya sin expresión, me enferman esos ojos de cadáver, pero por sobre todas las cosas; me enferma deberte mi vida. Me enfermas.  

<Por primera vez, estaba hablando a Hasaki desde el corazón, sin pensar las palabras, solo diciéndolas una tras otra, incapaz de detenerme. Ni siquiera me sentí estúpido en el momento.>

-Por eso te propongo un trato. –Continuó Kuro. –Uno que te beneficia tanto como a mí. –Hizo una pausa. El Zangoose seguía en la misma posición, y nada parecía indicar que comprendiera, o siquiera escuchara al muchacho. –Hasaki… conviértete en mi espada. Lucha por mí. Combate a mi lado y mata, y gana. Si lo haces… si me ayudas a cumplir mi propósito, te prometo-no, te juro, por lo más preciado que tengo, que cuando todo haya terminado, serás libre de ir a donde quieras. Libre para siempre de mi. Cortaré hasta el último eslabón de esta maldita cadena que nos ata. Necesito… -Una vez más, un rayo de luz lunar los bañó con su presencia; los ojos de Kuro, quizás mas honestos, mas desesperados que nunca antes, fijos en los de la bestia. –Te pido… que me prestes tu fuerza.

Un largo silencio siguió a aquello, el viento marino sopló con vigor, trayendo consigo los sonidos melancólicos del oleaje cercano. Una nube volvió a entorpecer el paso de la luz lunar, cubriendo al Zangoose de sombras. 

Kuro, pasado cierto tiempo sin reacción de Hasaki, comenzaba a lamentarse de su lapso de sinceridad, o como él comenzaba a llamarlo en su cabeza, idiotez. ¿En que estaba pensando? Era obvio que esa criatura del averno no entendía una sola palabra, y si lo hacía, no tenía pensado demostrarlo.

Crunch.

Alzando la cabeza de un tirón, Kuro no dio crédito a sus ojos: El Pokemon mascaba, inexpresivo, el pescado ensartado en su garra. Lo hacía despacio, pero con un cierto apremio difícil de definir. Comió hasta no dejar siquiera la cabeza, e, inmediatamente, hundió la zarpa en la cubeta metálica, sacando un segundo pez. Comió y comió, sin detenerse siquiera a respirar, completamente concentrado en lo que hacía.

Kuro comprendió en el acto, aunque si su difunta tía hubiese surgido de la arena en ese mismo instante, quizás eso le habría resultado más fácil de creer que lo que estaba presenciando.

Dejó caer la espalda sobre la roca, exhausto. Una pequeña sonrisa extendió sus labios.

-Tenemos un trato, entonces.

 

 

Continuará...

 

Ficha Técnica #6
Ryo!!

 

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