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Anunció
su presencia con cuatro golpecitos nerviosos sobre la puerta de
cedro, y la voz de “está abierto” sonó amortiguada por ruido de
madera y metal.
Cuando entró a la estrecha habitación, fue recibido por la espalda
ancha y oscura de su superior, quien se encontraba parcialmente
dentro de un enorme armario, revolviendo su interior. Disperso a su
alrededor se encontraba un variado repertorio de armamento; dagas
bayonetas, sables españoles e ingleses, floretes, espadas de
caballería, antiguos fusiles de pedernal, mosquetes, cuchillos de
todos los tamaños, y docenas de sacos de pólvora.
El recién llegado se aclaró la garganta tímidamente.
-Capitán Wolf, ¿señor?
El mencionado giró parcialmente la cabeza, con un brazo aún dentro
del armario y el cabello corto y negro matizado de polvillo.
-Ah… soy el Alférez Lapo Cyrano. –Saludó, irguiendo la cabeza y
juntando los pies atolondradamente. –El Mayor me asignó para que lo
acompañe y asista en este caso, señor. Espero que encuentre mis
servicios útiles.
Inquieto, el alférez aguardó mientras, con su único ojo visible, el
capitán lo escaneaba desde la punta de los cabellos rizados a las
pulidas botas reglamentarias, deteniéndose por un instante en su
nariz, como si esperaba que fuera más grande de lo normal. Pero
visto que era pequeña y ligeramente aplanada, retornó nuevamente a
su tarea de tantear el depósito de artillería.
El alférez estaba bastante seguro de lo que estaba cruzando la mente
de su superior; era lo mismo que pensaban todos aquellos quienes lo
veían por primera vez y oían, de su voz ligeramente chillona, cuál
era su actual ocupación:
“¿Cómo es que este ratón consiguió hacerse un puesto en las filas
del cuerpo militar-policial de Hoenn?”
Pues con su apenas metro sesenta, su cara ancha y redonda, cabello
enrulado, y ojos grandes y benevolentes, verlo esgrimiendo el
uniforme hacía pensar en una fiesta de disfraces.
La costumbre le aconsejaba contentarse con la indiferencia, y sin
embargo, una parte de él no podía dejar de anhelar la aprobación de
su nuevo capitán. Había oído muchas historias, de sus hazañas, de su
valentía que bordeaba lo temerario, de su férreo sentido del deber,
de las misteriosas circunstancias de su traslado.
Planeó cuidadosamente sus palabras, pero al ver lo que parecía ser
una granada de mano rodar hasta sus pies, habló contra su buen
juicio:
-¿Desea que seleccione lo que vamos a llevar durante el viaje,
señor?
El Capitán Wolf no respondió. Revolvió unos segundos más y salió
finalmente del armario, sacudiéndose el cabello con una mano y
sujetando en la otra un rifle.
Como un cáliz dorado en medio de una pila de chatarra, éste llamó la
atención de Lapo; su recámara y detalles en bronce reluciente lo
distinguían del resto, y en la mano del capitán se veía
sorprendentemente apropiado, como si hubiera sido hecho a medida
para él.
-Es un Winchester 66. –Habló finalmente el Capitán Wolf, tras
contemplar el arma durante varios segundos. Sus ojos negros e
ilegibles, largos y estrechos como rendijas, reflejaban el metal
ambarino. –Siendo relativamente nuevo y fabricado en América, muy
pocos saben de su existencia aquí, y sólo un especialista podría
identificarlo a simple vista. ¿Qué le parece, alférez?
-Ah… es muy her…
-Necesitaremos una alforja mayor para cargar con todo el equipo.
Lapo, con la boca abierta como la de un pez, replicó con
incredulidad;
-S… ¿señor? ¿Tenía entendido que los principales sospechosos del
crimen son un puñado de niños? ¿No le parece que todo esto es
innecesario? Le ruego me perdone, pero llevar a cuestas la mitad del
abastecimiento de armas de Petalburg no es mi idea de practicidad,
quizás sería-
Recordando al animal al que debía su nombre, el capitán irguió la
cabeza con mesura, descansando su inquietante mirada sobre su
subordinado. Sus palabras surgieron empañadas de un ligero acento
europeo, y fueron más suaves de lo normal, casi un susurro:
-¿Le supone eso algún problema, alférez?
Así que a esto se referían al decir que resultaba imposible negarle
algo al capitán Wolf.
-N-No, no, en lo absoluto, señor, prepararé todo el equipo de
inmediato para la partida. –Pero antes de que pudiera salir
apresuradamente del depósito, la voz, como la de un encantador de
serpientes, lo detuvo en seco.
-¿Tiene usted una bestia de batalla que le pertenezca?
-Bestia… ¿se refiere a un Pocket Monster, capitán?
-Precisamente.
-Oh… no, le ruego me perdone, no fui informado de la necesidad de
tales criaturas para esta investigaci- el Alférez Cyrano cortó su
disculpa para dedicar toda su concentración en atrapar el objeto
esférico que el capitán arrojó hacia él. La bola bailó un poco entre
sus manos antes de que asegurase su captura.
-Esto es… ¿el prototipo de esfera de transporte que comenzará a
producirse en Rustboro el año entrante? ¿Cómo es que…?
El capitán Wolf deslizó por vez final una mano sobre su Winchester,
lo arropó dentro de una funda de cuero negro y se lo echó a la
espalda con la naturalidad de un cazador.
-Ese puñado de niños repelió y redujo, letalmente en varios casos, a
una fuerza de más de cincuenta hombres. Si bien no eran más que
civiles sin entrenamiento, simples matones del difunto alcalde,
muchos de ellos estaban armados. Sobrevivientes confesaron haber
visto a los jóvenes forasteros con varias de esas… -Sus ojos negros
señalaron la monsterbola en sus manos. -Es preferible enviar al león
para matar a unas hormigas que dejarse picar, ¿no le parece,
alférez?
-Uh…
-Quédesela, le hará falta.
-¿Está usted seguro?
Rebasándolo sin molestarse en voltear la cabeza, el capitán salió de
la habitación.
-Partimos en treinta minutos.
Kuro
no deseaba nada más en aquel momento que echarse en el suelo como un
fardo y dejarse tragar por el sueño, por lo que se dispuso a
arrastrar su cansada humanidad de regreso al campamento. Tenían
mucho que planear mañana, sin lugar a dudas. Para empezar, ¿cómo
saldrían de la isla, con La Parca en las condiciones en las que se
encontraba? Quizás tendrían que esperar la llegada de un barco, lo
que podía significar días, incluso semanas de completa inactividad.
No, hasta eso era demasiado optimista; ¿qué les garantizaba que una
embarcación recorriese aquellos inhóspitos mares? La idea le
retorció las tripas casi físicamente.
En eso pensaba, bordeando la costa, cuando un objeto voló hacia él,
imposible de distinguir en la oscuridad. El muchacho lo atrapó por
reflejo antes de que éste le aplastase la nariz, y se sorprendió al
ver qué era: Una Pokebola negra por encima, y blanca por debajo,
picada y rasgada por doquier. La Monster bola de Hasaki.
-Por fin la encontré. –Dijo la voz, no sin cansancio.
-¿Có… -Kuro alzó la cabeza, confuso y vagamente alarmado, para
encontrarse con otra cosa siendo arrojada sobre su cara, esta vez,
se trataba de algo menos dañino; ropa.
-Y ponte eso, por dios.
-¿T-tú? –Balbuceó el joven, señalando con la boca abierta como un
pez.
<Estás muerto Eichi. Estás muy muerto.>
-Yo. –Replicó Izzy, alzando una ceja. –Un “Gracias” habría
bastado.
-Pe… ¿pero qué tú no te habí…
-¿Cómo? ¿Nadando?
Kuro no respondió, sintiéndose confuso todavía, y un poco
abochornado.
-En cualquier caso, -Continuó Izzy, ahora en tono de queja. –Ya
venía siendo hora de que dejaras de holgazanear. Eichi estaba
enloqueciéndome con su expresión de gatito bajo la lluvia, sentado
junto a tu cadáver.
-Pero no estaba muert…
-Da igual. Bien podrías haberte despertado antes y ahorrarnos el
drama, ¿no? Ya estaba empezando a buscar un lugar donde enterrarte.
Kuro por fin reaccionó con algún vestigio de normalidad:
-¡¿A quien vas a enterrar?! ¡Nadie te pidió que-
-Como si pudieran hacer algo sin mí. Apuesto a que no tienen idea de
cómo salir de la isla, ¿verdad?
Kuro retrocedió como si lo hubieran golpeado, hundió las manos en
los bolsillos y caminó más rápido, con los labios fruncidos.
Ambos continuaron avanzando por la costa, pies descalzos sobre la
arena fría. Kuro se había puesto la estúpida camiseta. No vaya a ser
que insultase la sensibilidad de la señorita. Maldita bruja.
-¿Qué pasó con el perro? ¿Y esa otra cosa resbalosa tuya? –Inquirió
el muchacho, la chica se demoró unos instantes.
-Mortimer y Oliver viven. –Respondió. –No podrán batallar por algún
tiempo, así que tendré que depender de Lady Marian y Long John, al
menos de momento.
-Hm. Eso es bueno. –Dijo Kuro sin dejar de mirar al frente. -¿Asumo
que ya oíste las novedades de nuestra nueva pulga con rizos?
-Así es.
-No pareces muy sorprendida ante el hecho de que una mocosa de un
metro de alto sea una entidad divina…
Ella se encogió de hombros.
-Cuando viajas, ves esto y aquello, no puedo decir que eso haya sido
lo más extraño que he visto.
Siguieron caminando, ahora en silencio. Pronto comenzaron a
distinguir el tenue resplandor de la fogata. Izzy se detuvo en seco.
Kuro, quien había continuado la marcha, volvió la cabeza hacia
atrás, alzando una ceja con un gesto interrogante.
-¿Qué estás…
-¿Por qué? –Preguntó la joven súbitamente, la cabeza gacha y las
manos en puños.
-¿Eh?
-¿Por qué no dices nada? ¿Por qué me hablas como si todo…
Izzy notó como el muchacho aún la sujetaba de la muñeca, y como si
el contacto la hubiera quemado, se soltó con brusquedad.
-¿Por qué me hablas como si todo estuviera bien? ¿Acaso no…?
-Oye, no tienes porqué… -Pero cuando Kuro se volvió a mirarla, no se
encontró con los ojos a los que estaba acostumbrado; se encontró con
ojos fríos y desdeñosos, ojos que lo juzgaban, ojos que lo
condenaban…
-Después de todo lo que dije…
Los ojos castaños de la muchacha
volvieron a hacerse de hielo, y señaló a Kuro con el dedo.
-¿Cuándo? –Preguntó con voz
inexpresiva. -¿Cuándo crees que va a traicionarnos a nosotros
también?
-Después de todo lo que dije, yo… -Su voz comenzó a temblar, y
apretó los dientes. Kuro no emitió sonido alguno.
-¿Cuándo crees que nos volvamos un obstáculo para su venganza, o lo
que sea que esté intentando hacer? ¿Cuándo crees que va a
desecharnos para salvar su vida, tal y como lo hizo con ese hombre
de Petalburg?
En
un instante, cerró la distancia que lo separaba del muchacho y lo
sujetó del cuello de la ropa con violencia. En sus ojos había un
vivo entrevere de expresiones. Furia, confusión, culpa.
-¡ERES UN MALDITO FRACASADO! –Rugió
Izzy, colérica. –No tienes… ¡¿Ni siquiera tienes el valor de mirarme
a los ojos?! ¡Maldito cobarde! ¡Basura! Personas como tú… ¡No
merecen ni el aire que respiran!
-¡¿Acaso no me odias?! –Bramó con rabia. Kuro esquivó su mirada.
-Acaso no… ¡¿ACASO…
Tump.
Las rodillas de Kuro impactaron contra
el suelo arenoso.
Todos y cada uno de los presentes, incluso Eichi, y especialmente
Izzy, lo miraron boquiabiertos, el total asombro traslúcido en sus
facciones.
-Yo…
yo… lo que dije… -Su voz era ahora irreconocible, y sus puños, sin
soltar la ropa de Kuro, se estremecían visiblemente. Tenía los ojos
cerrados con fuerza, y una lágrima comenzaba a brotar de entre sus
pestañas –Perdón… ¡¡¡PERDÓN!!!
Las manos perdieron fuerza y soltaron al muchacho, quien seguía sin
mirarla. Giró sobre sus talones, dándole la espalda, y se alejó de
ella unos pasos, casi como si no la hubiera escuchado.
-Cuando pides disculpas a alguien, tienes que mirarlo a los ojos.
–Dijo, sin volverse. -¿Recuerdas? -Izzy enderezó el rostro de un
tirón, ojos abiertos como platos. Kuro se llevo las manos detrás de
la cabeza, y habló en voz muy alta. –Pero no es como si me
importaran esas cosas, digo, ¿pedirme perdón a mí? No sé qué
ganarías con hacer algo así. Después de todo, soy solo un perro de
pelea de Oldale, no entiendo de educación o lo que sea. En mi pueblo
nos damos un puñetazo en el hombro y todos los problemas quedan
atrás, pero eres una chica así que…
Tap.
Kuro cortó su tirada al notar que Izzy, sin decir palabra, acababa
de chocar un puño contra su hombro, ligero, casi imperceptible.
-Entonces ya está. –Dijo ella, y siguió caminando. -¿No?
- … Ya está. –Murmuró el joven, sin perder nota de la pequeña
sonrisa en el rostro de la chica. Por un instante, su expresión se
suavizó.
-Bah, -soltó de pronto, rascándose debajo del mentón. –Primero
llorando, luego riendo, esta mujer está completamente loca.
Izzy, unos metros por delante de él, se frenó en seco:
-¡¡N-no estaba llorando!! ¡Me… me entró arena en el ojo!
-¿No te da vergüenza usar una línea tan trillada?
-Guau, parece que están en buenos espíritus esta noche. –Comentó
Eichi, caminando junto a ellos. -Espero que no hayan hecho nada raro
mientras estaban solos, hehe.
-¿De dónde saliste? –Preguntó Izzy como al pasar, secándose la
sangre del pobre castaño de los nudillos.
Eichi se sujetaba la machucada nariz para detener la hemorragia,
mientras trotaba para alcanzarlos.
Kanna la Mightyena brillaba por su ausencia; no era difícil asumir
que, debido a sus severas heridas, Eichi finalmente había cedido a
transportarla en una Pokebola, al menos hasta que se recobrase.
-Se me ocurrió dar una caminata, nada má-OW!! –El joven fue
interrumpido por un puño hundiéndose en su cara. -¿Y ahora por qué?
-Ningún motivo en particular. –Mintió Kuro.
La mañana siguiente los encontró dispersos por la pequeña isla,
buscando a Maureen, quien, por alguna razón, había desaparecido en
algún momento durante la noche. Luego de casi dos horas de levantar
cada piedra del lugar, Kuro decidió que estaban perdiendo el tiempo.
-Ya va a volver cuando le de hambre. –Dijo restándole importancia.
-¿Qué es, un perro? –Soltó Izzy.
-Bueno, ya que se supone que es una “Guía” y somos los dueños del
mapa, eso debe querer decir que va a aparecer frente a nosotros
cuando la necesitemos, ¿no creen? –Sugirió Eichi.
-No. –Respondieron Kuro e Izzy a la par. –Definitivamente no.
Sentados en derredor del mapa extendido, desayunando lo poco que
pudieron rescatar de La Parca, se dispusieron a decidir su nuevo
curso de acción.
El mapa había cambiado desde la última vez que lo vieron, y pese a
todos los eventos sobrenaturales que presenciaron en los últimos
días, esto no dejó de impactarlos. El simple hecho de desenrollarlo
y descubrir, aprehensivos, que un trozo de papel había modificado su
contenido por si mismo, les provocaba una intensa sensación de
turbación.
La línea que conectaba Oldale con aquel islote al noroeste de
Dewford se había desteñido notablemente, casi como si la tinta
hubiera envejecido un centenar de años en esos pocos días, y un
nuevo, mucho más visible hilo negro, surgía desde su punto actual,
serpenteando hacia el noreste, pasando por encima de Slateport, y
luego de Mauville, terminando finalmente en un punto por encima de
ésta.
El lugar indicado, al igual que antes, era marcado por un círculo
rojo, pero ahora parecía, más que eso, un diminuto salpicón de
sangre. Sólo por un momento, el silbido del viento se les antojó
fatídico.
Había algo en ese mapa que, sencillamente, inquietaba los corazones
más firmes.

-Ruta Ciento Once… -Murmuró Izzy, sombría. –Eso es… el Desierto de
Hoenn.
Kuro no expresó más que su talante de molestia usual, ignorante por
completo del tema, pero demasiado orgulloso para preguntar.
-Bueno, entonces está decidido. –Dijo Eichi, arrastrando las
palabras e, incapaz, como siempre, de leer la atmosfera a su
alrededor. –Ya tenemos un buen rumbo a seguir, todo lo que queda es
divertirnos cuanto podamos durante el viaje, ¿no les parece?
-Idiota. –Cortó Izzy, más pensativa que molesta. –Ese lugar no es un
patio de juegos, ¿tienen idea de la cantidad de gente que ha muerto,
atrapada sin remedio en su telaraña de tormentas de arena? Si vamos
ahí sin estar perfectamente preparados… -Se interrumpió. –No,
primero deberíamos concentrarnos en salir de aquí. Si bien Dewford
no está tan lejos, no dejan de ser varios días de viaje, por lo que
no hay forma de sencillamente ir en nuestros Pokemon de agua.
-Sólo tenemos un Pokemon de agua. –Observó Eichi.
-Con más motivo aún. La Parca está inutilizable, pero eso no quiere
decir que sea completamente inútil.
-¿A gwue te refierwes? –Interrogó Kuro, con la boca llena de carne
en conserva.
-Muchas de sus partes siguen en buenas condiciones, sería una
tontería desaprovecharlas. Lo que haremos es lo siguiente:
Utilizando lo que podamos extraer de ella, construiremos un bote lo
suficientemente durable para poder llegar vivos a Dewford.
Esperaremos un día de buenas corrientes y viento generoso, y
zarparemos. Una vez allí, solo tenemos que conseguir pasaje en uno
de los tantos buques de intercambio que viajan a Slateport
semanalmente, y desde ese punto, si bien es un trayecto muy largo,
podemos caminar hasta nuestro objetivo. –Indicó, marcando la ruta a
recorrer en el mapa con un dedo. –Pero… antes de iniciar nada,
ustedes dos… -Miró a Eichi y a Kuro. -¿Qué tienen pensado hacer?
Al no obtener más que miradas blancas y ligeramente confusas, la
chica elaboró, cuidadosa con sus palabras:
-Esos… tipos. El sujeto de la katana con dragones… -Echó una mirada
de reojo a Kuro, casi esperando una reacción violenta. Sin embargo,
éste solo permaneció mascando su comida en silencio. -¿Se dan cuenta
de que solo piensan utilizarnos para que les abramos camino hasta el
Tesoro? ¿Vamos a, sencillamente, caminar directo hacia sus fauces?
¿No es eso…
-Si quieres echarte atrás, no hay mejor momento que este –Dijo Kuro,
sin dejar de masticar. Su voz era libre de burla o malicia. –Esta es
la única forma. Esos hijos de puta cometieron un grave error al
tratar de joder con nosotros, y dejar este mapa en nuestras manos.
Vamos a superar todas esas malditas pruebas, matarlos, y quedarnos
con el tesoro. Y cuando lo hagamos, cuando estén en su último
aliento, van a maldecir el día en que decidieron poner un pie en
Oldale Town.
Eichi soltó uno de sus clásicos suspiros. Sin embargo, después de
todo lo que había pasado, no podía evitar sonreír al ver regresar el
fuego a los ojos de su amigo.
Izzy permaneció en silencio unos segundos, como si realmente
estuviera deliberando si debería acompañarlos o marcharse por su
cuenta. La reflexión fue sorprendentemente breve.
-Bueno. –Se puso de pie, sacudiéndose las migajas del regazo.
–Pongámonos a trabajar, entonces.
No fue tarea sencilla, en
especial para Kuro y Eichi, quienes, pese a sus heridas, realizaron
la mayoría de la pesada labor física, mientras que Izzy ladraba
órdenes desde un risco. Kuro pudo jurar que la vio bebiendo de un
coco y asoleándose, pero luego recordó que no había palmeras en el
pequeño trozo de tierra en el que se hallaban.
El desmantelamiento de La Parca fue progresivo, pero en tan solo un
par de horas la vieja embarcación había quedado irreconocible; un
triste esqueleto de lo que una vez había sido.
Trabajaron desde el alba hasta el anochecer, pero con todo, a la
hora de cerrar el día, su nueva embarcación tenía un aspecto
francamente desalentador. Dos jornadas completas tuvieron que
transcurrir hasta que la pseudo balsa reuniera los requisitos
mínimos necesarios para hacerse a la mar. Superior a una simple
barcaza de bambú, pese a no ser para nada elegante, estaba reforzada
para resistir las más violentas sacudidas oceánicas, al menos
durante unos días. Constaba además con su propio –un poco torcido-
mástil, y suficiente velamen para aprovechar las corrientes.
Al amanecer del tercer día, Izzy juzgó sabio partir.
No les quedaban muchas provisiones, tan solo un par de sacos de
arroz y estofado en conserva, pero tendría que bastarles para
sobrevivir hasta alcanzar la costa. Maureen continuaba sin aparecer,
y la paciencia de Kuro había tocado fondo. Zarparon.
El caserón parecía, ante la mirada distraída, haber estado desierto
desde hacía generaciones. De madera que ya no pretendía ser blanca,
tejado forrado por completo de hiedra y hojarasca, y largas franjas
de suciedad bajando por sus paredes, era lógico que nadie se
molestase en buscar rastros de vida donde no la había. Pero si
alguien se hubiera molestado, picado por la curiosidad, habría
encontrado, una noche de cada muchas, una tenue luz titilando en una
habitación de la segunda planta, o quizás huellas recientes en el
sendero que daba al portón de entrada.
Ahora mismo, después de mucho tiempo, toda pretensa de abandono
había sido desechada, y la mansión bullía con actividad.
Un grupo de cuatro encapuchados, de dispares alturas, se detuvo
frente a la entrada, dónde dos corpulentos guardias bloqueaban el
acceso, escudriñándolos con entrenado desprecio.
Uno de los forasteros (un muchacho nada más, a juzgar por su
complexión) se adelantó, y al ver su rostro con mayor detalle, los
guardias, con gran desagrado, se apartaron para dejarlos pasar.
El interior presentaba todos los signos de una reciente mudanza, y
diversos hombres extraídos de los más viles parajes iban y venían
cargados de pesadas cajas y muebles varios. Uno de ellos chocó con
el más alto de los recién llegados; un hombre de aspecto macizo, con
un arma más larga que él mismo amarrada en su espalda. Un par de
irises rojos asomaron amenazantes desde la capucha, y el ofensor
retrocedió, balbuceando disculpas.
Fueron guiados hacia el segundo piso, y, mientras subían las
escaleras, una de las figuras súbitamente se bajó la capucha.
-Por todos los diablos Ryo, me estoy asando, ¿tenemos que usar estas
malditas capas de viaje a donde quiera que vayamos? El color no me
favorece, además.
-Jun-san, por favor ten más cuidado, somos buscados en seis ciudades
de Hoenn, no podemos simplemente… -Musitó la menor de las figuras,
tan menudita que no podía ser más que una niña.
-¿Eh? ¿Tú crees, Neesan? ¿No te parece que nos dan un aire de
misterio? A mi me agradan bastante, son como… nuestra marca, ¿no?
Cuando nuestros enemigos vean estas capas, ¡van a correr, presas del
pánico! ¡Hakumei! ¡Es Hakumei, huyan todos! –Replicó el chico,
gesticulando con gran animación. Su voz joven sorprendió a varios de
los guardias que recorrían el pasillo, matando y enterrando toda
pretensa de discreción. El resto de ellos, por otro lado, parecía
incapaz de despegar los ojos de la muchacha de cabello azul,
tratando de divisar cuanta blanca piel les era posible. Uno de ellos
fue un poco más lejos; cerró los dedos alrededor de su muñeca, como
una pinza, y la atrajo hacia si mismo, indiferente a la presencia de
sus tres acompañantes.
-¿Por qué la prisa? –Habló, labios pegados al rostro de la chica.
–¿Qué sería de una reunión de negocios sin un poco de diversión, eh?
Jun se limitó a soltar un silencioso suspiro, ojos azules
inconmovibles por la situación, estoicos.
En un flash, la espalda del desventurado hombre fue a colisionar
furiosamente contra la pared del pasillo, quebrando el yeso. Un
espantoso aullido de sufrimiento se oyó en toda la mansión;
Enhebrándole la mano a la pared se encontraba una magnifica katana,
que reflejaba en su hoja cada color de su entorno; vasijas de muy
buen gusto, focos de luz blanquecina, rostros horrorizados, dos
dedos surcando el aire, y dejando un pequeño regadero de sangre en
el trayecto. Ryo acercó el rostro al de su víctima, bajándose la
capucha. Sonreía ante sus contorsiones de agonía.
-Ciertamente. –Murmuró embelesado. Jun guardó, con una rapidez de
vértigo que solo dejó ver un destello plateado, su pequeño cuchillo,
victimario de los índice y pulgar de aquel pobre diablo. -¿Qué
sería?
La multitud de hombres en el área de la casa se cerró inmediatamente
en torno a los forasteros, aún cuando algunos no acababan de digerir
la brutalidad del ataque. La pequeña Hanae retrocedió dos pasos,
temerosa, hasta chocarse con la inamovible figura de Murai, quien ya
tenía una mano sobre la empuñadura de su Qwan Dao. El caos se
desataría en cuestión de instantes.
Una puerta doble, a tan solo metros de la escena, se abrió con un
estruendo.
-¡Caballeros, por favor! –Bramó indignado un hombre calvo y
ridículamente delgado. –El señor los espera en su estudio.
Sin dejar de sonreír, Ryo desincrustó su espada de la pared y la
mano que, sin lugar a dudas, no volvería a tocar a su hermana jamás,
y envainó tan rápido que sus movimientos fueron solo un borroneo.
Hizo una pequeña reverencia, y el grupo de cuatro siguió en silencio
al hombre calvo por el pasillo, y finalmente al interior de una
habitación.
Ingresaron en silencio. Con su fuego ardiendo alegremente en la
estufa, era quizás el único lugar de la casa que parecía haber sido
habitado por bastante tiempo, pero lo más llamativo del estudio era
su cegadora, quasi perfecta blancura. El techo, los cerámicos
resplandecientes alineados sobre el suelo, el precioso cortinado, el
armario, y el escritorio eran todos completamente blancos.
Lo único que no lo era, y contrastaba en una forma que hería los
ojos, era el hombre sentado detrás del escritorio, mocasines sobre
éste, y cabeza echada perezosamente hacia atrás en su silla.
Vestía de traje y corbata, claramente costosos. Todo su atuendo era
negro, a excepción de la blanca camisa, de puños y cuello
perfectamente limpios. Un sombrero hongo descansaba sobre su cabeza,
ocultando sus ojos y parte de su rostro. Al principio cualquiera
pensaría que se trataba de un anciano, puesto que lo que se podía
ver de su cabello era color plata, peinado prolijamente hacia atrás.
Pero cuando se enderezó de pronto, golpeando en el suelo
ruidosamente con las patas delanteras de la silla, pudieron ver su
sonrisa joven.
-Bienvenidos. –Dijo, abriendo los brazos en un gesto de calidez casi
paternal. No obtuvo más respuesta que el crepitar de las llamas
detrás de los cuatro invitados, y sus largas sombras serruchando la
blancura del suelo. El sombrero hongo seguía ligeramente inclinado,
echando sombras sobre su mirada. Tenía un acento extraño, difícil de
identificar, sonaba extremadamente anticuado. –Me alegra ver que
hayan regresado con bien de su empresa. Ningún problema, ¿verdad?
-Basta de idioteces. –Cortó Jun con impaciencia, dando un paso al
frente. –Magorian, tu información no es suficiente.
Ante el sonido de este nombre, el hombre calvo, que se había quedado
apostado en la puerta, se estremeció visiblemente; no eran muchos
los que se atrevían a pronunciarlo, mucho menos en la presencia de
su dueño. Esa muchacha en verdad que no conocía el temor.
La persona tras el escritorio, llamada aparentemente Magorian, hizo
una breve seña con la mano, y el hombre calvo dejó la habitación,
cerrando la puerta con delicadeza. Tras un corto silencio, se puso a
jugar con una pluma, manteniéndola, con extraordinaria facilidad, en
equilibrio en la punta de su dedo.
-Les ruego me perdonen –Dijo -¿Hubo algún problema con la
información que les proporcioné tan desinteresadamente? Confío en
que fue precisa. Recuperaron el mapa, ¿verdad?
Jun pareció golpeada por las palabras, y, dudosa, abrió la boca para
replicar. Pero fue la voz de Ryo la que sonó en el estudio.
-Con respecto a eso, Magorian-san, hubo un pequeño cambio de planes.
La pluma en el dedo de su anfitrión perdió el equilibrio y cayó
sobre el escritorio.
Ryo continuó hablando, ojos azules escudriñando el rostro del otro
hombre, buscando sus ojos. -Espero que eso no le represente un
contratiempo.
Se un hizo un silencio muy largo para ser confortable.
-¡En absoluto! –Dijo finalmente Magorian, tamborilleando alegremente
sobre el escritorio con los dedos. –Siempre y cuando el resultado
final sea el planeado, consideraré cumplida su parte del trato.
-Estupendo.
-Estupendo. –Repitió Magorian, y volvió a tamborillear con los
dedos. –Oh, hay algo que quizás les sería de utilidad saber. –Agregó
de pronto. –Es probable que estas personas que tomaron el mapa…
reciban ayuda. Un cierto tipo de ayuda muy particular.
-¿De quién? –Preguntó abruptamente Jun.
Una sonrisa se extendió en el rostro del joven de cabello plateado.
-De una vieja amiga mía. No es relevante que sepan más que eso.
Esto pareció empujar a Jun a su punto de ebullición;
-¡Son esa clase de malditas ambigüedades las que podrían causar que
perdamos el mapa! ¡Y quítese ese estúpido sombrero cuando esté
hablando con nosotros! –Y con esto último, dio un manotazo
increíblemente veloz, derribando el sombrero hongo de la cabeza de
su dueño.
Hanae se tapó la boca con ambas manos, sin poderse creer el
atrevimiento y modales de su compañera.
-Me gusta ese sombrero. –Terció en voz baja Magorian, enderezándose
perezosamente y poniéndose de pie. Su complexión larga y esbelta
hacía que recordase mucho a un ave de presa. Levantó con lentitud la
cabeza, y los cuatro forasteros tuvieron, a su modo, poderosas
reacciones; Jun dio un paso atrás, boquiabierta, Hanae inhaló
abrupta y ruidosamente, Murai llevó una mano hacia atrás, listo para
desenfundar su arma, y Ryo… Ryo no movió un músculo, pero sus
pupilas se estremecían en su sitio, y sus manos se habían puesto
pálidas.
Los ojos de Magorian eran como jamás habían visto en otro ser
humano. No… estaban convencidos de que no podía ser humano. Pues
ningún humano podía tener esa mirada invertida, blanco del ojo
completamente negro, e irises plateados como la luna.
De pronto, lo vieron como a algo mayor, más antiguo, más perverso
que todo lo que conocían, que todo lo que había alguna vez caminado
sobre la tierra.
Una sonrisa partió en dos el rostro de Ryo.
Justo lo que necesitaban.
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