Para todos aquellos escritores que quieren compartir sus obras con el mundo, ya tienen el rincón para hacerlo. =)
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Pokémon: Un largo posteo introductorio. (?)

Diversos caminos me llevaron a escribir esto, convergiendo en lo que posiblemente sea otro de los tantos cadáveres literarios que reinan éste subforo. *ignora los abucheos*
Para empezar, una breve introducción sobre los padres que fecundaron al monstruo:

// arpas del flashback //

Quienes estén medianamente al tanto de mi actividad acá (o sea, yo y tal vez Swampex, quien me acosa hace añares) notarán que el último mes me dediqué casi en exclusiva a [S]chupar los nuevos juegos y el nuevo anime[/S] leer el rol y spamear dibujos, tanto del mismo como de MCOO. Sí, y tengo más hechos que no me animé a subir porque ya quedaba muy pesado. :ind:
Como sea, la cuestión es que me agarró una pseudo-nostalgia sobre todas esas historias que, girando en torno al universo de Pokémon, terminaron despegando y volviéndose algo con bastante personalidad, independientemente de las criaturas que todos amamos.

Corrompido por la nostalgia y melancolía, tras releer casi todo MCOO, TH y el flamante rol que está dando sus primeros pasos allá abajo, me dieron ganas de participar. Hice algunos bocetos del personaje para entrar y pensé -medio a las apuradas tal vez- lo que serían las bases del mismo. Cuando tuve un mínimo background mandé el mp a YuKi y... nunca obtuve respuesta. :K

Pero no bajé los brazos y, tras pensar más y más cosas además de otros personajes, terminé armando las bases de lo que es... ésta historia.
La historia de un pj de rol que no fue. o_o!!

El primer capítulo es bastante más largo que los que vendrán, o al menos eso planeaba. ¿Vieron esos episodios dobles de Pokémon cuando arranca una temporada en otra región? Bueno, así. (?)

Creo que eso es todo, sé que esto debe estar plagado de errores y desaciertos de lo más variopintos, así que espero recibir algún feedback honesto que no tema destrozarlo. xD
Cualquier crítica constructiva es bienvenida. :kid

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[SIZE="2"][font="Verdana"][color="DarkOliveGreen"]p o k é m o n[/color][/font][/SIZE]
[SIZE="5"][font="Palatino Linotype"][color="Sienna"]Un largo camino[/color][/font][/SIZE]



El Sol reina arriba, a lo lejos, cagándome por un instante con sus cálidos rayos dorados. Pestañeo un par de veces para aclarar mi vista y, al abrir los ojos por completo, me encuentro rodeado por un mundo que nunca merecí. Una pequeña parvada de Wingull despliega sus largas y finas alas blancas, agitándolas un par de veces para luego dejarse enviar por el viento hacia un destino incierto sobre el brillante firmamento. La brisa del mar mese las aguas cristalinas arrastrándolas consigo, quizás con el fin de dibujar bellas y pacíficas olas en su superficie que impulsen el nado de las magníficas criaturas que habitan en ella. Puede verse a escasos metros bajo el agua un grupo de Remoraid desplazándose con ligereza y dibujando formas zigzagueantes tras cortos chorros de agua expulsados a presión a través de sus branquias. Aclarando mi vista alcancé a contemplar la imponente silueta de un Mantine que los custodiaba desde una mayor profundidad.

¿Cómo no sentirse embelesado por el intenso y apacible sonido de las olas rompiendo contra los montículos de rocas a un lado de la orilla? ¿Cómo no esbozar la sonrisa más ancha de placer ante el aroma a brisa de verano que arrastra consigo los olores del agua más pura, de las frutas más ricas? ¿Cómo no perderse entre la espuma producida por la creciente sobre la arena caliente y suave que se arremolinaba debajo de mi cuerpo y entre mis dedos?

Mis piernas se empapaban y pequeñas gotas salpicaban mis bermudas desgastadas; mi camisa abierta flameaba empujada por las brisas del océano, mientras que los gruesos mechones de oscuro cabello trenzado en rastas que poblaban mi cabeza oponían mayor resistencia al viento. Agudizando más mi oído, pude escuchar en la lejanía, perdidos dentro la basta jungla de aquella isla cuyo nombre no podía recordar, los rugidos de aquellos exóticos e imponentes pokémon conocidos como Tropius.

[color="Teal"]- “Deben estar disfrutando de los jugosos frutos de alguna jugosa palmera. ¿Habrá cocos también? Espero ninguno caiga sobre sus cabezas, podrían enfadarse y hacer volar la isla entera con su furia. Creo que colgaban plátanos bajo sus mandíbulas. ¡JA! Realmente espero no hayan cocos en esas palmeras, son peligrosos. ¿Y si utilizan Híper Rayo? Allá va el Mantine y sus pequeños Remoraid, ojalá no lleguen tarde a su escuela submarina. ¿De qué rayos estoy hablando? Ni siquiera estoy hablando.”[/color]

Mi cerebro creaba y procesaba las situaciones con una intensidad bestial, pero a ritmo tan pausado que mi plácida expresión habría sido capaz de engañar al más astuto detective. Todo parecía fluir de forma natural y orgánica dentro de mi cabeza. Al igual que las corrientes marinas y los vientos. Al igual que la delgada columna de humo deslizándose verticalmente desde la punta de mi cigarro, que descansaba inmutable entre mis labios. Sí, todo eso se veía y se sentía como la felicidad absoluta.
La espuma creciendo sobre mis piernas, escabulléndose por mis tobillos y salpicando mis bermudas y mi torso bronceado se sintió apenas más tibia de lo común.

Hasta que mis ojos se animaron a ver lo que realmente estaba pasando.



1 – Suciedad y memoria


Posado sobre las rodillas flexionadas del muchacho, un pequeño roedor violeta lo observaba agazapado con sus intensos ojos rojos denotando divertida curiosidad y exhibiendo sus largos colmillos blancos, quizás lo único que relucía en ese lugar. La cola espiralada danzaba de un lado al otro capturando la atención de diversas criaturas que, con mayor precaución y sigilo, asechaban ocultos entre rejas y grietas en los muros humedecidos de los oscuros aposentos.

Entreabrió uno de sus claros ojos verde-agua viendo su reflejo a través de los largos y anchos dientes del Rattata. La imagen lo desilusionó: un moretón en la frente justo por encima de su ojo cerrado, que recordó le dolía horrores; la sucia comisura de los labios con restos de lo que parecía ser sangre; las rastas trenzadas aún más sucias y enredadas de lo que recordaba, cayendo torpe e irregularmente sobre su rostro, y un notable deterioro general en sus facciones. Lo impresionó aún más recordar que sólo tenía diecinueve años de edad. Pero ningún sobresalto igualaba al de corroborar, tras detenerse a pensar y acomodar sus ideas unos segundos, que no podía recordar más que vagos datos personales.

¿Dónde estaba? ¿Cómo había terminado ahí? ¿Quién le había hecho esas heridas?

Abriendo todo lo que pudo su otro ojo –cuyo párpado se encontraba notablemente inflamado- arrastró la mirada a su mano izquierda. Entre sus dedos alargados descansaba, ya apagado, el mismo cigarro torpemente armado que dibujaba en sus labios un instante atrás. Tras refrescar un poco más su memoria llegó a la conclusión de que no había estado soñando precisamente aquel esperanzador paisaje tropical; el culpable reposaba cómodamente en su mano.

- Ra-rattata… -le gruñó casi en un susurro el desaliñado Pokémon, cuya presencia pareció haber sido rotundamente ignorada durante ese tiempo.
El chico giró nuevamente la cabeza hacia la criatura, entornando la mirada para distinguirla con claridad. El roedor seguía observándolo divertida mientras sacudía su larga cola. Notó entonces, en un inesperado caso de rápida deducción por su parte, que aquella sensación que entre ilusiones recreaba como las gotas de agua cristalina salpicando sus piernas, su ropa y su torso no eran más que hilos de un hediondo líquido dorado que caía por sus bermudas hasta sus pies, formando un pequeño charco debajo de él. Le dedicó una furtiva –aunque algo desorientada- mirada al Rattata. Tras pensar dos veces lo que iba a espetarle al pokémon, replanteó sus palabras al experimentar una curiosa sensación de nostalgia ante la humillante situación.
Le sonrió.
- No diré nada si tú no dices nada.
El Rattata se limitó a ladear su cabeza, esbozando lo que le pareció al muchacho por un instante una pícara sonrisa. El chico maltrecho se incorporó como pudo, a la vez que el pokémon púrpura bajaba de un salto y se escurría a toda velocidad en las profundidades de un túnel cercano. Tras tambalearse un poco se vio obligado a recargar su cuerpo de pie contra las húmedas paredes de gris concreto. ¿Dónde estaba?

Observó nuevamente su entorno, agudizando los oídos. La oscuridad predominaba, bañando los muros y el suelo de sombras ante las que apenas se oponían algunas débiles pero valientes luces intermitentes ubicadas en el techo. El suelo era de piedra y concreto, y se encontraba bordeado por angostos canales a través de los que circulaba agua sucia y lodosa. Incluso le pareció ver desplazándose por las aguas algunas masas viscosas y densas de apagado color púrpura, que más tarde que temprano reconoció como Grimer. A lo lejos sólo alcanzaba a percibir el sonido constante del agua fluyendo junto a un goteo incesante. No había otras personas allí, o al menos no se encontraban cerca.

- Por lo menos ya sé dónde me encuentro –no le importaba hablar sólo. Ni siquiera recordaba la última vez que había entablado una conversación con alguien más, así que se conformaría con la respuesta del eco retumbando en los túneles de las cloacas-, debo estar justo debajo de Castelia; el lugar ideal para quedar inconsciente y olvidar todo mi pasado.
Se llevó el cigarro a los labios por inercia, ignorando el hecho de tenerlo apagado, pero al sentir la mezcla de sabores podridos y sucios en el papel lo escupió al agua rápidamente, comenzando a toser y a escupir. El cigarro cayó sobre uno de los muchos Grimer que habitaban las cloacas, viéndose absorbido casi automáticamente por el espeso lodo que conformaba a las criaturas.
Tras comprobar el estado de su ropa –camisa verde abierta, deshilachada y sucia, bermudas beige en igual estado y zapatillas desgastadas con cordones sin atar-, se tiró los gruesos mechones de pelo oscuro hacia atrás improvisando un irregular nudo enmarañado para sostenerlo en una especie de rodete del cual surgían varios mechones de distinto largo tras su cabeza.
Además de un baño refrescante y la visita urgente a un hospital, notó que
algo le faltaba. Y que sus muñecas le dolían. ¿Cómo había terminado ahí?
- Esa fiesta tuvo que ser divertida –rió el muchacho ante la desconcertante situación, mientras una gota de sudor surcaba su rostro sucio-. Es una pena que no puedas recordarla, Jerry…

Pasaron eternos minutos, ¿quizás horas?, durante los cuales el chico no encontró mejor alternativa que aguardar una especie de milagro. Había intentado buscar una salida de allí, pero los conductos subterráneos de esas malditas cloacas eran auténticos laberintos que probablemente esconderían al mismísimo Minotauros. Suponía que eran altas horas de la noche, o quizás hasta un día domingo en el que no habría encargados de limpieza o entrenadores que visiten el lugar. ¿Entrenadores visitando unas cloacas? Sí; él sabía que esa clase de personas estaban dispuestas a nadar en excremento de Muk con tal de capturar pokémon o, simplemente, “volverse más fuertes”; concepto al que por cierto jamás le había dado demasiada importancia.

Jerry se encontraba acurrucado contra la pared a escasos metros del borde con el río de agua probablemente tóxica. No parecía verse demasiado afectado por los olores nauseabundos. Tampoco se preocupaba por las claras muestras de daño que evidenciaba su cuerpo. Sentía, sin embargo, una melancolía y una agobiante dispersión que lo atormentaba de manera silenciosa. Su mirada era vaga y relajada, y sus labios esbozaban el fantasma de una sonrisa casi automática que no encontraba motivos para dibujar. Pensaba en él. Pensaba en algo; algo que le faltaba. Pensó en alguien. Y por un breve pero intenso segundo, pensó en ella. Recordó la presencia de alguien más junto a él, la sintió respirar contra sus labios. La sintió entrelazar sus suaves dedos con los suyos, separados por sólidas barreras que los distanciaban. ¿Era su propia memoria esa barrera? Posiblemente.

Entonces, escuchó un rápido trote a lo lejos. Era el ruido claro y preciso de cuatro patitas haciendo salpicar el agua tras su paso. Alzó su mirada hacia uno de los túneles de las cloacas y vio aparecer la figura cuadrúpeda del roedor que lo había despertado de su letargo. Entre sus fuertes colmillos arrastraba algo: un bolso.
- ¿Así que la fiesta era por mi cumpleaños? Gracias por el regalo, pequeñín –murmuró divertido el chico de rastas mientras se acercaba al pequeño pokémon y lo ayudaba levantando el bolso que traía entre sus fauces.
El Rattata se veía un levemente agitado, aunque había soportado sorprendentemente bien un probablemente largo viaje a través de las cloacas y con un bolso más grande que él a cuestas. Jerry le dio unas palmadas en la cabeza de forma amigable, sentándose en posición india con el bolso sobre su regazo. Estaba deshilachado como su ropa, aunque no parecía estar en peores condiciones que él. Tenía un poco de polvo, seguramente por haber sido arrastrado todo el viaje por el pokémon, pero su color beige claro no se veía estropeado para nada. Nuevamente una sensación de nostalgia golpeó con fuerza la cabeza del chico, quién sin embargo no reparó en las memorias y abrió de inmediato el morral. Metió la mano volviendo a percibir una extraña molestia en la muñeca, y sacó rápidamente una bandana de tela verde elastizada. Tras esculcarla con la mirada se topó con un pin enganchado a la misma, de forma redonda y color amarillo que dibujaba sobre él una sencilla cara sonriente. La reconoció entonces y, en un acto reflejo involuntario, acercó la bandana a su rostro acariciando sus labios y su nariz contra ella. Era su aroma.

- ¡Ratta! –chilló repentinamente el roedor, sacudiendo su larga cola delante de sus ojos mientras se subía a su regazo y metía la cabeza en el bolso desgastado.
- ¿Jamás te enseñaron a no interrumpir los pensamientos de un vago que vive en las cloacas?
El pequeño pokémon sacó del morral entre sus dientes un sobre arrugado, bastante grueso, y lo arrojó sin delicadeza sobre el rostro del muchacho. Éste, con torpes reflejos, le pegó un manotazo al aire para atraparlo pero fracasó estrepitosamente, por lo que el paquete siguió de largo por encima de su cabeza dirigiéndose directo al río de agua residual, en donde el grupo de Grimer hambrientos aguardaba al asecho para consumir lo que sea que fuese arrojado allí. Rattata, horrorizado por los nulos reflejos del chico que aún debía estar bastante lejos de la cordura, se abalanzó con impresionante destreza por encima de Jerry pegando un ágil brinco y atrapando el sobre nuevamente entre sus dientes, sin percatarse de que ahora era él el que se encontraba suspendido en pleno vuelo por sobre las cabezas de decenas de pokémon venenosos que se abultaban y superponían alzando extremidades descompuestas que simulaban brazos.
- ¡Cuidado!
Dejando de lado el dolor, el agotamiento y la dispersión que aún abundaba en su cabeza, Jerry se impulsó con sus fuertes piernas hacia atrás girando sobre sí mismo y extendiendo sus brazos con tal esfuerzo que sintió que se desprenderían de su torso. Para su sorpresa, lo había conseguido: entre sus manos, que se encontraban suspendidas sobre el río lodoso infestado de Grimer, logró capturar a tiempo al aterrado Rattata, que a su vez sujetaba con su vida el paquete. Tras un poco más de esfuerzo, ambos rodaron finalmente a salvo sobre el suelo firme de las cloacas, lo más apartados posible del borde.
- Eso te enseñará a entregar las cosas en mano de ahora en adelante… -suspiró tras unos segundos de recuperación.
- Ra, rattata… -le gruñó de mala gana el exhausto pokémon, quién claramente no tenía prevista la torpeza del chico de rastas.

Jerry se incorporó y abrió el sobre arrugado que finalmente el roedor había depositado –con gracioso cuidado- sobre sus manos raspadas. Extrajo varios papeles de allí, pero ninguna carta. Tras inspeccionar el misterioso obsequio un par de minutos, se dio cuenta de lo que portaban sus manos: un fajo de billetes con aproximadamente unos dos mil pokedólares, un pasaje para el Royal Unova –el barco de cruceros más grande y popular de la región Unova- y, finalmente, aquello que le resultó más extraño y misterioso: un papel arrugado y desgastado con la impresión del nombre “Cafetería Sin Salida” sobre una dirección y un número de teléfono. En el reverso notó una inscripción en birome que rezaba:

[font="Trebuchet MS"]
[SIZE="4"][color="RoyalBlue"]S.A.M[/color][/SIZE]
[/font]

Leyó una y otra vez esa inscripción, ignorando por completo que en su otra mano sostenía semejante cantidad de dinero junto con un boleto para la mayor embarcación de la región. ¿Eran aquellas las iniciales de la persona que lo había abandonado a su suerte en las cloacas? No podían serlo, ya que quién sea que le haya enviado ese morral junto con el Rattata era evidentemente alguien que quería ayudarlo. En ese momento se sintió la persona menos astuta del mundo, pero por alguna razón también se supo afortunado.
De repente, escuchó pasos a lo lejos. Eran mucho más pesados y lentos que los de un pequeño Rattata trotando desde los túneles y conductos de las cloacas. No podía tratarse de un pokémon, eran pasos humanos y, sin embargo, Jerry no se sintió del todo seguro. Inseguridad que el roedor subrayó al llamarlo con un leve chillido, pegando media vuelta y realizando un rápido movimiento de cabeza, indicándole que lo siguiera.
- Genial –arrastró las palabras por lo bajo con un dejo de ironía-, estoy obedeciendo a un Rattata.
Se cruzó el morral sobre el hombro guardando los papeles y el dinero con la menor torpeza posible y luego, tras echarle un último vistazo cargado de nostalgia, se ajustó la bandana verde sobre la frente con el pin del smiley mirando hacia delante, cubriendo el violáceo moretón que había sobre su ojo derecho.

Rápidamente se encontraba huyendo de lo desconocido, siguiéndole los ágiles pasos al roedor pokémon que parecía conocer las cloacas como la palma de su pata. El ruido de los pasos junto con algunas débiles voces que se perdían en la lejanía cada vez se apagaba más y más a medida que Rattata los hacía desviar por algún túnel o pasadizo. ¿De qué estaba huyendo? Sus piernas eran fuertes y resistentes, pero las claras muestras de agotamiento y dolor físico le impedían correr con toda la velocidad que hubiese deseado. No podía pensar en descansar en ese momento, no cuando acababa de despertar de una presumiblemente larga siesta y estaba a punto de escapar de esas horribles alcantarillas y de aquellas personas que lo buscaban.
- “¿O estarán buscando al Rattata? Quizás sean simples entrenadores ansiosos por capturar a… No, tan locos no están esos sujetos.” –pensó.
Tras algunos minutos de trote ininterrumpido, Rattata dobló por última vez en una esquina que desembocaba en un muro sobre el cual colgaban largas escaleras de hierro. Alzó la vista corroborando su anhelo: daban directamente a una rejilla. Era la salida.
Escuchó nuevamente los pasos y las voces, ésta vez más intensos y acelerados. Sin mirar atrás se dirigió hacia las escaleras, sujetándose con fuerza de los caños metálicos que las sostenían a ambos extremos y comenzando a escalar por el muro de concreto cubierto de manchas de humedad. Tras subir algunos metros volteó al notar que el roedor no lo seguía.
- ¡Ra, rattata ra! –chirrió el pokémon desde abajo dándole la espalda.
Antes de que el muchacho de rastas pudiese siquiera llamarlo para que lo siga, la criatura echó a correr a toda velocidad en dirección a los pasos que venían siguiéndolos.

Preocupado por el pokémon que lo había rescatado, concluyó al fin que de conocer tan bien los conductos y pasadizos posiblemente encontraría la manera de escapar sin que lo atrapen esos sujetos. De todas formas era un simple Rattata, así que el único que estaba realmente en peligro era él: un simple muchacho con rastas que fuma hierba y pierde toda noción de realidad y de pasado. Pero ahora estaba enfrentándose a las imágenes que aparecían difusas en su memoria. Cada paso que daba y cada impulso con sus brazos hacia arriba lo alejaba más de esa oscura caverna de ignorancia y desconocimiento, arrimándolo hacia la luz y la verdad. Y no estaba solo: que ahora porte de nuevo en su cabeza aquella cinta verde, junto con el pin circular que reflejaba el brillo filtrado a través de las rejillas, significaba que el recuerdo de esa persona seguía vivo junto a él. Una corriente de adrenalina y emoción sacudió su cuerpo por dentro, y una inmensa sonrisa de esperanza se expandió en su manchado y bronceado rostro al encontrarse a apenas un par de metros del escape perfecto.

¡¡BANG BANG BANG!!

Una serie de secos y potentes disparos sellaron todo atisbo de energía en su expresión y retumbó su eco durante eternos segundos en todo el conducto subterráneo. Estuvo a punto de soltarse por el susto y caer quién sabe cuántos metros sobre el sólido piso, pero el terror obligó a sus brazos a aferrarse con más fuerza que nunca a las barras metálicas. Jerry volteó de inmediato, percatándose de que los disparos provenían justo de la dirección hacia la cual el Rattata había salido disparado a toda velocidad. No, eso no podía ser casualidad. Comprendió, estremecido por el miedo, por qué esa sensación de inseguridad y luego aquél instinto de supervivencia se había adueñado de su cuerpo en cuanto comenzó a correr detrás del roedor que lo acabó conduciendo hacia su libertad. No importaba quiénes lo siguieran: estaban armados y eran peligrosos. Tanto como para descargar sus balas en un simple e insignificante Rattata. Ese estúpido ratón los habría atacado para detenerlos, eso era seguro.

Todo sucedió en un instante, pero el muchacho resolvió no quedarse a esperar a esos tipos. Sus últimos años no habían sido precisamente lujosos, pero de ninguna manera podía concebir un lugar así como su lecho de muerte. Extendió sus dos brazos con fuerza, tensando sus músculos y levantando el pesado disco metálico que sellaba la entrada y salida a las cloacas. La apartó con dificultad y, tras echarle una última mirada al abismo de sombras y abandono que era ese lugar, salió de allí.

Corrió cuidadosamente la tapa circular de acero y se incorporó levantando la vista, obligándose a entrecerrar los ojos al toparse con un halo de luz artificial, generado por un poste viejo y oscuro que se alzaba a su lado. Fuera del rango de iluminación que proporcionaba el faro bajo sus pies, más allá había bastante oscuridad. No tanto como en la cueva, pero tras apartarse unos metros y contemplar el firmamento tapado por algunos rascacielos, se vio inmerso en las penurias nocturnas de la gran ciudad. Sus ojos claros no se apartaban del cielo salpicado de estrellas, sintiéndose extrañamente aliviado pese a tener debajo de sus pies a un grupo de psicópatas armados, capaces de aniquilar a sangre fría a un inocente pokémon. Se percató de esto último al patear accidentalmente una lata de refresco que rodó varios metros por el concreto pegando algunos rebotes y produciendo un sonido a chapa que resonó en medio de la noche. Bajó su mirada a tierra firme y dio cuenta del lugar preciso en el que había aparecido: uno de los callejones de Ciudad Castelia; la capital de Unova y una de las metrópolis más imponentes del planeta.

Castelia no destacaba precisamente por ser una ciudad muy oscura, más bien todo lo contrario; las calles y avenidas principales no se veían alteradas por el día o la noche. No existía horario particular en la gran ciudad, cualquier hora era hora para moverse y recorrerla, para consumir y pasear, para divertirse y conocer personas de todas partes de la región e, incluso, del mundo entero. Pero los callejones de Castelia eran muy distintos: pocas luces, poca presencia humana… o, mejor dicho, poca civilización. Gente sospechosa con chaquetas de cuero se acurrucaba contra los muros de ladrillo conversando en voz baja e intercambiando con disimulo quién sabe qué cosas, que guardaban rápidamente bajo sus ropas. Un alcoholizado vagabundo de abundante barba negra y una destrozada boina blanca en la cabeza escarbaba un contenedor de basura sorprendiéndose al toparse con la pierna de un hombre que yacía inconsciente entre los restos de basura, con el rostro molido a golpes. En lo alto, sobre los cables que colgaban de los postes de electricidad, podía verse a dos pequeñas criaturas voladoras de color blanco y negro observando los pintorescos sucesos de la ciudad y soltando chispas por sus mejillas cada vez que los cables les propinaban descargas eléctricas.

Jerry comenzó a caminar por el largo callejón que acabaría desembocando en alguna de las principales avenidas de la ciudad. No se veía en absoluto intimidado por los maleantes e indigentes que pululaban por ese tipo de antros, e incluso podría decirse que por su aspecto ellos podrían temerle más a él. Volteó un par de veces hacia la rejilla por donde había logrado escapar, preocupado por ver esa tapa moverse nuevamente. Se acercó a los hombres con chaquetas de brillante cuero negro con las manos hundidas en los bolsillos de sus empapadas bermudas beige.

Los sujetos lo escrutaron con la mirada, mirada que no parecía invitarlo a darles un abrazo precisamente.
- Perdonen que interrumpa su acto delictivo muchachos, pero necesito ir a…
Se detuvo un momento.
- Al…
Los hombres lo observaban en silencio con los brazos petrificados dentro de sus chaquetas, sin haber terminado de guardar aquello que estaban intercambiando hacía unos instantes.
- A ver, esperen un segundo que tengo que corroborar esto. Parece ser información importante.
Alzó su morral con una mano y comenzó a hurgarlo con la otra revolviendo torpemente los papeles y billetes que había dentro. Algo de polvo salió desprendido de la tela impregnándose en los atuendos rebeldes de los muchachos, que comenzaron a gruñir enseñando los dientes como si de dos Houndour rabiosos se tratasen.
- Al único lugar al que vas a ir es a ese contenedor de basura si no desapareces ahora mismo, imbécil –masculló uno de ellos, con la cabeza rapada, encarando con malicia a Jerry.
El muchacho de rastas sacó finalmente el papel impreso y lo leyó detenidamente.
- Necesito ir a la Cafetería Cien Salidas, está en el Callejón N°4 según esto.
El otro sujeto lo sujetó del brazo corriéndoselo hacia un lado. Podía notarse la vena de enojo sobresaliendo por su sien.
- ¡¿No entiendes que estás en problemas?!
- No, no, estoy equivocado. Acá dice claramente que su nombre es Cafetería Sin Salida. ¿Podrían decirme cómo encontrarla?
Hartos, los dos sujetos de cuero lo tomaron con fuerza por la capucha de su camisa verde y, arrimándolo a ellos, le enseñaron los nudillos a un Jerry que permanecía inmutable.

Pero justo cuando los rufianes iban a soltar la golpiza, una puerta frente a ellos se abrió de golpe expulsando de su interior a un hombre que se estrelló violentamente contra la pared de ladrillos a escasos centímetros. Jerry pudo oír cómo se le quebraban un par de huesos al desdichado, quién acabo desplomado sobre el suelo con el rostro hundido entre una pila de bolsas de basura. Otra figura cruzó la puerta dando largas zancadas, era un hombre de poblado bigote y grisáceo pelo largo que había pasado hace rato los cincuenta y sostenía con firmeza un rifle de caza. Pese a su enérgica actitud y decidido caminar, el señor rengueaba. Al ver semejante armamento, tanto Jerry como los dos delincuentes se apartaron de inmediato.
- ¡¡Te dije que no volvieras a ocasionar disturbios en mi cafetería, maldito borracho!! –rugió el hombre mayor, al tiempo que cargaba su arma y la apuntaba directo al rostro del recién caído sujeto, quién ya estaba incorporándose con dificultad mientras brotaba sangre de su nariz y denotaba un claro estado de ebriedad.
Pese a encontrarse en clara situación de peligro, el borracho se arrastró con torpes movimientos hasta el sujeto que lo apuntaba cada vez con mayor ahínco.
- ¡Dame un maldito motivo por el que no tenga que llenarte ese sucio rostro de agujeros!
El herido sujeto lo observó desde abajo unos segundos. No presentaba temor alguno en ese rostro teñido de rojo por la sangre y la embriaguez. Se puso de rodillas como pudo e, inesperadamente, sujetó con una mano el cañón del rifle, arrimando a la boquilla su lengua y comenzando a sacudirla de arriba abajo como si esperase que de ella surgiera cerveza. Frustrado, gruñó entre ataques de hipo:
- M-maldición… Otra botella vacía.
- ¡¡¡LARGO DE AQUÍ!!!
Tras un fortísimo culetazo de escopeta en las costillas, el borrachín pegó un brinco de pavor y se alejó a toda velocidad dibujando movimientos zigzagueantes y estampándose contra los muros de ladrillo del callejón. El sujeto rapado con chaqueta de cuero estuvo a punto de soltar una carcajada por la ridícula situación, pero rápidamente recordó que se encontraban ahora a merced de un viejo chiflado y armado y la contuvo. El señor fijó sus ojos negros bordeados por finas arrugas en los tres muchachos, que parecían aguardar alguna clase de veredicto final con las espaldas pegadas a la pared. Un súbito silencio se apoderó del lugar.

- ¡Ustedes, escorias, si no son clientes esfúmense ahora mismo! –rugió entonces apretando ambos puños sobre su escopeta, para luego dirigirse directamente a los dos delincuentes con especial malicia-. Y dejen de traficar su mierda enfrente de mi local, o lo próximo que se trafique acá van a ser sus huesos.
No necesitaban más que la primer orden para salir huyendo despavoridos, pero tras escuchar las últimas palabras del viejo echaron a correr como alma que lleva el diablo, desapareciendo del lugar en apenas un segundo. El señor de abundante bigote canoso no apartó la mirada de ellos hasta ver cómo sus siluetas desaparecían a lo lejos saliendo del callejón. Soltó un abrumado suspiro y se echó el rifle al hombro pegando media vuelta para ingresar de nuevo a su local, pero se detuvo en seco al notar que un muchacho cubierto de mugre y rastas permaneció de pie frente a él.
- ¿Qué estás esperando? Entra de una vez –le gruñó cruzando la puerta finalmente, sin devolverle la mirada.

Jerry esbozó una aliviada sonrisa, y lo siguió. Tras él se cerró la puerta de oscura madera, en cuyo frente se encontraba tallado el nombre del lugar: “Cafetería Sin Salida”.

La cafetería por dentro no lucía nada amigable, pero para ese entonces el muchacho de ojos verde-agua ya estaba completamente acostumbrado a los ambientes hostiles. Suelo de alfombra bordó desgastada por los años, algunas mesas de madera y una barra al final sobre la cual descansaban copas y platos. A esas horas de la noche en el café casi no había clientela -aunque por su aspecto tampoco parecía haber demasiada durante el día-: dos fatigados hombres de negocios que bebían algo observaban algo intimidados entrar al malhumorado dueño del lugar seguido por Jerry, y una muchacha que portaba grandes auriculares pareció no percatarse de los tumultos ocurridos afuera, ladeando su cabeza despreocupadamente al ritmo de la música mientras devoraba una hamburguesa. Pese al humilde y anticuado aspecto de la cafetería, allí dentro se percibía cierta calidez y autenticidad de la que seguramente aquél inmenso callejón o incluso hasta la entera Ciudad Castelia carecían. El señor de cabello gris atravesó rengueando el recinto dando largas zancadas con la escopeta a cuestas, mientras que el chico de rastas se limitó a escoltarlo en silencio hasta la barra.

Habiéndose acomodado finalmente tras el mostrador, con rápidos y enérgicos movimientos el hombre preparó café y lo sirvió en una taza.
- Ahora cuéntame qué haces aquí. Dependiendo de tu respuesta, va a ser cortesía de la casa o a costarte el doble –sentenció con firmeza.
Jerry casi se desmaya de la felicidad, no recordaba la última vez que había visto un líquido de ese color que pudiera ser ingerido. No recordaba mucho en general. Antes de hablar, sorbió un largo trago de café. Sintió cómo irónicamente aquella amarga bebida purificaba todo su ser. Se secó los labios con el dorso de la mano y sacó el papel de su bolsillo.
- A decir verdad, me gustaría poder decir que vine desde muy lejos esperando probar un poco de su famoso (y ciertamente delicioso) café –comenzó esbozando una honesta sonrisa, que el anciano escrutó con la mirada-. Pero la realidad es que no tengo la menor idea de qué hago acá, y me gustaría saber si usted lo sabe.
Le entregó el arrugado papel y el dueño de la cafetería lo inspeccionó un par de veces, intercambiando miradas entre las siglas escritas en birome y Jerry, quién lo observaba curioso entre sorbos a la taza de café caliente. Finalmente, apretó el papel en su puño y, tras una especie de bufido que despeinó su abundante bigote, se dirigió a una puerta ubicada a un lado de la barra, cruzándola y desapareciendo.
Pasaron largos minutos en los que un impaciente Jerry no sólo se había terminado su taza de café, sino que se tomó también el atrevimiento de agarrar la jarra que el hombre había dejado sobre el mostrador y servirse un par de rondas más. Él lo sabía: era un chico de vicios.

Cuando el hombre regresó la jarra estaba casi completamente vacía, y los ojos de Jerry desprendían más energía de la que habían tenido en mucho tiempo.
- Te haría pagarme gustoso cien tazas de café, muchacho –gruñó apoyando los brazos cruzados sobre la tabla de madera de la barra-, pero que hayas venido hasta acá con ese trozo de papel sólo puede significar que la vida te ha cobrado bastante más que eso.
- ¿Y qué significa eso exactamente? –preguntó rascándose las gruesas rastas negras- Discúlpeme, el café no termina de reavivar las neuronas que el cigarro quemó.
- Significa que hiciste una gran estupidez –dijo de mala gana-, y que la vida es una mierda.
Lo segundo Jerry parecía haberlo asumido con naturalidad, luego de la experiencia que había vivido hace apenas una hora atrás: saliendo de un lugar putrefacto infestado de Grimer y dirigiéndose hacia otro lugar putrefacto infestado de malvivientes. Pero lo de haber hecho una gran estupidez era algo nuevo para él.
El hombre tosió un poco y continuó.
- Voy a ser franco contigo: no vas a obtener acá valiosa información. No porque no la tenga, claro, sino porque no soy yo quién deba dártela.
- Oh, no, faltaba más –lo cortó Jerry con un tono cargado de irritada ironía-. Créame que no me voy a ofender si es usted quien me dice por qué desperté en las cloacas, orinado por un Rattata y perseguido por sujetos armados.
- ¿No te ofenderás tampoco si te disparo en la cabeza ahora mismo?
El chico de rastas silenció.
- No te diré nada que necesites saber, muchacho. Pero sí te daré algo que necesitas tener.
Descruzó los brazos y se incorporó nuevamente, dejando sobre la barra frente a Jerry un objeto esférico que reconoció al instante. ¿Cómo no reconocerlo? Se trataba de una esfera de reluciente carcasa roja y blanca, unida en el centro por un pequeño botón circular. Era una Pokébola. El chico de rastas permaneció callado unos segundos, contemplando el objeto que, de un momento para el otro, le habían entregado. Sabía lo que era y sabía para qué servía.
- Acá hay…
- En efecto: en esa pokébola hay un pokémon –le contestó súbitamente, torciendo por un momento lo que a Jerry le pareció un atisbo de sonrisa-. Uno bastante molesto y particular, por cierto.
Jerry la tomó entre sus manos con algo de inseguridad, quizás con temor a que se le caiga y se quiebre por su torpeza. La observó desde cada flanco posible, tratando de buscar el fallo que corrobore que eso se trataba de una pokébola falsa y que todo lo que estaba viviendo era una broma pesada. Pero no: era auténtica. Y el peso particular que tenía denotaba que dentro descansaba una de esas criaturas tan populares mundialmente. ¿Sería suya ahora?
- ¿Realmente puedo quedarme con esto?
- Hey, todo esto no es idea mía –gruñó el hombre con fuerte tono de voz-. Pero personalmente voy a encargarte que te lleves bien lejos, a donde sea que vayas, esa pokébola.
- Está bien, está bien –asintió obediente el muchacho con una incómoda sonrisa en el rostro, guardando la esfera cuidadosamente en el desgastado morral-. “Sólo espero que sea algo capaz de detener las balas…” –dijo para sus adentros por temor a recibir un balazo de ese hombre. En ese lugar no se toleraba el humor.

Antes de poder decir nada más, la puerta de la cafetería se abrió de un golpe seco, cayendo dentro del local un vagabundo con el rostro negro de suciedad y una poblada barba enmarañada que, tumbado en el piso boca arriba, comenzó a gritar y exigir con voz ronca el derecho que se le confería, como presidente de Unova, a beber cien jarras de la más fría cerveza. Todo lo que Jerry pudo oír luego de eso fue una fortísima descarga de escopetazos que intencionalmente el viejo dueño del lugar ubicó a ambos costados de la cabeza del vagabundo, quién no necesitó orden alguna para incorporarse a toda velocidad y salir corriendo, a punto de ser alcanzado por un par de balas más. Tras pegar un brinco de sus asientos, los dos oficinistas huyeron aterrorizados cubriendo sus cabezas, mientras que la chica con los audífonos disfrutaba aún de su hamburguesa y su música sin haberse percatado en absoluto del caos que se había desatado en un instante dentro de la cafetería. O tal vez era cliente habitual, y ya estaba acostumbrada a ese tipo de situaciones.

Nuevamente, el silencio reinó durante benditos minutos. Tras jadeos de cansancio, el hombre de cabello largo y grisáceo apoyó la escopeta de la que aún salía algo de humo detrás del mostrador, y le dedicó una mirada panorámica a su recinto.
- Muchacho –le dijo a Jerry observando con dura mirada su desolada cafetería-, apestas. Y tu olor está espantando a mis clientes. Deberías ir a un hotel y darte un buen baño.
Aún en estado de shock, y con los expresivos ojos verde-agua abiertos de par en par, el muchacho de rastas asintió esbozando una incómoda sonrisa mientras contemplaba asombrado los hoyos de bala que habían quedado sembrados en el piso, a escasos centímetros de la puerta.

El hombre decidió acompañar a Jerry hasta la salida, habiéndole entregado ya al misterioso pokémon que posiblemente lo ayudaría en su camino. Fuera de la cafetería, la oscuridad comenzaba a consumirse y el cielo adquiría un degradado entre el azul nocturno y un cálido rosa anaranjado que daría paso a la mañana. Ya no quedaba rastro alguno de delincuencia en ese sucio y olvidado callejón de la ciudad.
- No soy bueno dando consejos, pero te recomiendo ir a “Le Glameow” –comentaba el hombre rascando su barbilla e intentando hacer memoria-. Si no me equivoco queda en la Calle Castelia, cerca del Centro Pokémon. Es un buen hotel para pasar la noche… o la madrugada, en tu caso. Que no te asuste su nombre, no es nada caro.
- Muchas gracias –le sonrió sinceramente el muchacho tras observar la dirección a la que debía dirigirse-, señor...
- Oskar, puedes decirme Oskar.
- Muchas gracias, señor Oskar, me ayudó muchísimo aunque no lo parezca.
El hombre frunció el ceño, crispado.
- ¿”Aunque no lo parezca”? ¡Esos dos imbéciles estaban a punto de hacerte cosas que ruborizarían a un Hypno!
Jerry dudó sobre eso un momento.
- Oskar, ¿puedo hacerle una última pregunta?
Asintió súbitamente.
- ¿Por qué me dio esa pokébola? ¿Por qué me ayudó?
Cruzando sus brazos y deteniendo su mirada un momento, perdida en la nada absoluta, o quizás intentando ver todo claramente, esbozó al fin una sonrisa que Jerry supo de inmediato no iba dirigida hacia él. Una parvada de Pidove arrulló a lo lejos, sobrevolando los cielos de Castelia en su primer viaje matutino.
- Te lo voy a repetir: esto no es idea mía. No estaba en mis planes que llegaras a mi cafetería arrastrando sangre y olores nauseabundos, bebiéndote todo mi café y llevándote a ese pokémon –por primera vez en el transcurso de esa noche, Jerry se supo una piedra en el zapato de un cafetero-. Pero, ¿sabes?, ahora mismo estás en peligro. Y hay alguien que te quiere a salvo, muchacho.

Luego de despedirse del señor Oskar, Jerry abandonó el callejón a paso tranquilo pero firme, sintiéndose exhausto y sufriendo la imperiosa necesidad de dormir inmerso en una gigantesca bañera con el agua más limpia del mundo. Y quizás también la de fumarse uno o dos cigarrillos.
Atravesó el largo callejón y dobló a la izquierda costeando la zona de puertos y muelles de la gran ciudad. Varias personas deambulaban por la avenida principal de Castelia, principalmente jóvenes entrenadores acompañados por algunos pokémon y varios oficinistas apurados que entraban y salían de los inmensos edificios que parecían rasgar los cielos con sus techos. A lo lejos en el horizonte algunos pokémon voladores se perdían sobre el mar, que reflejaba en sus aguas los primeros rayos dorados del Sol.

Tras una larga caminata, Jerry llegó finalmente a la intercepción con la Calle Castelia, doblando el edificio de techo rojo y muros de cristal conocido como Centro Pokémon. A pocos metros de allí se encontró con un hotel de moderado tamaño, en cuyo frente se alzaba un elegante cartel sobre el cual sobresalían las letras que rezaban un sofisticado “Le Glameow”, con la silueta de lo que parecía ser un pokémon felino de perfil sobre ellas. Tras ser recibido por una atractiva recepcionista, que le sonrió en todo momento pese a palidecer ante el hediondo olor a agua podrida y lodo que desprendía, Jerry pagó la habitación 27 -insultando en sus pensamientos a Oskar, pues todos los precios le resultaron excesivamente altos- y se dirigió a la misma en el elevador.

Se trataba de una suite con capacidad para tan sólo una persona, pero le resultó lo suficientemente agradable y acogedora –es decir, sin Grimer ni personas disparándole- como para reconfortarse y reponer energías para la tarde. Dejó caer el morral en el suelo al lado de la cama y arrastró sus restos al baño, listo para una merecida ducha. La expresión de triunfo en su rostro al sentir el agua tibia rociándolo fue tan basta que habría sido el final perfecto para aquella aventura que estaba apenas dando el primer paso. Inmerso en el relax y el confort rememoró, sin embargo, los hechos sucedidos durante las últimas horas.
Desde que había abandonado esas playas paradisíacas, a las que la hierba y probablemente un fuerte golpe en la cabeza lo habían conducido, hasta el momento de entrar en contacto con verdadera agua cristalina en la bañera, había vivido por lo menos tres situaciones de claro peligro: despertando en las cloacas subterráneas de la ciudad, estuvo a punto de caer sobre un canal infestado de Grimer putrefactos y de ser acribillado a balazos por misteriosos persecutores; luego se encontró desamparado en un callejón atestado de criminales e imbéciles traficantes de mal gusto; y por último un viejo chiflado con seguramente pocos amigos lo amenazó con su rifle repetidas veces. ¿Acaso su vida, antes de perder casi por completo sus recuerdos, había sido igual de desastrosa que esas últimas horas?

Salió del baño envuelto en blancas toallas, planeando la forma de robárselas como todo el mundo debía hacer, y se dirigió a la puerta de la habitación dejando fuera un cesto con su camisa, bermudas y zapatillas para que el servicio de limpieza deje su ropa como nueva al despertar. Por más que tuviera un boleto genuino, no lo dejarían subir a un barco de ese calibre vistiendo ropa en ese estado. Ellos con toda seguridad sospecharían que alguien con ese aspecto habría robado el pasaje a alguna inocente y ricachona regordeta, de esas que abundaban en la gran ciudad. Sumergido en sus pensamientos, ignoró que su bolso comenzó a moverse de un lado al otro, inflándose y desinflándose. Pasó repetidas veces por al lado del morral beige, pero en ningún momento se percató de cómo éste comenzaba a dar brincos poco a poco, cada vez más altos.

Fue mientras cepillaba sus dientes, tarareando –mal- una conocida canción de reggae, que escuchó aquello que le crisparía los pelos de la nuca durante los próximos minutos:
- ¡Frooooo!
El cepillo de dientes cayó de su boca sobre el lavabo. Aún con los labios cubiertos de la espuma del dentífrico, Jerry se asomó con cautela desde el baño observando con sorpresa cómo el morral brincaba repetidas veces sobre la cama, alcanzando incluso el techo y emitiendo reiterados sonidos quejumbrosos desde su interior.
- ¡Miegda, ga gogébola gebió gagbrigse! –exclamó soltando espuma por la boca tan rápido como se abalanzaba sobre el morral y lo tomaba con dificultad entre brazos.

La criatura en su interior se sacudía con más fuerzas de las que su pequeño cuerpo parecían permitir, hasta que por fin Jerry pudo retenerlo lo suficiente como para correr el cierre y abrir el bolso, que se desinfló al instante dejando ver una sombra fugaz surgiendo desde su interior, rebotando contra el techo y luego bajando en picada a toda velocidad sobre la cabeza del muchacho. Una pequeña rana celeste de enormes y expresivos ojos saltones y amarillos aferraba sus cuatro largas y delgadas extremidades a la cabeza del chico que, desesperado, comenzó a zarandearse violentamente de un lado para el otro, chocándose contra las paredes, intentando en vano quitarse de encima al pokémon que, con la maestría de un experto jinete, sujetaba con sus patas superiores las rastas gruesas del chico jalándolas para dominarlo, mientras furiosa comenzaba a expulsar desde su ancha boca una ráfaga de burbujas que explotaban sobre su cabeza y sus brazos, apartándolos de su cuerpo cada vez que Jerry pretendía entre gritos de dolor sacárselo de la cabeza.
Quienes compartían piso con el desdichado chico comenzaron a salir casi en efecto dominó de sus habitaciones, asomándose temerosas, curiosas y preguntándose la clase de infernal suceso que se producía en la 27.

Fuera del hotel, sobre la Calle Castelia, la actividad urbana había crecido considerablemente. Las personas iban y venían cada vez con mayor dinamismo, familias enteras paseaban divertidas tomando conos de helado, parejas jóvenes observaban vidrieras tomadas de la mano, entrenadores corrían con sus pokémon en brazos hacia el Centro Pokémon, oficinistas aferrados a sus grandes maletines prácticamente volaban rumbo a sus oficios –o escapando de ellos- y unos pocos policías custodiaban el orden en la ciudad.

Todo estaba en constante movimiento, excepto por una figura inmóvil, de pie a pocos metros del hotel. Se ocultaba bajo una larga túnica marrón, con una capucha que cubría su rostro bañándolo en sombras a plena luz del día.
A varios metros de allí, los ágiles trotes de un pequeño pokémon violeta lo escabullían entre cientos de pies que recorrían la ciudad. Sus pequeñas patas blancas y sus relucientes colmillos frontales presentaban algunas manchas del mismo color rojizo que lucían sus ojos. La criatura cuadrúpeda llegó hasta donde se encontraba aquella extraña persona encapuchada, y trepó por su túnica con asombrosa facilidad hasta posarse sobre su hombro.
- Hiciste un buen trabajo -le dijo esbozando una sutil sonrisa a su pokémon mientras éste comenzaba a cambiar de forma, desdoblándose sus extremidades y acortándose su cola, viéndose a los pocos segundos reducida a una extraña masa rosa e indefinida. Tan sólo podía encontrarse un imperceptible atisbo de vida en aquella línea irregular que formaba su boca sonriente y en sus dos diminutos e inexpresivos puntos negros que eran sus ojos.
- ¡Ditto!



Continuará...




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[SPOILER]Jerry :hippie

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Al final el Smiley quedó en la bandana de su frente, pero no se fijen. xD![/SPOILER]
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Llego un poco tarde, pero juro que este fic nunca me apareció en el coso de posts nuevos.

Muy muy bien escrito. Me sorprendió bastante lo sólida que es la narración y todo lo demás, aunque sera porque nunca leí algo que hayas escrito vos xD
La premisa por ahora es bastante interesante, cómo lo tiene que ser todo plot incluyendo a un protagonista con amnesia. Y el protagonista en sí me cayó bastante bien. Me gusta lo medio boludo y inocente que se hace parecer, aunque parece que no es realmente así.

Y eso xD si tenés pensado seguirlo yo le pongo fichas, me gustó.
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Espero que tengas una buena excusa para no haber seguido con esto después de varios meses. La verdad me gustó mucho. Me identifico bastante con el pibe colgado que vive en su mundo. Le veo pinta de que esto va a estar copado, ojalá retomes. Me gusta como describís las cosas, me las imagino con lujo de detalle. Y me reí (si, me reí, con ruido y todo) cuando Jerry habló con la boca llena de espuma jajaj. Retomalo por favorrrrr
La excusa es simple: cuando arranqué a escribir esto aún no habían salido los juegos nuevos, por lo que no tenía mucho de dónde agarrarme en cuanto a especies, ciudades y personajes nuevos. Así que, tras casi terminar el segundo, decidí calmarme y esperar un poco a tener el juego, agarrarle la onda a Kalos y ahí sí seguir con la historia. xD

Así que esperen un poquito más que ya va a despegar esto. o_o
El segundo cap está casi listo.

Y muchas gracias por su feedback, aunque sea un colgado -culpa del espíritu PA y todo lo que sus administradores nos inculcaron desde pequeños- me ayuda mucho leer que a alguien le interesa un poco esto y que la pasa bien leyéndolo. :pucca
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Acabas de spoilearme que el pibe ahora se va a kalos... Te merecés esto por arruinarme la sorpesa :saporape
Oh, pensé que había quedado claro, por eso del ticket de barco y el Froakie. xD
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